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22.02.17

¿Se puede usar cualquier instrumento musical en la Misa?

ángeles músicos

Uno de los temas más debatidos entre quienes ejercen el ministerio del canto y la música en las iglesias es qué instrumentos musicales se pueden usar.

El tema es muy amplio, y yo no tengo la preparación para abordarlo tocando todos los aspectos.

Para entenderlo bien, es necesario, según mi parecer, tener en cuenta:

-  el aspecto histórico: cómo celebraba la liturgia la Iglesia primitiva y cómo fue evolucionando la misma, especialmente para los que somos del rito romano.

-  el aspecto magisterial: es decir, qué nos enseña la Iglesia sobre este tema concreto.

-  el aspecto pastoral-práctico: es decir, cómo podemos en las comunidades concretas de cada diócesis intentar llevar a la práctica lo que nos enseña el Magisterio de la Iglesia.

 

Dejo de lado la profundización en la historia, no sin antes señalar un dato evidente: al principio fue el canto “a capella”. La música instrumental -admitida en algunos ritos de la liturgia judía y presente en algunos salmos del Antiguo testamento- no estuvo presente en la liturgia los primeros siglos de la Iglesia. Ese dato no se debe perder de vista, de tal modo que podemos afirmar que la liturgia católica es incompleta sin canto, pero no es incompleta sin instrumentos musicales. Otra conclusión que emana de aquí es que los instrumentos están al servicio del canto y la letra, y no al revés.

 

¿Que dice el Magisterio?

En cuanto a la cuestión magisterial, sería preciso hacer un recorrido por todo el magisterio de los papas del siglo XX y de los textos conciliares y de los dicasterios de la curia romana para tener una visión completa. Todos los documentos se pueden encontrar hoy en internet, para su lectura serena y desapasionada.

Antes de ingresar en el desarrollo de este apartado, dejo una preguntá más que retórica. ¿Estamos dispuestos a escuchar con corazón humilde y obediente lo que enseña la Iglesia? ¿O nuestros gustos –e incluso, nuestras ideologías- prevalecen sobre la palabra del magisterio? Esto vale tanto para los músicos de orientación más “tradicional” como para los de un enfoque más “renovador”. Algunas veces se da un diálogo de sordos, que no pocas veces acaba en acaloradas disputas y hasta descalificaciones personales. Volveré sobre este tema al final del artículo.

 

¿Qué dice al respecto el Magisterio del Concilio Vaticano II?

120. Téngase en gran estima en la Iglesia latina el órgano de tubos, como instrumento musical tradicional, cuyo sonido puede aportar un esplendor notable a las ceremonias eclesiásticas y levantar poderosamente las almas hacia Dios y hacia las realidades celestiales.

En el culto divino se pueden admitir otros instrumentos, a juicio y con el consentimiento de la autoridad eclesiástica territorial competente, a tenor de los arts. 22, § 2; 37 y 40, siempre que sean aptos o puedan adaptarse al uso sagrado, convengan a la dignidad del templo y contribuyan realmente a la edificación de los fieles.

El texto del Concilio recuerda el papel privilegiado que tiene el órgano de tubos en la Tradición de la Iglesia y que hoy debe seguir teniendo. El padre Luis Alessio, en su hermoso libro “El rocío del Espíritu” señala como sus cualidades más importantes:

“resulta ser el mejor soporte del canto de la comunidad,

1) por su amplio índice acústico,

2) por la variedad de colores tonales,

3) especialmente porque el sonido es sostenido y su rica paleta de colores y timbres es superior a cualquier otro instrumento”.

Me permito agregar yo que, al menos en Argentina –pero sospecho que en muchos otros países occidentales- el sonido del órgano de tubos remite inmediata y espontáneamente a la Litrugia. Para decirlo de modo más sencillo, vos escuchás un órgano de tubos y te imaginás una catedral, incienso y un altar. Este fenómeno sólo sucede con este instrumento, al menos en mi experiencia. Todos los demás pueden ser asociados a otros espacios no sagrados. El órgano, en cambio, está ya asociado indefectiblemente al culto divino.

Algunos músicos amantes del órgano aceptan y citan esta primera afirmación conciliar de buen grado, pero rechazan teórica y sobre todo prácticamente la segunda afirmación del Concilio: “pueden ser admitidos otros instrumentos”. Hay quien, incluso, acusa al Concilio Vaticano II de haber interrumpido la Tradición y haber propiciado así un desastre en el ámbito litúrgico.

Que por momentos pueda dar la impresión de caos en el ámbito de la música litúrgica es un hecho, pero esto no se debe en este tema al Concilio, sino a que no se lo ha leído ni obedecido. En particular, creo que las conferencias episcopales –la autoridad territorial competente- no han dedicado el suficiente tiempo y esfuerzo en hacer este discernimiento y selección. Es cierto que siempre hay “desobedientes”. Pero también es cierto que es más fácil obedecer cuando las normas universales y locales son más claras. Porque es cierto también que algunos traducen el “pueden” por el “deben ser admitidos", y omiten decir que el Concilio pone condiciones.

Y para matizar y rebatir la afirmación según la cual la apertura a otros insrtumentos ha sido un grave error del Concilio, me parece oportuno citar nuevamente un poco conocido texto de Pío XII, de su encíclica “Musicae sacrae”, de 1955.

 

Entre los instrumentos a los que se les da entrada en las iglesias ocupa con razón el primer puesto el órgano, que tan particularmente se acomoda a los cánticos y ritos sagrados, comunica un notable esplendor y una particular magnificencia a las ceremonias de la Iglesia, conmueve las almas de los fieles con la grandiosidad y dulzura de sus sonidos, llena las almas de una alegría casi celestial y las eleva con vehemencia hacia Dios y los bienes sobrenaturales.

Pero, además del órgano, hay otros instrumentos que pueden ayudar eficazmente a conseguir el elevado fin de la música sagrada, con tal que nada tengan de profano, estridente o estrepitoso que desdiga de la función sagrada o de la seriedad del lugar. Sobresalen el violín y demás instrumentos de arco, que, tanto solos como acompañados por otros instrumentos de cuerda o por el órgano, tienen singular eficacia para expresar los sentimientos, ya tristes, ya alegres.”

 

El texto me parece muy claro, para evitar dos extremos que pueden darse entre los músicos:

a)    Admitir cualquier otro instrumento además del órgano: el Papa da claras indicaciones, tanto sobre la “profanidad” de algunos instrumentos, como sobre su sonoridad:dice claramente, por ejemplo, que los instrumentos estridentes o estrepitosos no deben ser admitidos en la liturgia.

b)    Cerrarse ante la posibilidad de usar cualquier otro instrumento: De hecho, esta es la actitud de algunos, que ante la dificultad de la cuestión, prefieren la solución de admitir solo el órgano de tubos o sus imitaciones. El Papa menciona incluso un instrumento en concreto –el violín- e insinúa la presencia de otros instrumentos de cuerda.

A quien pudiera objetar que el texto de Pío XII es “antiguo” o “preconciliar”, habría que recordarle sencillamente que Pío XII es la fuente más citada por el Concilio –de hecho, las afirmaciones de Sacrosanctum  Concilium son casi calcadas a las suyas-, y que desde Benedicto XVI se viene insistiendo fuertemente en una “hermenéutica de la continuidad” y no de la ruptura.

Si la esencia de la liturgia no ha cambiado con el Concilio, tampoco las normas directrices sobre la música en ella.

Yendo a lo concreto

Sigue en pie la pregunta del título: ¿Se pueden usar todos los instrumentos en la Misa?

La respuesta, según mi entender, admite variación según dos posibles situaciones.

a)    Si en tu país la Conferencia Episcopal admitió expresamente algunos instrumentos más además del órgano, esos instrumentos se pueden usar lícitamente. Punto, nada más que objetar. Te guste o no te guste. Después está la cuestión del “cómo” ejecutarlos. Pero no se puede cuestionar como algo ilegal, ni es justo hablar –como suele oírse algunas veces- de “profanación” de la liturgia.

b)    Si en tu país la Conferencia Episcopal no ha hecho una explícita referencia a los instrumentos admitidos: será necesario indagar, entonces, en el Obispo diocesano y su comisión de Música Sacra. Y si el Obispo no se expresa ni tiene Comisión, pues entonces ahí estamos en una situación donde se debe regresar, una vez más, a los principios antes citados.

Dejo para este supuesto algunas observaciones, fruto de la reflexión y la experiencia, que valen también para discernir el “modo de ejecutar” los instrumentos aprobados.

 -   Hay que tener en cuenta que no todos favorecen el clima que necesita una celebración litúrgica. Es importante darse cuenta de que cada instrumento tiene sobre quien escucha un “efecto” diferente, y que remite también a “contextos vitales” diversos. El órgano de tubos, como ya mencionamos, es un instrumento que inequívocamente se asocia, en nuestra cultura, con lo sagrado, con las celebraciones litúrgicas, y en sentido más amplio, con lo trascendente. Una guitarra eléctrica con distorsión, por ejemplo, remite a un recital con humo y luces de colores, remite a lo “dionisíaco” y a los impulsos más que al orden y la armonía que requiere la liturgia. Un güiro, a la música bailable y a la fiesta mundana. Esos dos instrumentos, por ejemplo –según mi opinión- están tan completamente identificados con contextos profanos que no podrían insertarse en el universo litúrgico.

-    Un tema recurrente es el relativo a los instrumentos de percusión. ¿Se pueden usar? ¿Es conveniente? Según mi opinión, sólo podrían llegar a entrar en la liturgia si cumplen una función plenamente ministerial, si, en cierto modo, “desaparecen”, quedan escondidos, sosteniendo el canto y el tiempo del mismo, pero no teniendo un protagonismo excesivo, que no favorecerá la concentración de los fieles sino su dispersión. Esto –según mi criterio- es extremadamente difícil, y solo se da de manera eficaz en la música sinfónica, como lo demuestran las composiciones de Mons. Marco Frisina. Hay que hacer un atento discernimiento al respecto, ya que muchas veces se han hecho “experimentos” perdiendo de vista el fin de la música instrumental.

-    Por otra parte, es indispensable que el músico conozca bien su instrumento, y lo ejecute con la mejor calidad posible. Un órgano de tubos excelente pude ser pésimo para una celebración si el que lo ejecuta no sabe hacerlo. La guitarra, que es uno de los instrumentos más usados hoy, puede tocarse muy bien, bien, mal o muy mal. Lamentablemente, la mayoría de las veces se toca mal, pero conocemos modos de interpretarla que realmente favorecen la oración, a la vez que sostienen la afinación y el ritmo. Es importante que el músico de Iglesia, si es que también lo es en ámbitos profanos –sea de música popular, folclórica, etc- comprenda que su instrumento y su forma de ejecutarlo deben pasar por una “Pascua”. Deben morir y resucitar. Así, es claro que no es lo mismo acompañar el canto de Comunión que una chacarera en un escenario, incluso si el canto de Comunión –aprobado por la Conferencia- tiene ritmo de chacarera. Debe notarse la diferencia.

-    Tampoco se trata de innovar por innovar. Muchas veces sucede que cuando se da demasiada importancia a la multiplicación de los instrumentos, pasa a un segundo plano el canto y la participación de la asamblea, y la celebración se transforma en un recital. Suele suceder que en las iglesias donde se llevan muchos instrumentos, y sobre todo si se los ejecuta con altos volúmenes -aunque estén aprobados- la gente deja de cantar… Allí es donde debemos recordar que, algunas veces, sobre todo en la liturgia romana, menos es más. La Liturgia no es el lugar para las simpaticas novedades, sino de las repeticiones solemnes, decía Benedicto XVI.

-     Algo obvio, pero que no quiero olvidar mencionar: si el instrumento es de cuerda, por favor, por favor, que esté afinado. Gracias.

-     ¿Qué sucede cuando no hay quien ejecute bien los instrumentos? Esta suele ser una realidad en muchas comunidades. Creo que es necesario evitar dos extremos: permitir sólo a los especialistas, a los profesionales; o admitir a cualquiera, sin ningún tipo de “filtro”. Según mi experiencia, aunque el músico sea aún inexperto, si es capaz de ejecutar su instrumento sin perder el tempo y acompañando con las armonías que corresponden, aunque no sea un virtuoso, puede ser admitido. Porque con esas dos características estará ayudando enormemente a la belleza y dignidad del canto de la asamblea, sosteniendo a la vez el ritmo y la afinación.

Eso sí: que no se conforme con saber cuatro o cinco acordes… que estudie, que se forme, y que, mientras tanto, toque bajito.

 

No a la guerra entre nosotros 

Para concluir, quiero recordar algo muy importante: nunca es bueno llevar este tipo de debates del plano musical o litúrgico al plano personal. Algunas veces, sin darnos cuenta –o, peor, dándonos- caemos en la descalificación del otro por su opinión, llegando a verdaderos enfrentamientos. Ni una persona es más santa o piadosa por ejecutar y preferir el órgano de tubos, pero tampoco es un retrógrado o un rígido. Ni otro es un progresista, un superficial o un tibio por ejecutar el violín o la guitarra, ni tampoco es más “eclesial” ni tiene más “olor a oveja” por hacerlo.

He conocido santos organistas, y también muy inmorales. Y he conocido santos guitarristas, y también incoherentes y superpecadores.

Mantengamos nuestro discernimiento en la obediencia al Magisterio, a sus criterios, y sobre todo, recordemos que el músico –sea que cante, sea que ejecute un instrumento- ha de hacerlo “de rodillas”, para Dios y para el servicio de su Pueblo. Preparándonos para cantar, en la eternidad, “un canto nuevo para el Señor". 

19.02.17

¿Cómo elegir bien los cantos de la Misa?

MusicosMuchas veces las personas encargadas de dirigir los cantos en las comunidades parroquiales me han hecho la pregunta que encabeza el artículo.Otras veces una duda parecida se expresa así: “¿Se puede cantar este canto en Misa o no?

Intentaré responder a esa pregunta poniéndome en el lugar de quienes tienen como misión conducir el canto de la asamblea. Y al final, dejaré algunas reflexiones -tomadas a su vez de otros autores- sobre el papel del coro, lo cual se puede aplicar de modo análogo al “cantor", donde no hubiera coro

TRES CRITERIOS PARA TENER EN CUENTA PARA ELEGIR BIEN

Para quien ejerce el ministerio del canto en las celebraciones litúrgicas –no sólo en la Misa– es importante contar con algunos criterios objetivos, de tal modo de elegir aquellos que respondan realmente a la celebración y a la asamblea que está viviendo la misma.

Proponemos tres criterios que nos parecen fundamentales:

a) Criterio litúrgico

Este criterio es el más importante. Para tenerlo bien en cuenta nos sirve conocer a la perfección qué es la Misa o el sacramento del qué se trata, y también cual es el carácter de esta celebración: en qué tiempo litúrgico estamosqué Evangelio se proclama, etc. La naturaleza misma de la liturgia nos ayuda a determinar qué clase de música se pide, qué partes deben preferirse para cantar y quién debe cantarlas en cada parte.

Según este criterio, debemos fijarnos ante todo en las letras de los cantos que elegimos. Porque la música está al servicio de la letra, del mensaje, de la Palabra, y no al revés. En los tiempos fuertes (Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua), hay que tener muy en cuenta elegir los cantos que ayuden a los fieles a entrar en los sentimientos que piden estos tiempos.

También es importante recordar que no debe ser el instrumento el criterio de elección del canto, sino que el canto debe ser elegido independientemente de que pueda ser acompañado o no por el instrumento (lo ideal, lógicamente, es que el que ejecuta el órgano u otro instrumento aprendan todos los cantos y los puedan acompañar). Por ejemplo, si el Evangelio es el del llamado de los apóstoles (Lc 5, 1-11), será conveniente cantar “pescador de hombres", incluso aunque no lo sepa ejecutar el organista.

Será importante, entonces, que quienes deben elegir los cantos lean con detenimiento las lecturas del Domingo, para que la celebración sea verdaderamente una unidad. Lo ideal sería que los cantos sean elegidos junto con el sacerdote que presidirá la Misa, ya que este puede querer orientar la homilía y las diferentes intervenciones hacia una idea en especial, y el canto puede ayudar mucho a que esa idea sea verdaderamente central.

Una etapa previa en el discernimiento sería asegurarnos de que el canto esté aprobado por la Conferencia de los Obispos, o al menos por el Obispo de la diócesis. En algunos países esto es casi casi imposible, ya que las Conferencias o los obispos diocesanosno han sido claros o diligentes en esta tarea. Pero esta situación representa una verdadera anomalía, a la cual no deberíamos acostumbrarnos.

 

b) Criterio musical

La pregunta clave de este criterio es: “¿Es buena la música del canto, desde el punto de vista técnico, estético y expresivo?”.

Esta selección, nuevamente, se supone que debería ser hecha por expertos, a nivel episcopal, quienes, teniendo en cuenta todas las dimensiones del asunto, elaboren una lista de aquellos cantos que reúnen todas las condiciones -además de la letra- para ser usados en la liturgia. Teniendo en cuenta que esta selección en algunos países no existe o no tiene fuerza normativa la Argentina– le corresponde al que canta, junto con el que preside, evaluar la “bondad de formas” de una composición.

También es importante que, siendo buena la música, sea también “cantable” y accesible al pueblo. Al menos en los cantos para los cuales está prevista la participación activa de los fieles.

Es necesario insistir en que la música litúrgica sea de buena calidad buena. Una excesiva simplificación da lugar a una celebración carente de belleza y profundidad.

Pero si bien toda la música litúrgica debe ser buena, no toda buena música es adecuada para la liturgia. El juicio musical es básico, pero no decisivo. Hay cantos muy hermosos, pero de ritmos o modos de cantar que no son apropiados para la liturgia.

 

c) El criterio pastoral

A este criterio lo podríamos llamar también “criterio del sentido común". La pregunta clave aquí es: este canto, que es bello en lo musical y apropiado en lo litúrgico, ¿puede ser cantado o al menos escuchado con fruto hoy, aquí, por este cantor y por esta asamblea?

Puede suceder alguna vez que se elijan los cantos muy bien, pero que al ser ejecutados en realidad no embellezcan la liturgia… porque eran muy difíciles, porque no se sabían bien, porque tenían intervalos muy amplios, etc. Por ejemplo, el bellísimo “Que resuene por la tierra” es uno de los cantos más apropiados para la Pascua; pero es muy difícil de ejecutar para un solista, por la gran amplitud en su melodía.

Puede ser también que se elijan todos los cantos con gran cuidado, y que el coro los ejecute a la perfección, pero que la asamblea permanezca muda todo el tiempo. Indudablemente que este no es el ideal tradicional, repropuesto con fuerza desde los tiempos de Pío X.

Por eso hay que tener en cuenta quién ejecutará el canto –cantor, coro, etc.– y cómo está conformada la asamblea –si por gente mayor, si por niños, jóvenes, etc.– y si ellos conocen y pueden seguir los cantos.

Hay que evitar en este punto dos extremos: cantar siempre los mismos cantos “porque son los que sabe la gente”: se perdería así mucha riqueza, tanto de la tradición musical -gregoriano, polifonía- como de las nuevas creaciones; y el otro extremo de “cantar siempre cantos nuevos”, porque la asamblea no llega a conocerlos ni aprenderlos, y entonces la celebración se transforma en una exhibición o un recital de un grupo de cantores.

Como método para ampliar el repertorio de las comunidades, todos los domingos se podría ir incorporando algún elemento nuevo (no varios a la vez, sino uno sólo: un cordero, un aleluya, etc) y que se lo repita en los domingos siguientes. Mucho mejor si alguien capacitado puede enseñarlos a la asamblea.

Una consecuencia bien concreta de este criterio es asegurarse de que haya cancioneros completos y suficientes para los miembros de la asamblea.

 

EL PAPEL DEL CORO Y SU RELACIÓN CON LA ASAMBLEA[1]

Lo que acabo de plantear nos intruduce en el tema de cuál debe ser el papel del coro en las celebraciones litúrgicas.

“Cuantos pertenecen a la scholae cantorum desempeñan un auténtico ministerio litúrgico. Ejerzan, pues, su oficio, con la sincera piedad y el orden que conviene a tan grande ministerio y les exige con razón el pueblo de Dios” (SC 29).

¿Cuál es la función ministerial del coro? Espigamos algunas afirmaciones de un documento de los obispos españoles.

“Realiza una verdadera función ministerial activa arropando, conduciendo y promoviendo el canto comunitario; (…); conserva vivo y cultiva acrecentándolo con esmero el tesoro sacro musical, (…) crea un clima de ambientación festiva, (…) crea espacios que fomentan la contemplación, (…) da color más propio a cada una de las celebraciones del año litúrgico para que el pueblo cristiano tenga vivencias más hondas de las distintas facetas del misterio, cubriendo la común deficiencia y pobreza de cantos propios en contraste con tan ricos y variados leccionarios; entusiasma y contagia a la asamblea con una especie de magnetismo espiritual que la despierta y la aúna para dar su respuesta a Dios en el diálogo salvífico, va educando progresivamente al pueblo en forma de expresión cualitativamente más elevadas, recoge y ofrece los sentimientos de la asamblea con el esplendor y la belleza que el canto de solo el pueblo no logra expresar”.

No hay nada en las directivas oficiales de la Iglesia desde el Vaticano II que pudiera justificar la depreciación o la eliminación de los coros. Pero necesitamos especialmente una más profunda reflexión teológica sobre el coro litúrgico. Algunos, lamentablemente, querrían reducir el rol del coro exclusivamente a sostener y guiar el canto de la asamblea; muchos parecen estar insuficientemente convencidos de la habilidad de la música coral para enriquecer el culto. Dicha reflexión teológica podría considerar lo siguiente:

1. El coro sirve de una manera particular para dar voz a la gloria y a la belleza de la liturgia.

2. El coro da testimonio de la dimensión escatológica de la Iglesia, dado que su canto prefigura el de los santos y coros angélicos de la Nueva Jerusalén.

3. El coro es un alegre acompañante del peregrino pueblo de Dios y un signo festivo de su patria celestial.

4. La participación del coro es crucial para realzar la solemnidad y la majestad de los acontecimientos litúrgicos.

 

Coro y Asamblea

“Algunos creen que con la restauración litúrgica los coros resultan inútiles y pueden suprimirse, esto incluye un error total de principio si se desea iniciar, guiar y educar a la asamblea en el canto, la presencia de un coro resulta indispensable: el coro tiene algunas partes que le corresponde en exclusiva con las que la celebración cobra una nota especial de solemnidad y belleza” (Card. Lercaro).

Como parte de la asamblea, el coro a veces conduce el canto comunitarioa veces se une simplemente a la comunidad; y a veces canta sólo para la edificación de la comunidad o para permitir que el ritual se despliegue de manera más expresiva.

No debería olvidarse que la participación por parte del pueblo se asegura tanto por un activo cantar como por un comprometido escuchar.

El coro no está delante de una comunidad que lo escucha como se está delante de una comunidad que quiere que se le cante alguna cosa para entretenerlo, sino que el coro mismo forma parte de esa comunidad y canta en su nombre en el sentido de legítima representación. Actúa en nombre de los demás y los incluye en su propia acción.

 

¿Qué repertorio debe ejecutar un coro, cuando canta representando a la comunidad y para edificarla?

No debe desdeñar –al contrario– las mejores piezas del canto gregoriano y de la polifonía clásica y moderna. El gregoriano evoca inmediatamente la atmósfera espiritual propia de la liturgia romana. La polifonía sagrada, por su parte, abre las ventanas del alma y expresa la común vocación a la trascendencia.

Es claro, sin embargo, que el uso de la herencia litúrgica de la Iglesia debe estar informado con principios sanos.

Debe ser usado con una cuidadosa atención a la estructura de la liturgia, y con respeto por las necesidades y sensibilidades pastorales. Un uso con discernimiento puede ser un enriquecimiento espiritual de las celebraciones litúrgicas y un signo de nuestra unión con nuestros antepasados. Dicho tesoro, por otra parte, no puede considerarse como cerrado porque funciona, además, como aguijón, guía e inspiración para futuras composiciones.

 
Les dejo aquí el enlace para otra publicación sobre los instrumentos musicales. ¿Se puede usar cualquier instrumento en la Misa?
 

17.02.17

Después del año de la misericordia, el año de la conversión

Conversión

Como el 2017 no fue señalado por el Santo Padre ni los obispos de Argentina como orientado hacia algún tema en especial, acabo de declararlo para mí mismo, y de decidir contagiarlo como el año de la conversión.

Porque tanto nos ama el Padre, tanto, ¡tanto!, que seríamos ingratos si siguiéramos iguales que antes, frente a tanta bondad. ¿Cómo no vamos a aceptar su llamada?

¿Es que existe acaso una manera diferente de acoger su misericordia que convirtiéndonos por completo a Él?

CONVERSIÓN, es, por otro lado, el mensaje clave del acontecimiento de Fátima, cuyo centenario estamos ya viviendo. No otra cosa ha pedido María, cada vez que se ha manifestado: conversión y oración.

Meditando sobre lo que implica para mí y para al menos algunos de nosotros la conversión, he querido plasmarlo en algunas palabras, que me resuenan con enorme potencia en el corazón por estos días.

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14.02.17

¿Y si combatimos el sipadrismo?

Sipadrismo

Hace unos meses, un amigo que suele ser muy sincero y frontal, además de discreto -cualidades que le admiro-, luego de mirar mi muro de facebook me escribió por privado:

“Che, no se como hay gente que comenta todo lo que pones! O sea, el “ay, si padrecito” no será mucho? No es sólo con vos, sino con todos los curas… hay una foto de un cura y zas!!! “Santazo” “gran cura” etc etc. Tendrías que escribir algo sobre el chupamedismo clerical… ¿nos hace bien?”

Con motivo de ese mensaje, y también recogiendo el “guante” que me dejó, fui descubriendo que lo que se reflejaba en las redes sociales era algo que procedía de un fondo mucho más profundo y amplio.

Y se me ocurre que en realidad era una suerte de patología eclesial, a la que me gustó bautizar “el sipadrismo”.

Como es evidente, el nombre deriva de la conjunción del “sí” y del apelativo “padre” que, al menos en Argentina, suelen usar los fieles para dirigirse a los sacerdotes.

El sipadrismo puede ser padecido tanto por fieles como por consagrados respecto del cura de su parroquia, su obispo, su Superior o el mismo Papa.

Se manifiesta de múltiples maneras: desde la adulación persistente, ilimitada y acrítica a todo lo que el padre diga, pasando por poner “me gusta” a cada una de sus publicaciones de Facebook – aunque diga una soberana pavada o el fiel ni siquiera llegue a entender lo que puso, porque lo escribió en otro idioma que desconoce -, continuando por la imitación de todo lo que él haga, llegando hasta la defensa a ultranza del cura aún en casos evidentes de equivocaciones graves.

El sipadrismo se refleja en la vida apostólica en la aceptación inmediata y aplaudidora de todo lo que el sacerdote emprenda, proponga o enseñe, sin matices ni tamices de discernimiento personal.

El sipadrismo es peligroso sobre todo porque se logra camuflar bajo la apariencia de una virtud (la obediencia) y porque parece ofrecer una clave sencilla y práctica para mantener la unidad en las comunidades. Siempre estamos unidos y de acuerdo, claro, porque no está permitido disentir. Todo debe hacerse y todo debe pensarse “según el plan del padre.”

Claro, si el “Padre” se refiriera al Padre Eterno, todo marcharía fantástico.

Pero darle esa autoridad absoluta a los padres temporales, que salimos ya con ese “título” siendo todavía algunas veces adolescentes, es mucho más riesgoso.

Cuando las decisiones del sacerdote atañen a cosas completamente opinables – como, por ejemplo, si el cura elige pintar la casa parroquial de verde fosforescente, o elige el día en que se dicta la charla prebautismal de acuerdo a sus hábitos deportivos- no hay demasiadas dificultades.

Pero cuando al sacerdote se le ocurriera, por ejemplo, introducir novedades (abusos) en la Liturgia, o predicara una fe que no es la de la Iglesia, o una moral fundamental o especial divergente con el Magisterio… la cosa cambia por completo.

El problema principal, creo yo radica en que un excesivo “consentimiento automático” por parte de los fieles, así como la frecuente adulación innecesaria, fácilmente pueden provocar en nosotros, los curas, una sensación de infalibilidad y favorecer la vanidad, desde la cual llegar a la soberbia y la prepotencia no es nada difícil.

Acostumbrados a escuchar sólo voces halagüeñas y canonizadoras – “cuánto sabe usted, padre… qué gran servidor de Dios que es…”- la posibilidad de creernos que verdaderamente  somos así, es muy próxima.

El sipadrismo suele favorecer planes pastorales centrados en el sacerdote, apagar los diversos carismas que el Señor pueda suscitar, desembocar en una pastoral desequilibrada con el acento puesto sólo en las preferencias e inclinaciones del pastor… Puede suscitar, sobre todo, una cierta pasividad y falta de compromiso.

En algunos casos, incluso, el sipadrismo puede llevar a algunos fieles a no asumir personalmente opciones que claramente nos pide de modo personal el Señor, escudándose en que “el padre no me dijo nada” y en otros a echarle la culpa al “padre” de sus errores ya que delegamos en él nuestra facultad de decidir.

Y cómo un ulterior efecto negativo del sipadrismo, no es extraño que suscite en las personas alejadas de la vida eclesial una impresión negativa rayana a la alergia. Los no creyentes o no practicantes pueden llegar a pensar –asistiendo al espectáculo de zalamereadas y obsecuencias hiperbólicas- que algunos católicos hemos puesto más nuestra fe en los hombres que en Cristo mismo…

 

Frente al sipadrismo, ¿el nopadrismo?

Frente al sipadrismo –al que, reconozco, he caricaturizado un tanto, para que se vea más claramente de qué hablo-, ¿qué propongo yo? ¿Una especie de rebeldía metodológica? ¿Propongo que los fieles siempre ataquen, siempre critiquen, siempre se opongan a lo que el cura haga o diga?

De ninguna manera. Esta rebeldía u oposición dialéctica –de corte marxista o casi- es tanto o más dañina que el extremo anterior. La comunión de los fieles con su sacerdote, y de este y sus hermanos en el presbiterado con su obispo, y de todos con el Papa, es una valor irrenunciable. Pero es necesario que se dé enmarcado y como fruto de relaciones sanas.

No teniendo la posibilidad de ahondar en las causas del mal que describo–lo que requiriría mayor conocimiento y capacidad- me limito, a modo de “antídotos “ contra este mal, algunos puntos que considero muy saludables:

- La Humildad es una virtud vital, indispensable para ser buenos curas. Todo lo que la dificulte o impida –y el sipadrismo lo hace- debe ser revisado.

- Los sacerdotes no somos infalibles: sólo el Papa lo es,  y en contadas -contadísimas- situaciones y ocasiones.

- Para entrar en la Iglesia “se nos pide que nos quitemos el sombrero, no la cabeza” (G.K. Chesterton). Vale pensar, vale opinar, vale disentir en TODO lo que sea opinable. Y vale corregir al cura -siguiendo el mandato del Señor- cuando este se equivoca, y mucho más si llega a atentar contra las realidades más sagradas -las que son no opinables- puesto que, en definitiva, él no es su dueño, sino sólo administrador y servidor.

- Cada uno de nosotros ha recibido cualidades naturales y dones espirituales, que tienen como finalidad edificar la Iglesia. En la sinfónica unión de lo que todos aportemos –dirigido por el carisma del ministro sagrado- está la clave de una acción eclesial eficaz y luminosa.

- No es bueno que elevemos a los curas a la altura de “superhéroes”, ni los rebajemos a la de “lacra humana”. Son –somos- hombres que hemos recibido un llamado y una Unción, en los cuales radica toda nuestra identidad y la posibilidad de servir fielmente.

- Nunca hay que perder el sentido del humor. Si tu cura párroco o sacerdote ya no es capaz de reírse de sí mismo, es probable que también él esté infectado… de sipadrismo.

10.02.17

Un enigma llamado Benedicto XVI

helicóteroEl sábado 11 de febrero se cumplen 4 años de la renuncia de Benedicto XVI. Desde entonces el Papa emérito ha permanecido casi completamente en silencio, dedicado a la oración por la Iglesia.

De entre sus apariciones públicas y sus declaraciones o escritos –que no han sido demasiados- ocupa un lugar por demás importante lo escrito para una publicación sobre Juan Pablo II, con ocasión de su canonización.

Allí señala que, para él, los textos magisteriales más importantes fueron los siguientes:

  •  la “Redemptor hominis” de 1979, en la que el Papa “ofrece su síntesis personal de la fe cristiana", que hoy “puede ser de gran ayuda para todos lo que están buscando";
  •  la “Redemptoris missio” de 1987, que “resalta la importancia permanente de la tarea misionera de la Iglesia";
  •  la “Evangelium vitae” de 1995, que “desarrolla uno de los temas fundamentales de todo el pontificado de Juan Pablo II: la dignidad intangible de la vida humana, desde el primer instante de su concepción";
  •  la “Fides et ratio” de 1998, que “ofrece una nueva visión de la relación entre fe cristiana y razón filosófica".

No hay que ser muy perpicaz para darse cuenta de que estos documentos se ocupan de temas sumamente relevantes. Ni es necesario ser muy lúcido para descubrir que en varios aspectos cada una de estas temáticas ha sido minimizada, relativizada o al menos enormemente atenuada -vuelvo sobre ello más adelante-.

 

Luego de esas suscintas referencias a las encíclicas, Benedicto se extiende un poco más sobre otros dos documentos: Veritatis Splendor y Dominus Iesus.

Y los destaco, porque me parece muy notable como el 2017 parece haberse iniciado con el ataque frontal a aquellos dos textos.

La primera está siendo contestada de una forma tan frontal que asusta. Redactada sobre el entramado del diálogo de Jesús con el Joven Rico, en continuidad con el Catecismo, redime los “Diez Mandamientos” de una apreciación negativa injustísima, que hoy parece estar nuevamente de moda. Las fundamentaciones con que algunas conferencias episcopales u obispos de diócesis puntuales justifican la comunión de quienes viven en adulterio parecen sacadas textualmente de las doctrinas que aparecen en Veritatis Splendor… condenadas.

La relativización de la necesidad de la misión, la justificación de la apostasía en prestigiosos y cuasi oficiales medios católicos, los compromisos con el judaísmo en detrimento de la plena unidad católica, la lectura del Corán en reuniones “católicas” -no me atrevo a llamarlas celebraciones, la exaltación de Lutero como testigo del Evangelio, las propuestas y pedidos de intercomunión, el hecho de que con toda naturalidad se hable de iglesias refiriéndose a comunidades luteranas o protestantes –lo que implica una negación o distorsión del concepto de “Iglesia”, constituido enteramente sobre el sacramento del Orden y la Eucaristía como actualización de la Pascua- significan una negación y contestación de hecho a aspectos nucleares de la Dominus Iesus.

Y aunque sea menos perceptible, en las actitudes contrarias a ambos documentos hay en la base una negación de otro de los documentos señalados como más relevantes: Fides et Ratio. Porque, por un lado, hay un discurso irracional, por el cual se nos quiere convencer de que en sus propuestas todo sigue igual siendo enteramente distinto. Que no hay cambios cuando los cambios son evidentes. Que hay una continuidad completa cuando la ruptura es absolutamente clara. Se está negando uno de los fundamentos del ejercicio de la razón: el principio de no contradicción, sin el cual la realidad se vuelve ininteligible. Se niega, por otra parte, la capacidad metafísica de la inteligencia, de tal modo que van desapareciendo las referencias a la “naturaleza humana". como un vestigio de tiempos ya superados. La fe, en estos planteos, ya no aparece como la respuesta al Dios que se revela. Ya no es el acto de aquel que, oyendo, y movido por la gracia, da su asentimiento a la Palabra y al que la y se pronuncia. La fe es puro constructo humano, y la Revelación no es ya un hecho trascendente, irrupción de lo eterno e inmutable en la historia. Por lo tanto, la “doctrina” -nueva malapalabra- y la praxis eclesial son un modelo para armar, completamente ajustable y camaleonizable con el contexto vigente.

Dicho esto, y volviendo al inicio, confieso que el enigma de la renuncia de Benedicto XVI se vuelve aún más grande, al menos para mí. ¿Qué pensará realmente, más allá de lo que pueda o decida decir o callar? ¿O habrá cambiado radicalmente su manera de pensar, en la cumbre de sus días?

No lo sé ni puedo saberlo, y quizá no lo sepa nunca. Lo que sí intuyo es que detrás de todo hay un misterioso designio divino, que incluye también los errores y prevaricaciones humanas.

Si bien pueden encontrar los textos en este artículo de Infocatólica de 2014, los transcribo nuevamente aquí para favorecer su lectura.

E imploro Domino Iesu que su Esposa, la Iglesia, no se deje encandilar por el anhelo del aplauso, por la necesidad de la aprobación del mundo, sino que continúe fiel a su misión de hacer resplandecer en el mundo Veritatis Splendor.

Sobre Veritatis Splendor

La encíclica sobre los problemas morales, la “Veritatis splendor", ha necesitado muchos años de maduración y su actualidad sigue siendo inmutable.

La constitución del Vaticano II sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, frente a la orientación prevalentemente iusnaturalista de la teología moral de la época, quería que la doctrina moral católica sobre la figura de Jesús y su mensaje tuviera un fundamento bíblico.

Esto se intentó mediante alusiones solo durante un breve periodo. Después se fue afirmando la opinión de que la Biblia no tenía ninguna moral propia que anunciar, sino que reenviaba a los modelos morales periódicamente válidos. La moral es cuestión de razón, se decía, no de fe.

Desapareció así, por una parte, la moral entendida en sentido iusnaturalista, pero en su lugar no se afirmó ninguna concepción cristiana. Y puesto que no se podía reconocer ni un fundamento metafísico ni uno cristológico de la moral, se recurrió a soluciones pragmáticas: a una moral fundada sobre el principio del equilibrio de bienes, en el que ya no existía lo que es verdaderamente mal y lo que es verdaderamente bien, sino solo lo que, desde el punto de vista de la eficacia, es mejor o peor.

La gran tarea que Juan Pablo II hizo en esa encíclica fue la de encontrar nuevamente un fundamento metafísico en la antropología, como también una concreción cristiana en la nueva imagen de hombre de la Sagrada Escritura.

Estudiar y asimilar esta encíclica sigue siendo una obligación de grandísima importancia.

Sobre Dominus Iesus

También aquí quisiera poner un ejemplo. Frente a la tormenta que se había creado entorno a la declaración Dominus Iesus me dijo que durante el ángelus pretendía defender sin equívoco el documento. Me invitó a escribir un texto que fuera, por así decir, hermético y no permitiera ninguna interpretación diversa. Debía emerger de forma del todo inequívoca que él aprobaba el documento incondicionalmente.

Por tanto, preparé un breve discurso; no pretendía, sin embargo, ser demasiado brusco y así intenté expresarme con claridad pero sin dureza. Después de haberlo leído, el Papa me pregunto otra vez: «¿Es realmente suficientemente claro?» Yo respondí que sí. Quien conoce los teólogos no se asombrará del hecho que, sin embargo, después hubo quien mantuvo que el Papa había prudentemente tomado distancia del texto.