La Anunciación a María, narrada por Gabriel

Comparto un texto que escribí hace un tiempo, y que puede ayudarlos en este 25 de Marzo.
Es una especie de contemplación del Misterio de la Anunciación y la Encarnación, mirada desde el punto de vista del Arcángel Gabriel
 
En el sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea…”
 
 

AnunciacióNo me resulta fácil contar esto, por muchos motivos. El principal es que es muy diferente la vida del cielo que la de la tierra; nuestra relación con la historia de los hombres es un misterio para nosotros mismos.

No obstante, desde la Creación, Dios ha confiado a algunos de nosotros algunas misiones en el mundo de los hombres. De hecho, muchos estamos vinculados a ellos porque debemos custodiarlos hasta llegar al Cielo.

En mi caso, también antes de la plenitud de los tiempos tuve una misión. Eran tiempos oscuros, tiempos de crisis para el Pueblo de Israel, y yo tuve que animar su esperanza.

 

Pero seguro que a ustedes les interesa saber otra cosa: cómo fue aquella vez, en la casa de María. Sin embargo, quisiera hacer mención al motivo por el cual fui enviado: la compasión y el amor de Dios por la humanidad.

Una humanidad que gemía bajo el yugo del sufrimiento, del pecado, de la muerte. Una humanidad sumida en la tristeza y en la desesperación, porque todo anhelo, todo esfuerzo parecía condenado al fracaso más rotundo.

Y -esto que les cuento es casi una infidencia- créanme que esta situación hacía sufrir a Dios… A veces los hombres se imaginan que Dios no se inmuta, que es tan perfecto y todopoderoso que nada le afecta. Pero yo les puedo asegurar que el Padre se estremecía ante la humanidad extraviada y hundida en la desesperanza.

 

Hasta que en un momento -al menos así lo vivimos nosotros- el Hijo, que es un eterno reflejo, perfectísimo, del Padre, decidió unirse a los hombres. Esto lo digo así, porque así nos fue dicho, pero no lo comprendo, y sé que jamás lograré comprenderlo. Porque esto estaba ya en los planes del Padre desde antes de la Creación, y sin embargo, se realizó de un modo concreto, en la historia marcada por el pecado de Adán… Sin dejar el seno del Padre, el Hijo se disponía a hacerse un hombre… Increíble, pero real, posible por el infinito Amor, que es el Espíritu Santo.

 

La decisión estaba tomada. Para rescatar al hombre perdido, para buscar a la oveja que se había extraviado, y que yacía herida, en el profundo foso de la muerte, el Hijo se ofrecía: “He aquí que vengo, Padre, para hacer en la tierra tu voluntad…”. Un misterio de Obediencia perfecta, que vendría a reparar la inaudita desobediencia de Adán. Pero más inaudito era aún el camino por el cual Él tomaría la naturaleza humana.

 

Y ahí es donde fui llamado. Una gran misión se me confió. Porque Dios siempre hace las cosas de un modo desconcertante, que nosotros nos acabamos de comprender.

Me presenté, y se me dijo: “tienes que ir a Jerusalén, a anunciar a Zacarías que le nacerá un hijo…” Esta historia ya la conocen, y la incredulidad de Zacarías, y la promesa que se cumplió.

 

Pero el Padre prosiguió: “en el sexto mes debes ir a Nazaret… allí vive una joven virgen, ella será la Madre de mi hijo… debes anunciarle, y recibir, en mi nombre, su consentimiento… será el Espíritu Santo…”

 

Imagínense: ¡Nazaret! Existían cientos de miles de lugares mejores donde el Padre podía realizar su plan, pero, ¡Nazaret!

Y una joven, una joven virgen… el Espíritu Santo.

Pero lo más impresionante fue que el Padre, el Todopoderoso, quería recibir el consentimiento de esta jovencita…

 

Cumplí mi misión en Jerusalén, y, en el sexto mes, obedeciendo el mandato del Padre, realicé la mayor de las misiones. Aquí me quiero detener en los detalles del momento, un momento único, irrepetible

 

Galilea es una región hermosa. A diferencia de Judea, más árida, tiene suaves colinas que, en determinadas épocas del año, se cubren de verde hierba.

Nazaret era apenas una aldea: gente sencilla, algunos creyentes, otros poco piadosos, algunos trabajadores, otros no tanto… muchos pacíficos, pero también algunos rebeldes, casi revolucionarios.

 

La casita era una de tantas, sin nada que la distinguiera. Una casita pobre, de gente trabajadora a la que nunca le había sobrado nada. Paredes austeras, muebles austeros, todo muy ordinario.

 

Pero lo más importante era ella… creánme que se me hace difícil describirla: ¿cómo podría yo?. Sería necesario ser poeta, y yo soy sólo Ángel. Estaba como tantas veces, ocupada en sus labores de niña casi joven. Su rostro expresa tanta discreción como majestad. Sus manos laboriosas trabajaban con precisión y delicadeza.

Mi saludo la sorprendió. Ella siempre se había imaginado ser la última, la más pequeña: se sentía cómoda sintiéndose así. No era amiga de ideas extravagantes, y nunca había pedido a Dios ninguna señal… Todo lo que sucedería era inesperado para María, y, sin embargo, hubo inmediatamente entre nosotros una sintonía singular.

 

Al percibir mi presencia, se puso en cuclillas, profundamente inclinada, con la cabeza baja, de tal manera que al principio no pude ver sus ojos. Por un momento un gesto de preocupación cruzó su frente, desvaneciéndose casi al instante.

“¿Llena de Gracia…, yo?… ¿qué quiere decir?” pensaba en su interior. Su corazón estaba inundado de la Palabra de la promesa, escuchada y meditada desde su infancia. Cada palabra mía activaba en su interior, decenas de imágenes, antiguos oráculos, oraciones del pueblo que ella había aprendido en su casa y en la Sinagoga.

 

Proseguí con lo que el Padre me había enviado: “No temas, María… Dios te ha favorecido… Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús… él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin”.

 

Tuve la inmediata sensación de que ella entendía todo. Poco a poco, fue levantanto la cabeza, con una enorme dignidad, pero sin perder la humildad. En verdad ella no temía, no temía a nada, desde el momento en que supo que yo venía de parte de Dios.

Cuando mencioné el hijo, vi como un destello en sus ojos, al igual que al pronunciar su nombre. Ella conocía cada una de las profecías: sabía muy bien que yo le anunciaba que sería la Madre del Mesías. La idea a la vez le parecía imposible y enormemente lógica. Su alma se iba inundando de luz. Se sabía agraciada de una manera singular, y a la vez, cada vez más pequeña ante el misterio que se le anunciaba.

 

En ese momento, vi en su mirada como un momento de vacilación. Ella era tan transparente, que podía casi leer sus pensamientos. Después de un instante de silencio, preguntó:

“¿Cómo puede ser eso… yo no tengo relaciones con ningún hombre?” Parecía extraña esta referencia, y sin embargo era lógica. Pude comprender en ese momento que María, movida por el Señor, había sentido desde pequeña un gran deseo de ser toda de Dios… de permanecer virgen. Ella había hablado de esto con el varón justo a quien sus padres la habían unido, y él la había comprendido, y apoyado. ¿Cómo sucedería entonces ahora? ¿Debía abandonar aquel propósito que había sido como el hilo conductor de su vida? Ella estaba dispuesta a todo, sólo quería comprender mejor…

Ese destello de preocupación desapareció del todo cuando comencé a explicarle: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti… el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. El niño será Santo y será llamado Hijo de Dios.”

Lo que tuve que decirle era a la vez de una trascendencia infinita y de una sencillez divina. María escuchaba, y con cada nueva Palabra, su rostro se volvía más luminoso. “Hijo de Dios”. Esa Palabra la conmovió, los ojos se le llenaron de lágrimas, pero siguió tan atenta: todo su ser estaba allí, pendiente de mi anuncio.

El Padre me había autorizado a revelarle el milagro ocurrido en su prima: “también tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes…”

Y concluí mi misión, ser portador de esta buena noticia, diciendo “porque no hay nada imposible para Dios”.

 

Ese momento fue impresionante. Tuve la sensación de que no estábamos solos en esa humilde casita. Me pareció que, de alguna manera, estaban allí Adán, Abel, Abraham… Moisés, Sansón, David… Jeremías, Isaías… Esdras, Judit, Judas Macabeo… y tantos otros… y hasta me animo a pensar que Miguel, Rafael, y todos los coros angélicos, miríadas y miríadas de espíritus celestiales, estaban ahí, con nosotros, pendientes de nosotros, o, mejor dicho, de ella.

 

Todos expectantes, todos pendientes de esta humilde joven, casi niña. La historia del mundo, la salvación del género humano tal como el Padre la había pensado, pendían en ese instante del sí de esta niña. El eterno Pastor, deseoso de salvar a la humanidad descarriada, esperó, paciente, la respuesta de su creatura, la única libre del pecado que Él debía cargar sobre sí.

 

Fueron sólo unos segundos, pero ese instante pareció largo, muy largo. ¿Qué ocurría en su interior? Esto ya no lo puedo saber. Sólo imagino como un combate interior entre la humildad y la disponibilidad. ¿Cómo ella, ella, podría ser madre del Rey? ¿Qué podía significar ser madre del Hijo de Dios? ¿Era digna? ¿Sería capaz? Sólo ansiaba ocultarse, vivir sólo para Dios, pero nunca había imaginado que ese anhelo que abarcaba toda su vida se realizaría de esta manera. Era consciente de que Dios tenía un proyecto , pero que no la forzaba, que tenía que decidir libremente.

“Vivir sólo para Dios”. Tal vez ese fue el pensamiento decisivo para que diera su consentimiento. ¿Reina ella? No podía ser reina. Siempre se había imaginado sirviendo, siempre absoluta disponibilidad. Por eso la expresión de su Sí fue como les cuento. En ese momento, en que casi ni me atrevía a mirarla, pude percibir una sonrisa, tenue, pero luminosa. Una sonrisa que condensaba siglos de espera y el gozo de la nueva libertad que se prometía y realizaba. Una sonrisa llena de radiante belleza, y a la vez solemne, majestuosa, como su consentimiento:

 

“Yo soy la esclava del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho”.

 

Ese instante ya no puede ser descrito. No nos alcanzará la eternidad para escrutarlo.

 

Sólo puedo decir que, en el mismo momento de su respuesta, una fuerza irresistible me hizo postrarme, ante Ella y ante Él, que vivía en Ella.

 

Supe que el Evangelista Lucas, dichoso confidente de María, escribió: “y el Ángel se alejó”. Claro, los ángeles no viven en la tierra, sino en el Cielo.

Pero ¡qué dificil, desde ahora, distinguirlos! Porque el Señor del Cielo vivía en la tierra. Las fronteras, de repente, se desdibujaban. Mucho más imperceptibles aún en la casa y en el corazón de María.

2 comentarios

  
chico
Constato, con pena, que en la Fiesta de la Encarnación o Anunciación la Virgen María no tiene importancia para muchos Sacerdotes en sus Homilías. Y esto es muy malo, pastoralmente hablando. Porque donde falta la Virgen...... no hay eficacia pastoral.
25/03/17 3:44 PM
  
María de las Nieves
Un texto bellísimo, gran alegría en el cielo y en un primer momento desconcierto en la Tierra y pasar de inmediato al fiat de la humilde joven de Nazaret .Gracias ,aquí nace la Iglesia del Verbo eterno y llega hasta nosotros desde Pentecostés con los Apóstoles. SIn María no hay Iglesia, asi que digamos fiat a Nuestra Madre María Virgen. El si de María primero diciendo en su mente que lo acepta e inmediatamente descenso del Espiritu Santo y la encarnación del Mesias Jesús
25/03/17 7:00 PM

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