InfoCatólica / Ite, inflammate omnia / Categoría: Sin categorías

24.05.17

¿Es razonable creer que Jesús ha resucitado?

Tomás

Creo en Jesucristo, su Único Hijo, nuestro Señor.

Así comienza la profesión de fe en la segunda persona de la Santísima Trinidad. El primer artículo de la Fe, en Dios creador todopoderoso, es de algún modo compartido con otras religiones, y hasta puede llegar a ser conocido con la luz de la razón.

Con la confesión de fe en Jesucristo entramos ya directamente en lo específico cristiano. Y afirmamos algo inaudito: Jesús es no solamente el Cristo, el Ungido de Dios. Es además el Único Hijo de Dios, él mismo es el Señor (1)

Esta afirmación fundamental, que constituye el núcleo de la predicación apostólica, encuentra su confirmación en un acontecimiento concreto: la resurrección de Jesús. Su glorificación es su “credencial”, su “certificado de autenticidad” definitivo. Dice el Catecismo de la Iglesia Católica:

651 “Si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe"(1 Co 15, 14). La Resurrección constituye ante todo la confirmación de todo lo que Cristo hizo y enseñó. Todas las verdades, incluso las más inaccesibles al espíritu humano, encuentran su justificación si Cristo, al resucitar, ha dado la prueba definitiva de su autoridad divina según lo había prometido.

Podemos afirmar con toda seguridad: si Jesús resucitó realmente, todo lo que ha dicho es verdad. Porque Dios jamás sacaría de la muerte y rehabilitaría a un mentiroso, a uno que se atribuyera falsamente ser su enviado y hasta su mismo hijo, a uno que había dicho “nadie va al Padre sino por mí” y “el Padre y yo somos uno”.

Pero si su resurrección no ha ocurrido, entonces es un impostor, y todo lo demás, toda la fe cristiana, sus sacramentos, su doctrina moral, es “puro cuento”, es invención humana, una historia bonita y cautivante, pero sólo ficción (2).

Por eso la verdad de la Resurrección de Jesús es la Piedra angular de toda la fe cristiana y también el “cimiento” de todas las demás afirmaciones. Nosotros creemos firmemente que Jesucristo, que vivió unos 33 años en Palestina, que murió crucificado en tiempos de Poncio Pilatos, resucitó realmente, y vive para siempre junto al Padre. Creemos que sigue presente en su Iglesia como lo prometió, y que volverá al final de los tiempos a juzgar a los vivos y muertos.

 

¿Qué es creer?

Ahora bien, podríamos preguntarnos, ¿es razonable creer esto, o es simplemente una “apuesta”, sin ninguna base racional? ¿Es un acto ciego, y por lo tanto absolutamente opcional, o tenemos motivos racionales que acompañan nuestro acto de fe?

Dicho de otro modo, ¿por qué creemos que Jesús resucitó? La respuesta de los católicos a estas preguntas pregunta llena libros completos, y es materia de una de las ramas de la teología, la teología fundamental. No pretendo aquí más que dar una respuesta sencilla pero -creo yo- coherente, dejando a otros análisis más hondos y extensos.

Para responder a esta pregunta, es bueno recordar la enseñanza de la Iglesia sobre la naturaleza del acto de fe.

La fe es una gracia

153 Cuando San Pedro confiesa que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, Jesús le declara que esta revelación no le ha venido “de la carne y de la sangre, sino de mi Padre que está en los cielos” (Mt 16,17; Ga 1,15; Mt 11,25). La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por él, “Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede “a todos gusto en aceptar y creer la verdad” (DV 5).

La fe es un acto humano

154 Sólo es posible creer por la gracia y los auxilios interiores del Espíritu Santo. Pero no es menos cierto que creer es un acto auténticamente humano. No es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre depositar la confianza en Dios y adherirse a las verdades por él reveladas. Ya en las relaciones humanas no es contrario a nuestra propia dignidad creer lo que otras personas nos dicen sobre ellas mismas y sobre sus intenciones, y prestar confianza a sus promesas (como, por ejemplo, cuando un hombre y una mujer se casan), para entrar así en comunión mutua. Por ello, es todavía menos contrario a nuestra dignidad “presentar por la fe la sumisión plena de nuestra inteligencia y de nuestra voluntad al Dios que revela” (Cc. Vaticano I: DS 3008) y entrar así en comunión íntima con El.

155 En la fe, la inteligencia y la voluntad humanas cooperan con la gracia divina: “Creer es un acto del entendimiento que asiente a la verdad divina por imperio de la voluntad movida por Dios mediante la gracia” (S. Tomás de A., s.th. 2-2, 2,9; cf. Cc. Vaticano I: DS 3010).

La fe y la inteligencia

156 El motivo de creer no radica en el hecho de que las verdades reveladas aparezcan como verdaderas e inteligibles a la luz de nuestra razón natural. Creemos “a causa de la autoridad de Dios mismo que revela y que no puede engañarse ni engañarnos". “Sin embargo, para que el homenaje de nuestra fe fuese conforme a la razón, Dios ha querido que los auxilios interiores del Espíritu Santo vayan acompañados de las pruebas exteriores de su revelación” (ibid., DS 3009). Los milagros de Cristo y de los santos (Mc 16,20; Hch 2,4), las profecías, la propagación y la santidad de la Iglesia, su fecundidad y su estabilidad “son signos ciertos de la revelación, adaptados a la inteligencia de todos", “motivos de credibilidad que muestran que el asentimiento de la fe no es en modo alguno un movimiento ciego del espíritu” (Cc. Vaticano I: DS 3008-10).

 

Creo que resucitó de entre los muertos.

Teniendo en cuenta esto, podemos preguntarnos, entonces: ¿qué razones tenemos para creer en Jesús?. ¿Cómo responderíamos a alguien que nos preguntara: cómo sé yo que Jesús resucitó?

Una primera respuesta, completamente verdadera, sería decir: “creo porque he recibido la gracia de la fe".

Una segunda, complementaria y necesaria, será exponer al otro las razones o signos históricos que legitiman mi afirmación, que son reconocibles por la fe y a la vez accesibles a una investigación histórica. La existencia de estos signos nos muestra que afirmar la fe en la resurrección es algo sensato, razonable, o al menos no absurdo e incoherente. Frente a estos signos se requiere siempre tener un corazón abierto, y recibir la gracia de la fe.

No tenemos, entonces, pruebas apodípticas. Si éstas existieran, no creeríamos en su Resurrección, sino que tendríamos de ella evidencia sensible y la conoceríamos racionalmente. Y entonces no sería un acto libre de fe, estaríamos obligados a aceptarlo ante la evidencia de la prueba. Pero Dios no ha querido que esto fuera así, sino que el hombre tiene que “arriesgar” su libertad, aún teniendo razones y motivos de credibilidad.

Al exponer cuáles son las razones, las presento en dos momentos. Las primeras se orientan más hacia el pasado, analizando las fuentes bíblicas y los relatos de las apariciones del Resucitado. Las segundas son más de “tiempo presente”, y se orientan a intentar percibir los signos de la resurrección de Jesús en el hoy de la historia.

 

La resurrección: acontecimiento histórico y trascendente.

639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya San Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: “Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: “(1 Co 15, 3-4). El Apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (Hch 9, 3-18).

No puedo desarrollarlo aquí, pero esta afirmación supone no sólo la aceptación por la fe del valor como Palabra de Dios de los Evangelios y demás escritos del Nuevo Testamento, sino también el conocimiento de su valor histórico, como documentos de un valor similar o - en muchísimos casos- mayor que el que nos permite “conocer” la vida y obra de casi todos los personajes de la historia antigua.

Los Evangelios han recibido innumerables ataques y en lugar de disminuir ha ido creciendo su credibilidad histórica.Negar el valor de las fuentes implicaría negar la existencia de Cristo, como han llegado a decir algunos. Cristo sería un mito, inventado por un grupo de fanáticos, para crear una religión. Pero entonces hay que probar que esto es así, no simplemente afirmarlo. Por este camino se llega negar la existencia de la mayoría de los personajes de la historia antigua. Pero esto sería tema para otro artículo.

 

El sepulcro vacío

640 “¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado” (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (Lc 24, 12). “El discípulo que Jesús amaba” (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir “las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) “vio y creyó” (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (Jn 11, 44).

Hay aquí un hecho negativo, pero que es un indicio de que algo ocurrióel cuerpo de Jesús no estaba en el sepulcro el domingo de mañana.

Las explicaciones a este hecho pueden ser varias, y así se han intentado. Reimarus, un crítico racionalista del siglo XIX, elaboró por ejemplo la “teoría del fraude”. Los apóstoles robaron el cuerpo e inventaron la historia de la Resurrección. Pero no explica cómo lo robaron - a pesar de los centinelas que había en el sepulcro-. Ni qué hicieron con el cuerpo. Ni cómo fueron tan necios por morir todos por una mentira inventada por ellos. Ni cómo hicieron ellos, ignorantes y rudos como eran, para convencer a muchos de sus contemporáneos de la verdad de la Resurrección.

Otros afirman la “teoría de la desaparición”: el cuerpo fue robado por los mismos judíos (lo que llama la atención es que no lo mostraran el día siguiente, y así acabaran con todo rápidamente). Llegaron algunos a decir que el cuerpo desapareció a causa del terremoto de que habla el Evangelio, el cual sepultó el cuerpo a mayor profundidad. Curioso terremoto, que tuvo el cuidado de dejar cuidadosamente dobladas las vendas y el sudario…

 

Las apariciones del Resucitado

641 María Magdalena y las santas mujeres, que venían de embalsamar el cuerpo de Jesús (Mc 16,1; Lc 24, 1) enterrado a prisa en la tarde del Viernes Santo por la llegada del Sábado (Jn 19, 31. 42) fueron las primeras en encontrar al Resucitado (Mt 28, 9-10; Jn 20, 11-18).Así las mujeres fueron las primeras mensajeras de la Resurrección de Cristo para los propios Apóstoles (Lc 24, 9-10). Jesús se apareció en seguida a ellos, primero a Pedro, después a los Doce (1 Co 15, 5). Pedro, llamado a confirmar en la fe a sus hermanos (Lc 22, 31-32), ve por tanto al Resucitado antes que los demás y sobre su testimonio es sobre el que la comunidad exclama: “¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!” (Lc 24, 34).

El dato de que fueran mujeres las elegidas para el anuncio de la Resurrección le agrega valor histórico al relato. Según la tradición judía, el testimonio de una mujer no tenía valor alguno. De haber inventado el relato, jamás lo hubieran armado de ese modo. Si así lo testimonian todos unánimemente, es porque el Señor quiso elegirlas, contrariando lo que hubiera sido razonable.

642 Todo lo que sucedió en estas jornadas pascuales compromete a cada uno de los Apóstoles - y a Pedro en particular - en la construcción de la era nueva que comenzó en la mañana de Pascua. Como testigos del Resucitado, los apóstoles son las piedras de fundación de su Iglesia. La fe de la primera comunidad de creyentes se funda en el testimonio de hombres concretos, conocidos de los cristianos y, para la mayoría, viviendo entre ellos todavía. Estos “testigos de la Resurrección de Cristo” (Hch 1, 22) son ante todo Pedro y los Doce, pero no solamente ellos: Pablo habla claramente de más de quinientas personas a las que se apareció Jesús en una sola vez, además de Santiago y de todos los apóstoles (1 Co 15, 4-8).

643 Ante estos testimonios es imposible interpretar la Resurrección de Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho histórico. Sabemos por los hechos que la fe de los discípulos fue sometida a la prueba radical de la pasión y de la muerte en cruz de su Maestro, anunciada por él de antemano(Lc 22, 31-32). La sacudida provocada por la pasión fue tan grande que los discípulos (por lo menos, algunos de ellos) no creyeron tan pronto en la noticia de la resurrección. Los evangelios, lejos de mostrarnos una comunidad arrobada por una exaltación mística, los evangelios nos presentan a los discípulos abatidos ("la cara sombría": Lc 24, 17) y asustados (Jn 20, 19). Por eso no creyeron a las santas mujeres que regresaban del sepulcro y “sus palabras les parecían como desatinos” (Lc 24, 11; Mc 16, 11. 13). Cuando Jesús se manifiesta a los once en la tarde de Pascua “les echó en cara su incredulidad y su dureza de cabeza por no haber creído a quienes le habían visto resucitado” (Mc 16, 14).

644 Tan imposible les parece la cosa que, incluso puestos ante la realidad de Jesús resucitado, los discípulos dudan todavía (Lc 24, 38): creen ver un espíritu (Lc 24, 39). “No acaban de creerlo a causa de la alegría y estaban asombrados” (Lc 24, 41). Tomás conocerá la misma prueba de la duda (Jn 20, 24-27) y, en su última aparición en Galilea referida por Mateo, “algunos sin embargo dudaron” (Mt 28, 17). Por esto la hipótesis según la cual la resurrección habría sido un “producto” de la fe (o de la credulidad) de los apóstoles no tiene consistencia. Muy al contrario, su fe en la Resurrección nació - bajo la acción de la gracia divina- de la experiencia directa de la realidad de Jesús resucitado.

 

El argumento del Catecismo es muy ilustrativo y ofrece un sustento de credibilidad importante a los relatos. De haber inventado las narraciones de las apariciones, los apóstoles hubieran presentado una imagen muy distinta de sí mismos, y nunca la de unos incrédulos empedernidos. Además, como dijimos ya, si los apóstoles hubieran inventado esto de la Resurrección, su “cuento” hubiera acabado en cuanto les hubiera sido causa de molestia. ¿Cómo pensar que alguien puede dejarse azotar perseguir, y crucificar - como fue el caso de Pedro, por ejemplo- por una mentira inventada por él? Por ello el martirio de todos los apóstoles (excepto Juan) es una de las razones más fuertes para afirmar la realidad histórica de la Resurrección.

 

Creo en la Iglesia… creo a la Iglesia.

Por este camino llegamos al segundo punto. Nosotros creemos en la Resurrección de Jesús y en todo lo demás por el testimonio de la Iglesia, que nosotros recibimos y aceptamos. La verdad de la Resurrección, cual llama ardiente, ha sido transmitida de generación en generación, desde los Apóstoles en adelante, y ha llegado a nuestros padres, y de ellos a nosotros. Ellos vieron al Señor resucitado, comieron y estuvieron con Él, fueron enviados por Él al mundo. Esa misión es continuada por la Iglesia hasta el fin de los tiempos.

Ahora bien: ¿nos ofrece la Iglesia razones para creer en ella? ¿Cuales son las credenciales de esta religión para erigirse en la portavoz de Dios?. ¿Tenemos algún elemento racional para aceptar que realmente en ella está y actúa el Resucitado, o lo aceptamos ciegamente?

El Concilio Vaticano I, citado por el CCE nº 156, nos habla de ellos:

“Los milagros de Cristo y de los santos (Mc 16,20; Hch 2,4), las profecías, la propagación y la santidad de la Iglesia, su fecundidad y su estabilidad“. Ellos “son signos ciertos de la revelación, adaptados a la inteligencia de todos", “motivos de credibilidad que muestran que el asentimiento de la fe no es en modo alguno un movimiento ciego del espíritu” (Cc. Vaticano I: DS 3008-10).

Volvemos a reiterar: no son pruebas, sino motivos de credibilidad, signos que ofrecen una base racional que hace de nuestro acto de fe un acto verdaderamente humano. Me detendré para detallar algunos de ellos.

 

1. Los milagros:

Hay un hecho irrefutablo: en la historia de la Iglesia, a lo largo de todos los tiempos, se han dado innumerables hechos prodigiosos, inexplicables para la razón. Si bien la ciencia no puede decir nunca “esto es un milagro” porque  esa no es una afirmación científica -la ciencia se limita a los sensible, no puede hablar de una causa trascendente-, sí puede decir - y de hecho dice-: “esto no tiene una explicación científica. Aquí ha intervenido alguna causa que no es natural.”

La Iglesia ha sido siempre muy prudente, y ha evitado “multiplicar los milagros sin necesidad". Por eso somete a un riguroso examen todos los hechos extraordinarios, y se cerciona bien de todas sus posibles causas, antes de atribuírlo a Dios.

A pesar de esa prudencia, año tras año se constatan curaciones milagrosas, milagros eucarísticos, fenómenos superiores a la naturaleza, etc. Citemos por ejemplo el caso del niño salvado milagrosamente por la intercesión de los pastorcitos de Fátima y los que casi cada mes se aprueban para la canonizar a los santos. O los estigmas del Padre Pío estudiados con detalle por médicos no creyentes- y sus profecías y conocimiento de las conciencias. O los milagros eucarísticos medievales, cuyas huellas continúan entre nosotros. O la tilma de San Juan Diego, en el que la Virgen de Guadalupe dejó impresa su imagen. O la Sábana Santa. O la danza del sol en Fátima, el 13 de octubre de 1917. Todas estas manifestaciones han recibido innumerables análisis de parte de científicos no creyentes, y permanecen sin explicación.

No fuerzan la fe. De hecho, ante los mismos milagros de Jesús, muchos se resistían a creer. Pero estos milagros ofrecen al creyente un fundamento racional para no despreciar.

 

2. La existencia misma de la Iglesia

El argumento de la existencia y estabilidad de la Iglesia Católica tiene dos vertientes.

La primera consiste en afirmar que la continuidad de la Iglesia a través de los siglos es signo de su origen divino, de la presencia del Resucitado y de la verdad de su doctrina. ¿Por qué? Porque es imposible, humanamente hablando, que una institución simplemente humana, que presenta una imagen de Dios tan poco “lógica” – un Dios Trinidad y Encarnado-, que adora a un Crucificado y que predica un mensaje tan contrario a la fragilidad de las personas –Cruz, abnegación, sacrificio, castidad, humildad, perdón, etc-, que ha sido perseguida en casi todas las latitudes y por todo tipo de regímenes políticos, que comenzó con un minúsculo grupo de pescadores rudos de un pueblo perdido en un rincón del imperio romano, pueda seguir existiendo, Han caído todos los imperios, se han derrumbado las ideologías, pero la Iglesia Católica continúa cumpliendo su misión. Y la ha ejercido siempre en fidelidad al mensaje original, sin modificar ninguna de sus doctrinas ni exigencias, sin transigir con la debilidad humana que siempre se rebela ante su doctrina.

Además –y esta es la segunda vertiente del argumento- esa Iglesia ha permanecido estable estando compuesta siempre por hombres pecadores, muy pecadores. Si esta religión hubiera tenido siempre miembros intachables, tanto “dirigentes” como “subordinados”, quizá esto explicaría su pervivencia multisecular. Pero los pecados de los miembros son una prueba más de la presencia de Dios en ella. Cuentan que en una ocasión Napoleón dialogaba con un cardenal y le decía: “yo voy a destruir la Iglesia”. A lo que el Cardenal respondía: “No podrá. Ni nosotros la hemos podido destruir”. Ni el libertinaje moral de la jerarquía en la baja Edad Media, ni los escándalos sexuales ampliamtente difundidos por la prensa en nuestros tiempos, ni la ambición de poder en algunos sectores, han podido detener la marcha del Pueblo de Dios hasta la Tierra prometida. La Iglesia, por deseo de Jesús, está hecha “a prueba de los hombres”.

Estos hechos son históricos, comprobables, tangibles. Para un hombre de buena voluntad deberían constituir, al menos, un interrogante. Muchos hombres que han estudiado la historia de la Iglesia con rectitud de corazón, se han hecho creyentes en Dios, o han pedido ingresar en la Iglesia católica desde otras confesiones cristianas.

 

3. La santidad. El martirio

Pero evidentemente, más allá de lo negativo que existe en nosotros, es el signo positivo el más fuerte. Y por ello es la santidad, el testimonio cristiano de sus miembros más eminentes – los verdaderos cristianos- el signo más claro de la presencia de Dios en la Iglesia y, por lo tanto, de la verdad que ella anuncia.

De tal modo que a la pregunta: ¿por qué crees en la Iglesia, por qué crees que allí está Jesucristo? Podríamos responder “por el cura Brochero, por Madre Teresa de Calcuta, por Juan Pablo II, por la alegría de las carmelitas y de los cartujos, por tantas madres cristianas que viven un heroísmo fiel…”

A esto se lo ha llamado tradicionalmente el “milagro moral”. Una existencia totalmente entregada a los demás como, por ejemplo, la de Madre Teresa, en caridad heroica, durante tantos años, con la alegría con que lo hacía, es un verdadero milagro.

Como lo es la muerte de San Damián de Molokai, que elige hacerse leproso con los leprosos, abrazando consciente y alegremente la muerte por salvar el alma de otros.

Como es un milagro la vida y la muerte de Gianna Beretta Molla, madre y esposa, quien se ofrece para evitar la muerte de su bebé.

Más cerca de nuestra realidad, podríamos decir también que el hecho de que una joven normal, con posibilidades laborales y afectivas en abundancia, abandone todo y se encierre en un monasterio carmelita, y viva allí, privada de casi todo lo que los demás hombres consideran importante, y viva con plena alegría y equilibrio psíquico –es decir, no por un fanatismo enfermizo- sólo se explica por una auténtica llamada de Dios y una presencia real en su vida.

El momento máximo de este testimonio se da en el martirio. Aquí conviene recordar lo dicho por Juan Pablo II en la encíclica Fides et ratio:

El mártir, en efecto, es el testigo más auténtico de la verdad sobre la existencia. Él sabe que ha hallado en el encuentro con Jesucristo la verdad sobre su vida y nada ni nadie podrá arrebatarle jamás esta certeza. Ni el sufrimiento ni la muerte violenta lo harán apartar de la adhesión a la verdad que ha descubierto en su encuentro con Cristo. Por eso el testimonio de los mártires atrae, es aceptado, escuchado y seguido hasta en nuestros días. Ésta es la razón por la cual nos fiamos de su palabra: se percibe en ellos la evidencia de un amor que no tiene necesidad de largas argumentaciones para convencer, desde el momento en que habla a cada uno de lo que él ya percibe en su interior como verdadero y buscado desde tanto tiempo. En definitiva, el mártir suscita en nosotros una gran confianza, porque dice lo que nosotros ya sentimos y hace evidente lo que también quisiéramos tener la fuerza de expresar. FR 32

Es cierto que nuestro siglo está viendo muertes de todo tipo: terroristas, fundamentalistas, etc. Pero esto no equipara los motivos por los cuales se muere. No es lo mismo morir por odio que morir por fidelidad y por amor. No es lo mismo arrojarse contra una torre causando la muerte de miles, que morir perdonando y con una sonrisa en los labios, como tantos mártires cristianos.

Cito aquí, para concluir, el testimonio del Beato Francisco Castelló Aleu, mártir de la guerra civil española. Fue beatificado el 11 de marzo por Juan Pablo II, en la beatificación más numerosa de la historia de la Iglesia, entre los mártires de la fe durante la guerra civil española.

Tenía 22 años y trabajaba como ingeniero químico en la fábrica Cros, S.A., de Lérida. “Si ser católico es delito, acepto gustosamente ser delincuente, ya que la mayor felicidad del hombre es dar la vida por Cristo, y si tuviera mil vidas, sin dudar, las daría por Él“. Así confesó Francesc Castelló ante el tribunal que lo condenó a muerte, tras invitarle a apostatar de su fe si quería salvar la vida. Mientras era llevado al lugar de fusilamiento, iba cantando el Credo. Cuando todo ya estaba dispuesto dijo a los verdugos: Un momento: los perdono a todos en nombre de Cristo. Y murió gritando viva Crsito Rey.

El 29 de septiembre de 1936, momentos antes de ser llevado a fusilar, escribe tres cartas: a su novia, María Pelegrí (Mariona), a sus dos hermanas y su tía, y a D. Román Galán, su director espiritual. Las escribe en una celda inhumana y malholirnte, en medio de los gritos de desesperación de los que lo rodeaban. Transcribimos la carta a la novia, un verdadero milagro del Resucitado, carta que Pío XII leyera entre lágrimas, equiparándola a algunas de las páginas más gloriosas de la historia antigua, concretamente a la de Ignacio de Antioquía.

A María Pelegrí Platería, 39 - 1º

Querida Mariona: Nuestras vidas se han unido y Dios mismo ha querido separarlas. A Él le ofrezco con toda la sinceridad posible mi amor hacia ti, un amor intenso, puro y sincero.

Siento tu desgracia, no la mía. Estés orgullosa de mí: dos hermanos y tu novio. Pobre Mariona.

Me pasa una cosa extraña: no puedo sentir ninguna pena por mi suerte. Una alegría interna, intensa, fuerte… llena todo mi ser. Quisiera escribirte una carta triste, de despedida, pero no puedo. Estoy pleno de alegría como un presentimiento de la Gloria.

Quisiera hablarte de lo mucho que te habría amado. De cuánta ternura tenía reservada para ti, de lo felices que habríamos sido. Pero para mí todo esto es secundario. He de dar un gran paso.

Una última cosa: cásate, si es tu parecer. Yo desde el cielo bendeciré tu matrimonio y tus hijos.

No quiero que llores. No lo quiero.Que estés orgullosa de mí. Te quiero.No tengo tiempo para más.  Francesc

1 Este título –en griego Kyrios- es aplicado en el Antiguo Testamento sólo a Yahvé. Que el Nuevo lo aplique a Cristo es de una importancia fundamental: afirma su divinidad.

2. Sería como basar la propia vida, por ejemplo, en El Principito.

15.05.17

DEMORADO (meditación IMPERDIBLE del padre Diego Jesús sobre el evangelio de ayer)

MonasterioDEMORADO
 
“Para el mundo, demorarse es atrasarse; para nosotros es el Amor que permanece; el exquisito arte de encharcarse en la Voz del Encantador". 
 
“No se inquiete vuestro corazón. Crean en Dios y crean también en Mí”. 
La Voz del Dios hecha carne, el timbre sonoro del Nazareno podría haber proferido esta única sentencia y nos hubiera alcanzado para ser salvos. 
 
En verdad, como las partículas de la Eucaristía, también de este Pan Vivo que es la Escritura cabe decir algo análogo: está el todo en cada parte, por minúscula que sea la porción. 
Incluso esa primera expresión sola (no se inquieten), porta todo cuanto el Hombre precisa escuchar de Dios. 
Quien acoge este non turbetur sin resistencias, como tierra franca, roturada y abierta, es alcanzado por el Poder de su Voz. Sí, la Voz del Señor no es meramente indicativa ni imperativa… la Voz del Señor es poderosa, es fecunda, es eficaz; tiene el Poder de hacer lo que dice. 
Es conjuratoria. 
 
Por eso, quien se abre y se expone, vulnerable, a ser cautivado, conjurado por la calma y potente Voz divina, es alcanzado por la Voz del Encantador, susurrando sobre nuestra inerme superficie “no te inquietes”, y es serenado, sosegado, aquietado por la Acción misma de Su Decir.
Es la Voz del Nuevo Orfeo que nos domestica a nosotros, las salvajes fieras. 
 
No es un imperativo categórico; no es una arenga histriónica contra-producente. Es la delgada brisa de un conjuro mágico que sólo es eficaz en Boca del Señor, en el timbre exacto de la Voz del Pastor.
Y el Poder que porta le viene de la Sabiduría que alberga. En el Principio no era la Voluntad sino el Logos. Dios conjura al alma inquieta a que se apacigüe, para que crea y more. No hay mucho más que eso. Es auténticamente el multa in parvo, la concentración más densa de todo el Plan Salvífico en un escueto itinerario: aquiétate, cree y mora en Dios.
 
Pero el Dinamismo de Dios, el Poder de esta Voz, genera un movimiento circular espiralado, desencadenando un potenciamiento sin límites, un tornado de sinergia que remonta por círculos ascendentes a la vertiginosa divinización. Pues quien se serena, y en esa quietud, cree, y en ese creer se une al Señor, morando en Él… entra en el divino torbellino del Fuego de Dios: pues morando en Él, permaneciendo allí, crece su Fe, y cuando ésta se incrementa, aumenta la paz, la quietud, la santa indiferencia ante los avatares del Mundo. Y desde allí, otra ronda de águila asciende por más: a mayor sosiego interior, más se dilata la pupila de la Fe que en la calma nocturna ve más y más y más, y ese más lo estabiliza y afianza y enraíza más y más en el Corazón de Dios, Fortaleza inexpugnable. 
 
San Pablo lo llamó “DynamisTheou” (el dinamismo o poder de Dios) y no concibe otra Buena Noticia, otro Evangelio fuera de éste. 
Los antiguos llamaron a esta “no-inquietud” con el nombre de “Quies”, e hicieron de ella la búsqueda central del cristiano. 
Curiosamente (en razón de esta circularidad) este reposo es el fruto más sabroso y la raíz más profunda del itinerario. No es ni confort, ni seguridad ni burguesa comodidad. Ni es fláccido pacifismo: ¡al contrario! Esta quietud es de un brío descomunal, dispuesta a librar la batalla más violenta. No es un mero quedarse quieto, sino la gravitación y el descanso de todo movimiento por hallarse en su fin, en su meta, saciado. Descansa el alma creyente que mora en Dios en la empírica experiencia de que nada, absolutamente nada, NADA en el mundo puede perturbar ese vacare, ese reposo, ese estar en el lugar perfecto, en el momento exacto. Reposa el alma como una piedra que rodara desde la cumbre de un cerro hasta el profundísimo fondo de un lago. 
 
Esta quietud es idéntica al silencio (en varios idiomas incluso se dicen igual). Es diáfana, límpida, como aire de alta montaña. Es cristalina. Y tiene algo de la sinestesia, si se me permite: pues el alma se experimenta físicamente quieta y el cuerpo, espiritualmente sereno. 
Y una abrumadora certeza, sin palabras, nos avisa que nadie en el universo mundo, en ese preciso instante, está realizando algo más importante, más decisivo, más imprescindible que ese acto seco de estar, creyendo, en Él. De estar en la imperturbable “mejor parte”.
 
Pero el Mundo frenético nos empuja y acicala a movernos, a no estancarnos, a no quedarnos. Y a veces la misma Iglesia, contagiada de este mal, nos puede arengar también a la vorágine del hacer. Una Iglesia que por momentos parece “sacada”, salida de su eje, de su centro. Por haber perdido el norte de la creyente quietud demorada en Dios. 
Una Iglesia “en salida” (como se dice ahora) que antes no haya sido una Iglesia “en entrada”, adentrándose en la serena Fe que mora en Dios… corre el peligro de terminar siendo una Iglesia “sacada”, desquiciada. 
Por eso es acuciante, urgente, volver a decirnos: ¡detente! 
Y reivindicar la quietud, la santa demora. Sólo si nos demoramos en las cosas de Dios (demorarnos en un texto evangélicos, demorarnos a los pies de un Sagrario, demorarnos ante el Rostro de un ícono)… sólo si nos demoramos haremos morada en Él.Quien se demora, mora; y quien mora adquiere los hábitos de donde habita. Y recién entonces nace la moral, como expresión del demorado morar.
 
Para el mundo, demorarse es atrasarse; para nosotros es el Amor que permanece; el exquisito arte de encharcarse en la Voz del Encantador. 
 
Entusiasmados con este programa, con Felipe puede brotarnos la pregunta: pero dinos, Maestro, explícanos el Camino hacia esta quietud, hacia esta Fe, hacia este morar… Y no hay por qué atajar la pregunta. Tal vez hasta sea imprescindible hacerla. De modo que el Señor mismo pueda responderla con su Voz clara, con la Fuerza limpia de su inequívoco lenguaje, con la magia encantadora de su timbre: Soy Yo mismo. Y nos reitere luego, con demorada calma: aquiétate en Mí, cree en Mí, Permanece en Mí.
 
¿Qué es para ti la quietud?, me preguntas, Jesús, mientras clavas en mi pupila tu pupila palestina. ¿Qué es quietud? ¿Y Tú me lo preguntas? La Quietud eres Tú, Señor y Dios mío.
 
Diego de Jesús
14. V. 2017

8.05.17

Puerta y voz (del padre Diego de Jesús)

A falta de inspiración personal y tiempo para ofrecer algo propio acorde a este espacio, comparto con ustedes la meditacion dominical del padre Diego de Jesús. Como cada vez, sus palabras son de acuciante actualidad, porque se nutren de lo eterno.
 
Monasterio
HAY REINO EN LA PUERTA 
Y VERBO EN LA VOZ
 
Nuestro Señor se ha identificado con muchas realidades que, a modo de símbolos metafóricos, por analogía expresan su Realidad, su Misterio. Así ha dicho de Sí que Él es la Luz, que es la Vida, el Pan Vivo o la Roca. Imágenes intensas todas.
En el Evangelio de este domingo vuelve a hacerlo, pero lo peculiar es que se identificará con dos realidades sutiles, sin mayor lustre, menores si se quiere. 
Las imágenes en cuestión son: puerta y voz.
 
Dos realidades que en nuestro mundo tienen poco peso propio y más bien estriban su valía en algo más allá de ellas que les otorga sentido: poco importa la puerta si no por el ámbito al que ofrece acceso; como tasa la voz no por ella misma sino por la palabra que porta y profiere. 
El Señor, que ya ha avisado ser el Reino y ser el Verbo, anuncia ahora que es la Puerta al Reino y la Voz del Verbo. Pues podría no serlo.
  
Hay dos modos de generar inmediatez: eliminando el medio o bien asumiéndolo. Cristo nos es inmediato sin por eso anular la hermosura de los brocales, los marcos y soportes que lo introducen. Como si un muelle pudiera ser de agua, o una partitura sonora. 
 
Su ser puerta y su ser voz se imbrican en una sola imagen: la del umbral de una manifestación inminente que ya es epifanía en su inminencia. Pues tu Voz es la puerta de tu Palabra y tu apertura es la voz de tu Misterio. Hay puerta en tu voz y es sonora tu apertura. 
 
Ambas figuras son entrañables a la Lectio divina. No le basta a ella el vasto campo del Reino ni el enjundioso alimento del Verbo… ella quiere y requiere puerta y voz. Cada aurora el cristiano se acerca y se inclina ante este pretil y umbral hecho de pórtico y timbre, que ya son Él y a la vez introducen y deslizan en Él. 
 
La puerta imanta, la voz cautiva…  y dan reposo al buscador. Como a un viajero al que se le avisara que el Camino ya es el destino, saber, Señor mío, que en tu Voz ya estás todo Tú, aquieta y descansa; saber que en tu Costado abierto se vislumbra Todo, amaina, serena y sacia el peregrinar.
El alma inquieta se detiene en este umbral al experimentar que ha alcanzado cuanto esperaba. 
 
Nuestras biblias son voz y puerta. No son un mero boleto o pasaje de viaje; no son un pagaré, una promesa de revelación. No sólo conducen al inmenso prado del Reino y Verbo: saben ya a Ti, Señor.
 
Es que la voz ya es una con el Mensaje y la apertura engolfa y contiene ya toda su Hermosura. Hay verbo en la voz y lumbre en la grieta. Como todo el Rostro de Cristo nimba en la orla de su manto. Por eso, estos dos “Yo Soy” (soy la Puerta, soy la Voz) calman el torrente de aguas que buscan el estuario; estos “Yo Soy” las sosiegan, las aquietan en un sereno espejo: todo el mar ya está allí. “Soy Yo mismo” avisa Cristo desde el umbral de nuestro delgado papel biblia. No hay un “más allá”: hay más, pero no es allá… es aquí.
Puerta y Voz son la piel del Misterio…
 
Pórtico y Voz como figuras de Cristo nos aportan maravillas que vale la pena catar. 
La figura de la Puerta carga con una peculiar ambivalencia: expresa apertura en su sentido usual de amplitud, de anchura, como contrario a la estrechez, el encierro, la cerrazón. Pero no menos dice todo lo contrario: donde hay una puerta hay un cierre, un límite, hay demarcación, hay configuración. La puerta acota y delinea una identidad. Y la preserva y protege. Custodia el cubículum, guarda el secreto, como el odre al vino. Esa es su ambivalencia, que justamente se salva de ser ambigüedad en la medida que resguarda y cela su paradoja, sus coincidentes opuestos.
  
Y así es Cristo nuestro Dios y Señor, nuestro Pórtico: su inmensidad no es un indefinido y amorfo descampado. Es el infinito con forma; el Universal concreto. Esta puerta no astringe, no achica, no oprime; ¡al contrario!, potencia y exalta, pone en relieve la inmensidad que enmarca. Nada más oprimente, nada más asfixiante que el inmenso desierto sin contornos: ese laberinto perfecto. Como no hay trampa más grande, no hay religión más estrecha que aquella que desdibuje su identidad, derribe todos sus contornos y destruya su portal. 
El aperturismo muere por asfixia, como un enfermo hiperventilado…
 
Una casa, un hogar sin puerta achica, como estrecha la intemperie. Una casa sin puerta o de puertas abiertas (como aquella legendaria Casa de Asterión) configura la prisión más atroz. En cambio, quien cierra tras de sí la puerta, amplifica el espacio interior sin límites.  
Mientras unos astringen la figura de la puerta a su abrir y otros, por el contrario, la limitan a su cerrar (y otros más, en el mar de confusión, parten las diferencias y vindican el entornado), el cristianismo profundo ama la puerta en el exquisito y complejo entramado de su irreductible identidad. Tú, Señor eres mi Puerta; tu Carne es el Gozne que me salva, el Cardo Salutis, el divino y quieto Vórtice, el Axis Mundi.  
 
Algo semejante cabe decir de la Voz: lo dice todo, expresa totalidades, en la misma medida en que se ciñe a un timbre determinado, a un sonido y entonación precisos, a una identidad. Porque es esta Voz (y no un sonido ubicuo), puede portar al Verbo y ser Uno con el Verbo. 
 
Las ovejas siguen la voz del pastor no por lo que éste dice, sino porque es Éste el que lo dice. Hay magia en su inconfundible timbre. Su Voz planea sobre las aguas amorfas de mi nada y Se dice, y me dice y nos dice. Es la Voz del encantador de la que habla el salmista (Sal 57), por la cual hay que dejarse encantar. 
 
La Lectio divina vive de estos dos Nombres divinos. La Lectio divina no pretender atrapar ni conquistar el vasto campo del Misterio ni asir y entender al insondable Verbo eterno. La Lectio es arte de umbral, gusta de esta Puerta y de esta Voz pues acercan el horizonte sin reducirlo. Por eso la Lectio ama el Libro, ama el papel biblia: lo acaricia, lo huele, lo besa. No es amiga de conceptos ni de vastas planicies: lo suyo es palpar ese ferroso picaporte, sus inmensas y labradas bisagras, notar la cincelada madera añosa de sus jambas y dinteles expertas en contener al Incontenible; el sagrado Cuadrante en que se da Lo Abierto. La Lectio divina es el arte de dejarse llevar por el silbo suave y apacible de una Voz incomprensible que lo comprende todo; dejarse llevar por el vuelo indomable de una Voz inatrapable que envuelve y cautiva y lleva tras de Sí.
 
Oh divino Tajo, grieta en la Peña, sagrado armario, bendito portal, oh silbo de los aires amorosos, Tú podrías sólo habernos dado el Reino y el Verbo, pero te nos diste como Puerta y Voz. Y todo el Reino en la Puerta y todo el Verbo en tu Voz. A Ti la Gloria, el Poder y el Honor. Amén.

21.04.17

Jesús + Juanes, Pedros y Tomases = Iglesia.

Pesca MilagrosaYo sé que el texto de la “segunda pesca milagrosa” (Jn 21, 1-14) admite muchísimas lecturas y aplicaciones a nuestra vida personal y eclesial.

Pero hoy quiero compartirles una que me ayudó muchísimo, y que creo que puede servirles a todos los que trabajan/trabajamos en la Iglesia, y, en el fondo, en cualquier institución civil.

Juan, Pedro y Tomás.

Cuando luego de haber tirado la red a la derecha, “la red se llenó de peces", los discípulos reaccionaron de diversa manera.

Juan -el discìpulo amado- fue el “capo” que leyó primero, que entendió antes que el resto, que creyó, que supo ver detrás de la niebla matinal y los 153 bichos escamosos algo más que lo que se veía… Juan tenía el corazón atento y la mirada vigilante, y fue el que dijo, fuerte, clarito: “Es el Señor".

Pedro, hasta ese momento, estaba dando órdenes a los demás, entre la euforia de semejante pesca y el cansancio de la noche… Pedro estaba todavía tan en la superficie del asunto como la barca que conducía con diestra mano. Pedro ni por casualidad había intuido aún lo que Juan. 
Pero apenas oyó, Pedro no dudó. Con la velocidad de un rayo, con pericia de viejo lobo de mar y a la vez con audacia casi infantil, se tiró al agua, sin pensar, sin meditar. Algo le dijo que no podía demorar más tiempo lejos del Señor, y sin vacilaciones se zambulló en el agua, sin saber si estaba fría o era demasiado hondo…

¿Y los otros? Tomás y los otros escucharon y vieron a Juan y a Pedro, se alegraron, quizá gritaron de júbilo o se abrazaron… pero se dieron cuenta que alguien tenía que tomar el timón, y que agún otro debía agarrar la red -para que no perdieran semejante pesca- y que los restantes debían remar. Si ellos no hubieran hecho esto, o no hubieran regresado a la orilla, o los peces hubieran vuelto al fondo del mar, y el “desayuno pascual” no hubiera sido completo.

Jesús + Juanes, Pedros y Tomases = la Iglesia.

Me hizo mucho bien imaginármelos por un momento, y descubrir que en la vida de la Iglesia y de los grupos cada uno de nosotros tiene un lugar, una misión, un carisma, un espacio donde poner en juego su propio y peculiar modo de ser.

Algunos tienen una mirada profunda y penetrante, clarividente. Se dan cuenta antes que el resto de las cosas -por lo cual a veces no son creídos de inmediato- y lo dicen en alta voz. Son importantes porque ven más allá de la neblina, más allá de la epidermis de la realidad social o pastoral la presencia del Señor. Los hombres de acción suelen referirse a ellos casi despectivamente, diciendo algunas veces: “a este le encanta hablar, tiene lindas ideas, pero no hace nada". Pero es que muchas veces su carisma, su rol en el grupo, es aportar ideas, y decirlas con claridad. Y eso ¡es clave!

Otros tienen por virtud la audacia -parresía- de la decisión. Puede ser que no sean tan “pensantes", y que incluso no tengan como principal virtud la perseverancia en el tiempo. Pero son los que van al frente, sin detenerse en obstáculos. Una vez descubierto el objetivo, hacen de “punta de lanza” y realizan -a veces solos y criticados- lo que a otros parece imprudente o arriesgado. Inician movimientos, son como esa primera pieza del dominó eclesial, cuyo empuje arrastra y marca rumbos.

Y otros, muchos otros, tienen la maravillosa tarea de trabajar en silencio, de sostener las obras con su constancia, con su sentido común, con su fidelidad a las pequeñas cosas. Se ocupan del detalle, de la persona singular, del foco que se quemó, del cumpleaños del fulano y de llamar a mengano que dejó de venir. Apoyan con gusto y energía lo que otros han visto y comenzado, sin reclamar para ellos un particular reconocimiento. Son absolutamente imprescindibles, aunque sus nombres no suelan aparecer en los libros históricos de las instituciones.

Para que esa diversidad funcione y sea verdaderamente Iglesia, es prioritario que el punto de partida sea siempre Jesús. Escucharlo y obedecerlo. Es evidente tambien que cada uno de nosotros puede ir interpretando, en el transcurso de la vida y a través de los años, el papel de Juan, de Pedro o de los otros discípulos. Y que ninguno es sólo uno de ellos, sino que tiene más de alguno que de otro.

Lo importante es saber que todos somos importantes.

Y que los Juanes no deben enojarse con los Pedros y los Tomases, y que éstos no deben irritarse ni competir con los Juanes, y así sucesivamente. Que hay espacio para todos en la Barca de Jesús.

Y que sin el aporte de cada uno, Jesús Resucitado quedaría allí, solo, en la orilla, y que nuestros hermanos -todos y cada uno de los “peces” que tenemos que llevar junto a Él- no llegarían a conocerlo.

Esos peces que luego serán pescadores, desde la conciencia de haber sido pescados del mar del sinsentido y del pecado. Gracias, en primer lugar, a Jesús, pero también al clarividente Juan, al decidido Pedro, y a la tarea de los otros cinco.

Gracias a esa Iglesia -Cabeza y Cuerpo- que cada día el Señor me enseña a querer más y más.

15.04.17

Diario de María, Viernes santo por la noche

“…desde que tuve uso de razón, mis ojos buscaban algo, una realidad tan desconocida entonces como ciertamente real. Yo fui feliz desde siempre, y sin embargo algo faltaba en mis primeros años.

Comencé a intuir lo que llenaría mi anhelo luego de la visita del Ángel. Sin poder aún verte, te sentí cada vez más cercano, y comencé a imaginarte.

MaríaFue en una gruta, en Belén, donde al fin comprendí. Supe que mis ojos habían sido creados sólo para contemplar los tuyos. Desde entonces me sentí completa, nada más ya me hacía falta.

Mirarte y sentirme mirada por tus ojos de Niño, de Adolescente, de Joven, de Hombre adulto, me bastaba. Incluso cuando te fuiste a predicar, cuando sólo de tanto en tanto podía verte, me era suficiente unos segundos ante tu semblante para sentirme en el Cielo.

Siempre supe que tu final sería duro, que Simeón no había hablado sólo por hablar, ni de manera simbólica. Pero jamás imaginé que lo sería tanto…

No quisiste que te acompañara al Huerto, pero te seguí desde el momento en que te prendieron. Seguí tus ojos hasta el final, los busqué y encontré en las callejuelas entre el Sanedrín y el Pretorio, te miré y me miraste durante la flagelación, y sé que me viste cuando todos gritaban “crucifícalo". Nos miramos por última vez muy de cerca en el momento en que te levantabas, luego de tu primera caída. Fueron sólo unos segundos que tuvieron sabor a eternidad.

¿Cómo iba a imaginar yo que estando ya en la Cruz, en esas largas horas en que el sol se eclipsó y la oscuridad lo cubrió todo, casi como haciendo un esfuerzo supremo, evitaste que nuestros ojos se cruzaran? Me hablaste, sí, pero con los ojos cerrados. Y mirabas al Padre, y a los hombres que te crucificaban, pero no a mí. No lo llego a comprender del todo, pero es que tal vez debías atravesar esa hora, cruzar ese umbral, completamente solo. Quizá era necesario que el abandono, el despojamiento, la pobreza, fueran tan absolutos que ni a tu Padre del Cielo ni a tu Madre de la Tierra sintieses cerca. Tu último grito fue tan impactante, que no logro acallarlo en mi interior.

Cuando te bajaron de la Cruz, tuve tu Cuerpo en mis brazos, te besé, te acuné, te acaricié… pero ya no estabas allí. Tus ojos estaban cerrados; los míos ya no encuentran descanso.

Te hablo en esta noche, en este sábado, y aún sin saberlo con precisión, tengo como una minúscula certeza de que tu alma está en algún lugar. Que tu misión y tu viaje, tu descenso al mar del dolor humano aún no ha terminado, que este sábado, precisamente este sábado, es el punto culmen de todo lo que hasta hoy has hecho.

En esta noche y en este sábado, en que mis ojos no se cierran ni descansan, sólo hay un consuelo, sólo una palabra, sólo una pequeña llama que permanece encendida: el tercer día. Lo mencionaste más de una vez, y yo sólo vivo anhelando que llegue, y que amanezca, y que el resplandor de la aurora lo inunde todo. Y volver a contemplar tus ojos, ya para siempre.

Con el cariño y la adoración de siempre. Mamá.”