25.07.13

En septiembre, el Cura Brochero sube a los altares

“EL CURA DE ARS DE ARGENTINA” (Juan Pablo II)

Entre los personajes que dejaron huella en la Iglesia latinoamericana del siglo XX, tiene un puesto especial por mérito propio el famoso “Cura Brochero” argentino, cuya causa de canonización llegará este próximo 14 de septiembre a la Beatificación.

José Gabriel del Rosario Brochero nació el 16 de marzo de 1840 en Villa de Santa Rosa, en las márgenes del río Primero, al norte de la provincia de Córdoba (Argentina). Sus padres fueron doña Petrona Dávila y don Ignacio Brochero y él era el cuarto de diez hermanos, que vivían de las tareas rurales de su padre, se trataba de una familia de profunda vida cristiana y dos de sus hermanas fueron religiosas. Fue bautizado al día siguiente de nacer en la parroquia de Santa Rosa y bromeando sobre el día de su bautismo decía que “de nacimiento era bien conformado y lindo de rostro pero como nací en un día de lluvia cerca de Santa Rosa en un lugar llamado Carreta Quemada, al llevarme al otro día a bautizar sobre una yegua negra, por el mucho barro la yegua resbalaba y en uno de esos tropiezos en que casi rodamos fue tal mi sobresalto que del susto y terror se me contrajo la cara y me quedo así de ahí en adelante”.

A los 16 años, el 5 de marzo de 1856, José Gabriel ingresó en el seminario “Nuestra Señora de Loreto” en la ciudad de Córdoba. Por aquel tiempo los seminaristas estudiaban en el Seminario latín y otras disciplinas eclesiásticas, pero las demás asignaturas debían cursarlas en las aulas de la Universidad de Trejo y Sanabria. Es en esa casa de estudios donde tendrá por camaradas y conquistará su indeclinable amistad a personas luego destacadas como el doctor Ramón Cárcano, gobernador de Córdoba y primer biógrafo del famoso sacerdote.

Durante sus años de seminarista en Córdoba, José Gabriel conoció la Casa de Ejercicios que dirigían los Padres de la compañía de Jesús. Experimentó personalmente la eficacia de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio y colaboró eficazmente con los sacerdotes que los dirigen. Así muy pronto, con la autorización de sus superiores y muy de su agrado fue “doctrinero” y “lector” durante los Ejercicios, es decir, el brazo derecho del sacerdote responsable de los mismos, labor que realizó, según lo que dijeron los que le conocieron entonces, con habilidad y dedicación.

El 4 de noviembre de 1866 el obispo de Córdoba le confirió el presbiterado, tras lo cual los tres primeros años de su sacerdocio los transcurrió en la ciudad de Córdoba, desempeñándose como coadjutor de la iglesia catedral. A fines de 1867 despuntaba en Córdoba el primer brote del cólera que segó más de 4.000 vidas en poco tiempo, fueron días de terrible aflicción, de pánico y mortandad nunca vistos en la capital y en toda la provincia. Esta dura ocasión puso a prueba el celo del joven sacerdote que se prodigó enteramente, jugándose sin miramientos la salud y la vida en favor de sus prójimos. Un testigo de aquellos momentos lo explicó después: “Brochero abandonó el hogar donde apenas había entrado para dedicarse al servicio de la humanidad doliente y en la población y en la campaña se le veía correr de enfermo en enfermo, ofreciendo al moribundo el religioso consuelo, recogiendo su última palabra y cubriendo la miseria de los deudos. Este ha sido uno de los períodos más ejemplares, más peligrosos, más fatigantes y heroicos de su vida”.

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5.07.13

Monseñor Álvaro del Portillo llega a los altares

SACERDOTE QUE SUPO QUERER Y SE HIZO QUERER

Con ocasión de la aprobación del milagro que conducirá al sucesor de San Josemaría a los altares, volvemos a publicar un artículo publicado en este blog hace unos años, homenaje modesto a este gran sacerdote madrileño

Tuve ocasión de saludar a Don Álvaro del Portillo cuando yo era joven sacerdote estudiante en Roma. La cosa ocurrió así: Un jueves santo, como el Papa celebra en la Basílica de San Juan de Letrán, estábamos otro sacerdote y yo en el atrio del templo esperando la hora de la Misa y haciéndonos los remolones por si podíamos saludar al Santo Padre. En esto llegó Don Álvaro acompañado por el que hoy es Prelado del Opus Dei, Don Javier Echevarría. Al ser nosotros españoles nos saludó Don Álvaro y que quedó hablando un rato. Me llamó la atención su bondad, que se notaba en todo: Cómo se interesaba por nuestros estudios, nuestra diócesis, incluso por nuestra familia. En un momento determinado el movimiento de los guardias hizo entender que llegaba el Papa y Don Javier dijo a Don Álvaro: “Deberíamos ir a sentarnos a nuestros sitios”, por lo que ambos saludaron cariñosamente y se fueron. Nosotros dos seguimos haciéndonos los remolones y conseguimos saludar al Papa cuando éste llegó a la Basílica.

Años después, trabajando ya en la Congregación de las Causas de los Santos, me pude dar cuenta que todos recordaban con mucho afecto a Don Álvaro, ya fallecido hacía años, y que había sido consultor de dicho dicasterio. Uno que hoy es personaje importante de la Congregación, religioso Franciscano, me contó que él tuvo como guía espiritual a Don Álvaro durante años, desde que ambos eran consultores, y que al principio, siempre que Don Álvaro venía al Dicasterio le traía al religioso unas intenciones de Misa para que las aplicase y con los estipendios pudiese comprarse libros para sus investigaciones de historia de la Iglesia. Me llamó mucho la atención que, en un ambiente como el del Vaticano, todos me hablaron de Don Álvaro como de un santo.


En este apartado de “Sacerdotes que han dejado huella” he querido incluir a Don Álvaro pues de verdad dejó huella entre los que le conocieron y, además, en toda la Iglesia a través de su servicio abnegado a ella en el Concilio Vaticano II y como Consultor de diversos dicasterios Vaticanos. Su servicio abnegado al Opus Dei, del que fue primer Obispo Prelado, fue otro modo maravilloso de dejar huella en la Iglesia. Los datos biográficos los he tomado de aquí y de allá, están todos en la Web, aunque sin duda hay que recomendar la biografía de Salvador Bernal, que también fue el primer biógrafo de Escrivá de Balaguer, si no me equivoco. El cariño con el que escribo el artículo sale del corazón.

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28.06.13

Pablo VI, hace 50 años (y II)

EL CAMINO HACIA EL PONTIFICADO

RODOLFO VARGAS RUBIO

Eugenio Pacelli, había recibido el rojo capelo y el título de los Santos Juan y Pablo en el monte Celio, de manos de Pío XI en la capilla Sixtina, el 19 de diciembre de 1929. Se sabía ya que el Papa lo había llamado a Roma para hacerlo su nuevo secretario de Estado, aunque el anuncio aún no se había hecho público. Fue en el curso de un banquete ofrecido por la Academia de Nobles Eclesiásticos en honor del nuevo purpurado cuando Montini tuvo su primer contacto con el hombre que tanta importancia iba a tener en su vida y carrera eclesiástica. En una carta a sus padres, fechada el 27 de enero de 1930, escribe: “Es una persona que suscita verdadera admiración”. El joven monseñor seguramente vio en Pacelli rasgos comunes con él, que le hacían presagiar que podía seguir sus pasos.

La llegada de Pacelli a la Secretaría de Estado había sido precedida por un ascenso de Montini en el escalafón, convirtiéndose en primer minutante, puesto hasta entonces ocupado por monseñor Domenico Tardini, promovido a sub-secretario de los Asuntos Ecclesiásticos Extraordinarios, mientras monseñor Pizzardo había pasado a ser el secretario. Al mismo tiempo, monseñor Alfredo Ottaviani había sido nombrado substituto de la Secretaría de Estado. El cardenal impuso su propio estilo y ritmo de trabajo (los cuales continuó observando siendo papa): era ordenado meticuloso hasta en los detalles y se mostraba tan exigente con sus subordinados como lo era con él mismo, aunque siempre usó con ellos de una exquisita cortesía, sin jamás levantar la voz. Para los que temblaban ante el formidable Pío XI (de quien Montini llegaría a decir que le inspiraba las palabras “Rex tremendae maiestatis” del Dies irae), Pacelli era auténtico alivio.

El trabajo de Montini en la Curia se multiplicó y lo mismo sus actividades en la FUCI. Frecuentemente se ausentaba de Roma para visitar las secciones locales de la organización. Estos viajes y los que realizaba a su tierra natal y al extranjero le compensaban de la rutina de sus responsabilidades en la Secretaría de Estado. Asimismo, su apostolado con los jóvenes universitarios constituía para él un continuo reto. Su visión de la formación que debían recibir era la de un continuo diálogo entre la fe y la cultura. Sólo mentes ilustradas, cultivadas y abiertas eran verdaderamente capaces de hacer progresar la religión en un mundo cada vez más ajeno a ella. Creía en el “gran potencial de conquista” de la actividad cultural y huía de los esquemas tradicionales de formación católica de los estudiantes, piadosos sí, pero poco anclados en la realidad, una realidad que planteaba nuevos retos que sólo una sólida preparación podía asumir.

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21.06.13

Hace 50 años era elegido el Venerable Pablo VI (I)

DE LA SEDE AMBROSIANA A LA SEDE DE PEDRO

RODOLFO VARGAS RUBIO

Cercana ya su beatificación, recordamos la elección de uno de los grandes y santos Sumos Pontífices del siglo XX

Alrededor del mediodía del viernes 21 de junio de 1963, hace exactamente cincuenta años, el cardenal Alfredo Ottaviani, secretario de la Sagrada Congregación del Santo Oficio, en su condición de protodiácono de la Santa Iglesia Romana, se asomaba al balcón central de la Basílica de San Pedro y anunciaba a la Ciudad y al mundo la elección del cardenal Giovanni Battista Montini, arzobispo metropolitano de Milán, como nuevo Romano Pontífice, sucediendo al llorado Juan XXIII, fallecido el 3 de junio precedente luego de una larga y trabajosa agonía (que fue seguida minuto a minuto en todo el mundo). En realidad, este resultado del cónclave iniciado dos días antes no sorprendió a nadie, pues el nombre de Montini había circulado entre los de los cardenales papables con mayor posibilidad de ser elegidos.

Sin embargo, sí sorprendió el que decidiese llamarse Pablo VI. El último papa Pablo antes de él –Camillo Borghese– había reinado trescientos cincuenta años antes, marcando su pontificado el inicio del brillante período del Barroco, que rodeó de esplendor a la Roma de la Contrarreforma. Aunque se sabe que Montini era un gran admirador de San Pablo, el Apóstol de los Gentiles, y, por lo tanto, lo más probable era que hubiese tomado su nombre como homenaje a él, no deja de ser sugestivo el antecedente de Pablo V, que había sido un fiel intérprete del Concilio de Trento, cuyas reformas continuó aplicando con firmeza y perseverancia, lo que hace pensar que el mismo rol tocaría desempeñar al neo-electo Pablo VI, que iniciaba su pontificado con el Concilio Vaticano II pendiente de continuación. Lo cierto es que tenía claro que otro papa Juan era irrepetible y que llamarse Pío podía hacer pensar en un retorno a la época pacelliana.

Pablo VI salió a continuación a la logia para darse el primer baño de multitudes y dio la bendición Urbi et orbi sin hacerla preceder de un discurso, como dictaba la tradición. La alocución tendría lugar al día siguiente. Más tarde en ese 21 de junio, cenaría con los cardenales electores, aunque no ocupando el puesto preeminente propio de su recién estrenada dignidad, sino tomando el lugar habitual que había ocupado en el refectorio instalado en la Sala de los Pontífices de los apartamentos Borgia durante el cónclave: entre los cardenales Paul-Émile Léger y Paolo Giobbe. El dato anecdótico de esta comida fraternal lo proporcionó el cardenal Richard Cushing, arzobispo de Boston, quien, en su entusiasmo por la elección de Montini, se levantó de la mesa dando tumbos bajo el efecto de las muchas libaciones en honor del nuevo papa.

¿Cómo llegó Giovanni Battista Montini al papado? Según testimonio de su amigo y confidente Jean Guitton, ya desde su adolescencia y juventud había presentido el futuro Pablo VI que llegaría a ocupar el sacro solio. Su preparación y su carrera podían hacer presagiar, desde luego, ese resultado. Perteneciente a una familia de la alta burguesía lombarda, nació en Concesio (Brescia), el 26 de septiembre de 1897, segundo de los tres hijos del abogado Giorgio Montini, director del periódico Il Cittadino di Brescia, y de Giuditta Alghisi, miembro de la nobleza. Su niñez quedó marcada por los últimos años del pontificado de León XIII, papa que animaba a los católicos a defender sus principios a través de la acción social inspirada en la encíclica Rerum novarum de 1891. Precisamente, el padre de Giovanni Battista era también representante en su provincia del Movimento Cattolico, una suerte de antecedente de la actual Cáritas, para la ayuda a los necesitados.

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12.06.13

Aquella gran aventura, "la ciudad de los muchachos"

HACE 100 AÑOS LLEGÓ A OMAHA (NEBRASKA) UN JOVEN SACERDOTE IRLANDÉS QUE HARÍA HISTORIA

El popular fundador de la “Ciudad de los muchachos”- iniciativa a favor de los niños pobres que en 1938 una película de Hollywood con el mismo nombre inmortalizó e hizo famosa en el mundo entero-, el P. Edward J. Flanagan, nació en Leabeg, condado de Roscommon (Irlanda), el 13 de julio de 1886. Nació de un parto prematuro y se temió por su vida, pero sobrevivió, aunque su salud nunca fue buena. Octavo hijo de una familia de 11, de padres granjeros, John y Nora Flanagan, acostumbrados al trabajo duro y devotos católicos, años más tarde, él escribirá sobre su familia: “Mi padre me contaba muchas historias que me interesaban como niño, historias de aventuras o sobre las luchas del pueblo irlandés por su independencia. De él aprendí la gran ciencia de la vida, con los ejemplos de las vidas de los santos, escritores y patriotas. Es en este momento de mi vida cuando aprendí la regla fundamental del gran san Benito: Ora et labora”. Todos los días rezaban el rosario en familia, como era habitual en las familias irlandesas católicas.

De condición frágil, en cuanto creció un poco su padre le encargó del cuidado del ganado de la granja, acompañándolo por los prados circundantes, lo que le dio tiempo para pensar, leer y meditar. Sobre ello, escribía en 1942: “Ese parecía ser el trabajo más adecuado para mí, que era el más delicado de la familia y no valía para otra cosa, probablemente con menos cabeza que los otros miembros de la familia”. En realidad no era cierto, pues tenía una gran capacidad para los estudios, fue a la escuela pública de Drimatemple, cerca de su casa y después, a los 15 años, al Summerhill College, en Sligo, en donde se graduó con honores en 1904.

Ese mismo año emigró a EE. UU. con su hermana Nellie, estableciéndose en Omaha, Nebraska, donde su hermano Patrick era sacerdote. Estas emigraciones forzadas por la pobreza del campo, que fueron parte de la idiosincrasia irlandesa en el siglo XIX y primera mitad del XX -de su cultura, su música y su literatura-, como veremos al hablar del P. Patrick Peyton, afectaron a la mayor parte de las familias irlandesas. Como contraposición, sirvieron para llevar la fe católica a países lejanos que hoy deben su fuerte presencia de Iglesia a aquellos inmigrantes irlandeses.

En Norteamérica decidió el joven Edward comenzar los estudios eclesiásticos, en primer lugar en St. Mary’s University en Emmitsburg, Maryland, después en St. Joseph’s Seminary en Dunwoodie, New York, en ambos lugares demostró una vez más su valía intelectual, si bien la salud no era buena y en St. Joseph’s contrajo una neumonía doble que le obligó a interrumpir un tiempo los estudios e ir a vivir con su hermana Nellie y su hermano Patrick. Posteriormente fue enviado a estudiar en Europa, primero en la Universidad Gregoriana de Roma -donde también tuvo problemas de salud por el invierno romano, por lo que volvió a EE. UU. y estuvo trabajando una temporada como contable en una empresa de carnes- y luego en la Lopold-Frantzen Universität, de Innsbruck (Austria), donde la altura de la ciudad le vino muy bien para la salud. Al concluir sus estudios en este último centro, en 1912, fue ordenado sacerdote con un grupo de jesuitas en la iglesia de San Ignacio de aquella ciudad.

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30.05.13

Cursillos de Cristiandad: Los 100 años del nacimiento del Fundador

SEBASTIÁN GAYÁ, ESE GRAN DESCONOCIDO

JOSÉ RAMÓN GODINO ALARCÓN

Aunque en algunos lugares donde florecen los Cursillos de Cristiandad su figura no sea especialmente conocida entre los mismos cursillistas -pues otros le han quitado el protagonismo- el Estatuto del Organismo Mundial de Cursillos de Cristiandad aprobado por la Santa Sede (Pontificio Consejo para los Laicos, 30 de mayo de 2004), cita, dentro del grupo de los Iniciadores del Movimiento, su nombre, junto a los del laico Eduardo Bonnín Aguiló y el Obispo Monseñor Juan Hervás Benet (Introducción, número 3). Y, sin embargo, el gran inspirador de este importante movimiento internacional fue él.

La vida de don Sebastián está ligada a Mallorca. Nació en la localidad de Felanitx el 30 de julio de 1913 y fue bautizado al día siguiente. En su infancia su familia partió a Argentina en busca de una vida mejor, pero a los 13 años Sebastián volvió a Mallorca para ingresar en el seminario de Palma de Mallorca. El mismo explicará años después: “En Buenos Aires me sentía con vocación, pero mis padres no podían pagarme los estudios. El cardenal argentino quiso pagarme una beca, pero al ver que ello me obligaba a permanecer durante toda la vida en Argentina, opté por venirme a Mallorca, en donde tenía un tío, hermano de mi padre, que era sacerdote. Para mí era romper completamente toda la baraja. Pero el espíritu pudo más y regresé a la isla.”

Sus estudios en el seminario se prolongaron entre 1926 y 1937. Hombre vivaz despierto, sus calificaciones siempre estarían rondando el sobresaliente y probó sus capacidades ganando en varias ocasiones certámenes literarios dentro y fuera del Seminario. A los 15 años era becario por oposición del Pontificio Colegio Mayor de Nuestra Señora de la Sapiencia y con tan sólo 21 años llegó a ser elegido rector del mismo por unanimidad. Dicha institución había sido fundada por un descendiente de Ramón Llull, canónigo de la Catedral, para alojamiento de estudiantes que querían ser sacerdotes.

El 22 de mayo de 1937, en medio de la Guerra Civil, Sebastián fue ordenado sacerdote en Palma de Mallorca. La isla en ese momento se encontraba en relativa calma y don Sebastián tuvo como primer destino el de capellán de la Capitanía General. Durante el resto de la contienda, aparte de prestar servicios de confianza, desarrolló la Acción Católica en el entorno castrense. Creó seis centros y elaboró el reglamento con el que en el futuro se regirían los grupos creados en el resto de España. Acabada la guerra fue destinado en el mismo 1939 como profesor en el Seminario. En él permaneció como catedrático hasta 1956, impartiendo numerosas materias: Lengua castellana, Lengua mallorquina, Latín, Historia de la Filosofía, Oratoria, son algunas de las disciplinas que enseñó.

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20.05.13

A los diez años del fallecimiento del "Padre Tocino"

El P. VAN STRAATEN Y LA CARIDAD A GRAN ESCALA

Werenfried van Straaten, el conocido como “Padre Tocino” representa el arrojo de la Iglesia en el s. XX para socorrer a los más necesitados portando ante todo el mensaje evangélico. Nació en Mijdrecht, Países Bajos, el 17 de enero de 1913. Sus padres eran maestros y el joven Flip, aunque inclinado y dotado para la pintura, decidió estudiar magisterio cumpliendo el deseo de su padre. En 1932 comienza sus estudios en literatura clásica en la Universidad de Utrecht. Sin embargo su corazón apuntaba a otro lugar y poco a poco empezó a discernir su vocación. En 1934 entró en la abadía de Tongerlo, cerca de Amberes, en Bélgica. En la abadía norbertina tomará el nombre de Werenfried.

La estancia en la abadía no comenzó con buen pie. Al poco tiempo de ser monje van Straaten contrajo la tuberculosis, por lo que quedó alejado de la labor pastoral y profundamente debilitado. Una vez recuperado de la enfermedad se incorporará al puesto de secretario del abad al no poder atender las demandas diarias del servicio pastoral. No podía predicar, no podía hacer misiones y no podía hacer frente a muchas de las obligaciones de la vida monástica. Pero quería seguir entregado. Por esa razón sus superiores decidieron no expulsarlo de la orden, decisión frecuente en este tipo de casos, asegurando su permanencia en el monasterio como secretario y encargado de la edición de la revista del monasterio.

Vivirá la Segunda Guerra Mundial junto con su comunidad, sin destacar particularmente, pero su vida dio un vuelco en 1947. Consciente de las penurias de los refugiados alemanes que habían huido de la zona oriental y que malvivían en búnkeres y antiguos cuarteles decidió salir en su ayuda. Cuando llegó la Navidad, profundamente conmovido, publicó un artículo en la revista de Tongerlo titulado ¿La paz en la tierra? No hay lugar en la posada. Con 34 años se decidió a ayudar a los 14 millones de alemanes refugiados, de los que la mitad eran católicos.

La situación era complicada. Para los belgas era enormemente doloroso atender al pueblo que les había invadido seis años antes y que había llevado su país a la ruina. La iniciativa de van Straaten encontró una gran oposición pero su celo apostólico y su insistencia acabaron por convencer a muchos belgas para que ayudaran a los refugiados alemanes. La clave no era ayudar a los antiguos invasores. Para van Straaten lo importante no era la nacionalidad, sino que detrás de aquellas personas estaba Cristo. Con el propósito de ayudarles creó una asociación que coordinara sus esfuerzos, la Ayuda a la Iglesia Necesitada.

El comienzo de la asociación fue sencillo. El P. Werenfried se acercaba a las granjas de los campesinos flamencos pidiendo tocino, materia barata, pero energética que se convertiría en la base de la alimentación de los refugiados. El método era el acertado. Difícilmente los agricultores podían dar dinero para los alemanes, pero no les costaba nada desprenderse de una parte del tocino de sus cerdos. La campaña fue todo un éxito; se recogieron toneladas de tocino y el P. Werenfried consiguió el apodo que le acompañará toda su vida, el de “Padre Tocino”.

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9.05.13

Probablemente el mayor teólogo del siglo XX

HENRI DE LUBAC, “BUSCADOR INCANSABLE, MAESTRO ESPIRITUAL Y JESUITA FIEL” (JUAN PABLO II)

JOSÉ RAMÓN GODINO ALARCÓN

En relación con el artículo anterior, si queremos hablar de un teólogo que influyó sobremanera en el s. XX y más directamente en el Concilio Vaticano II el elegido sería, a pesar de los muchos candidatos, otro hijo insigne de San Ignacio de Loyola, el Cardenal Henri de Lubac.

Nació en Cambrai, Francia, el 20 de febrero de 1896. Hijo de un banquero que pertenecía a la antigua nobleza del centro-sur de Francia, su infancia transcurrió como la de cualquier chico de clase alta, recibiendo una esmerada educación y viviendo como aristócrata en la forma y la apariencia. Pero el joven Henri no siguió los pasos familiares y abrazó la vida religiosa. El 9 de octubre de 1913 entró en Lyon en la Compañía de Jesús, una institución religiosa con poca popularidad en Francia, aunque en la vanguardia educativa.

La situación europea se fue complicando poco a poco desde la entrada de De Lubac en la Compañía. Por esta razón la escuela de la Compañía se trasladó a Inglaterra, intentando con ello que los estudiantes no tuvieran que servir en la guerra que se avecinaba. Pero De Lubac fue llamado a filas en 1914, con tan solo dieciocho años. La experiencia de la guerra resultó muy dura. Combatía en el ejército francés hasta ser herido en la cabeza en la Batalla de Verdún (1916) Sus heridas eran de consideración, por lo que abandonó el ejército y pudo volver con los jesuitas.

A partir de ese momento comenzó la formación filosófica en Inglaterra, primero en Canterbury y, desde 1920, en Jersey. Estos años propiciaron que De Lubac conociera el ambiente intelectual inglés, muy distinto del que se vivía en el continente y en ese momento a la vanguardia mundial. Brevemente continuó sus estudios en Calais en 1924, pero de nuevo tuvo que volver a Inglaterra para cursar estudios de Teología en Hastings. Por fin, en 1926 la Compañía de Jesús pudo volver a su sede habitual, la Fouerviére de Lyon. Allí fue ordenado sacerdote el 22 de agosto de 1927 e impartió su primera conferencia en 1929, tras haber terminado sus estudios teológicos.

El P. Henri había destacado positivamente en sus estudios teológicos, por lo que al terminar su formación teológica se convirtió en profesor de Teología fundamental en la Universidad Católica de Lyon. En ella se mantuvo durante más de 30 años, desde 1929 hasta 1961, con tan sólo dos interrupciones: la de la Segunda Guerra Mundial y el tiempo que, como veremos, estuvo alejado de la docencia por obediencia a la Santa Sede.

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29.04.13

Probablemente el teólogo más controvertido del siglo XX

“TEÓLOGO EN EQUILIBRIO” LO DEFINIÓ JOSEPH RATZINGER

JOSÉ RAMÓN GODINO ALARCÓN

Si se puede decir -así lo cree el abajo firmante- que probablemente el jesuita Hernri De Lubac fue el teólogo más importante del s. XX, de otro hermano suyo de la Compañía, Karl Rahner, se puede decir que también probablemente fue el teólogo más controvertido de este siglo. Fue el mayor exponente de la Teología kerigmática y muchas de las proposiciones teológicas que planteará a lo largo de su vida supondrán puntos de vista tan discutidos como para motivar documentos magisteriales.

Nació en Friburgo el 5 de marzo de 1904, en el seno de una familia católica tradicional, que desde el principio cuidó de que su hijo participara de las asociaciones católicas del momento. En su juventud pertenecía al Movimiento Juvenil Católico, una de las principales asociaciones juveniles católicas, famosa por su novedosa forma de educar a la juventud y en la que estaba profundamente implicado Romano Guardini.

En 1922 Rahner entró en la Compañía de Jesús en la ciudad alemana de Tisis siguiendo el ejemplo de su hermano Hugo. Desde 1924 realizó sus estudios en Filosofía y Teología en los colegios jesuitas de Feldkirch, Pullach y Valkenburg. Aprovechó el largo tiempo de noviciado jesuita -doce años- para profundizar en los estudios y formar una opinión sobre el método teológico, por lo que después de ser ordenado sacerdote en 1932 partió a Friburgo para obtener el doctorado en filosofía.

Sus superiores habían descubierto en él un estudiante brillante, con ideas propias y que podía destacar en la docencia. Permaneció en Friburgo hasta 1936, después de defender una tesis dirigida por Martin Honecker, revisada en 1939 con el título Espíritu en el mundo. La estancia en Friburgo abrió nuevos puntos de vista en el joven Rahner. Durante su estancia en la universidad acudió a los seminarios de Heidegger, que fueron de gran importancia para él, tanto que llegó a decir que tuvo muchos maestros, pero ninguno como Heidegger. Por ello, y junto con otros autores como Przywara, Müller y Siewerth, podemos considerar a Rahner parte de la “escuela católica” que suscitó Heidegger.

Tras terminar sus estudios, el gobierno provincial de la Compañía le trasladó a Innsbruck, en Austria, donde en 1937 obtuvo la habilitación para la docencia. Comenzó la docencia en Teología dogmática unida a ciclos de conferencias y seminarios en los que pronto alcanzó renombre. Ya en 1937 participó en las Semanas sobre Filosofía de la religión y Fundamentos teológicos de la Universidad de Salzburgo impartiendo una conferencia con el título Oyentes de la palabra que se publicaría en 1941.

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22.04.13

Pedro Arrupe: A los 30 años de una dimisión que hizo historia

CLAROSCUROS DE UNA GRAN FIGURA DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS EN EL SIGLO XX

Se cumplen en 2013 los 30 años de la renuncia definitiva como Prepósito de la Compañía de Jesús del español Pedro Arrupe, que fue precedida y acompañada por la polémica y que todavía tiene que ser valorada adecuadamente por los historiadores de la Iglesia y de la Compañía. Con ocasión del aniversario nos acercamos al que fue gran misionero en Asia y discutido dirigente de los Jesuítas

Nacido el 14 de noviembre de 1907 en Bilbao, en el seno de una familia acomodada, último de cinco hijos, su padre era arquitecto y su madre hija de un médico, ambos profundamente creyentes. Niño vivaz y estudiante extraordinario, como alumno de los Escolapios con once años entró en la Congregación Mariana, en cuya revista “Flores y Frutos” escribió en marzo 1923 un breve artículo sobre San Francisco Javier, Japón y las Misiones. No podía sospechar entonces el joven que quince años más tarde él mismo habría de seguir, como misionero, las huellas de Francisco en Japón.

Ese mismo año empezó los estudios de Medicina en Madrid; era un excelente estudiante. Amaba extraordinariamente la música, iba con frecuencia a la ópera y con su hermosa voz de barítono cantaría más tarde en ocasiones especiales, como misionero en Japón e incluso como Prepósito General. Un compañero de estudios le invitó a hacerse miembro de las Conferencias de San Vicente y a visitar familias pobres en los suburbios de Madrid, experiencia que después describió del modo siguiente: “Aquello, lo confieso, fue un mundo nuevo para mí. Me encontré con el dolor terrible de la miseria y el abandono. Viudas cargadas de hijos, que pedían pan sin que nadie pudiera dárselo; enfermos que mendigaban la caridad de una medicina sin que ningún samaritano se la otorgase…”

En julio de 1926, durante sus prácticas con los enfermos, viajó a Lourdes, donde fue testigo de tres curaciones extraordinarias: una religiosa paralítica pudo volver a caminar al paso de la custodia; una mujer con cáncer de estómago en estado terminal, curada en tres días; un joven con parálisis infantil que saltó de su silla de ruedas en el momento de la bendición eucarística. Sobre ellos escribió: “Sentí a Dios tan cerca en sus milagros, que me arrastró violentamente detrás de Sí.” Impresionado por las experiencias de Lourdes, maduró su decisión de hacerse jesuita.

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