12.03.14

Pío XII y el esplendor de su coronación papal

HACE 75 AÑOS ERA CORONADO EL VENERABLE PÍO XII

RODOLFO VARGAS RUBIO

Continuando con la crónica de los acontecimientos que hace setenta y cinco años marcaron el comienzo del largo, dramático y decisivo pontificado del venerable Pío XII, toca ahora referirnos al día de su coronación (hoy denominada “inicio del ministerio petrino”). Para este capítulo nos ha servido de guía inestimable la descripción que trae nuestro amigo el Padre Apeles en su libro “El Papa ha muerto. ¡Viva el Papa” (en cuya documentación nos honramos en colaborar). Procedamos, pues, con el relato del trascendental día con el que Eugenio Pacelli, elegido el 3 de marzo precedente, fue investido formalmente como Romano Pontífice, último gran fasto en una Europa abocada ya al desastre de una guerra de inédita crueldad.

Tres días antes de la fecha fijada para la solemne coronación, monseñor Carlo Respighi, prefecto de las Ceremonias Pontificias, envió la llamada intimatio, citando a las 8 de la mañana (saltem hora octava) del 12 de marzo de 1939 a todos los dignatarios y componentes de la corte pontificia (capilla y familia) y a los ministros que debían servir en la gran ceremonia para que se encontraran en el Aula de las Congregaciones. En el mismo escrito se precisaba minuciosamente la indumentaria de cada dignidad y grado, el orden del cortejo que debía acompañar al Santo Padre, la colocación en el recinto de la Basílica y un resumen de las distintas partes de la celebración. Cada uno de los asistentes debía hacerse al menos una cierta “composición de lugar” de la parte que tomaría en ella, aunque el ordenamiento y la sincronización –labor verdaderamente prodigiosa– corriera a cargo de los maestros de ceremonias, en quienes no se sabría si admirar más el exacto sentido “coreográfico” o la paciencia que tenían que desplegar (ya que no se podía contar siempre con la docilidad y destreza de los concurrentes ni mucho menos).

Así pues, el día y hora señalados, los señores cardenales de la Santa Iglesia Romana se presentaron en el lugar establecido revestidos de su púrpura, con calzado y birrete escarlata. Una vez reunidos, dejaron sus respectivas mucetas y manteletas para ponerse los roquetes blancos de encaje y las capas magnas de seda rojas con el armiño de su condición principesca. Sus secretarios, que hacían de caudatarios, vestían de violeta. Los camareros de honor, los clérigos de la Reverenda Cámara Apostólica, los camareros secretos de capa y espada participantes y demás cubicularios, los votantes del Supremo Tribunal de la Signatura Apostólica y los auditores de la Sacra Rota se revistieron con pluviales también rojos (pues rojo es el color del Papa). Patriarcas, metropolitanos, arzobispos y obispos iban en hábito de coro con sus sotanas y capas violetas. Los abades y los superiores generales de las órdenes y congregaciones mayores llevaban sus respectivos hábitos, que formaban un caleidoscopio de lo más variopinto.

En la Basílica Vaticana los sampietrini habían dispuesto impecablemente el escenario donde iba a tener lugar la representación más esplendorosa del mundo. Más de un problema técnico habían tenido que resolver para poder disponer estrados y tribunas en el crucero, junto a las pilastras centrales y en el ábside, en alto y en bajo, destinadas a acoger una nutrida y heterogénea asistencia, para la que no daban abasto los asientos a lo largo de la nave central. Hubo que hacer retroceder los órganos monumentales a fin de ganar espacio para colocar cuatro nuevas tribunas. La Radio y la Prensa tenían las suyas. Era la primera vez que se acondicionaba en San Pedro un lugar especial destinado a los corresponsales venidos de todas partes del mundo para cubrir un acontecimiento único en su género.

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3.03.14

A los 75 años de la elección de Pío XII

TAMPOCO EL PAPA PACELLI QUISO VIVIR EN EL APARTAMENTO PAPAL

RODOLFO VARGAS RUBIO

El cónclave para elegir sucesor al papa Pío XI (fallecido el 10 de febrero de 1939) se clausuró hace setenta y cinco años, es decir el 1º de marzo de 1939. Eran tiempos especialmente difíciles, en los que la escalada bélica en Europa era cada vez más amenazadora. En realidad, se estaban cosechando los frutos de los errores sembrados en Versalles veinte años atrás, cuando los estadistas y políticos occidentales, haciendo caso omiso a los llamados a la moderación de Benedicto XV, liquidaron la Gran Guerra mediante una paz implacable y onerosa para los vencidos, creando así las condiciones para que volvieran a germinar el resentimiento, el odio y el afán de revancha. La crisis de 1929 y la depresión consiguiente habían generado un gran descontento y acabado por desacreditar al sistema liberal imperante, favoreciendo la ascensión al poder de regímenes autoritarios, que se presentaban como una alternativa a la amenaza del bolchevismo.

La década de los años treinta vio cómo los distintos totalitarismos pugnaban por avanzar en Europa. España era el escenario más trágico de esta lucha desde 1936 cuando quedó dividida en dos bandos apoyados respectivamente por Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini y por la URSS de Stalin. Las democracias occidentales se limitaban al papel oficial de espectadoras, aunque se hallaban seriamente preocupadas de que el precario equilibrio internacional se rompiera debido a la política agresiva germana. Ello las había llevado a practicar una política de apaciguamiento, que tuvo su punto culminante en la conferencia de Munich de septiembre de 1938, en la que el Reino Unido y Francia cohonestaron el expansionismo del nazismo (que se había anexionado Austria mediante el Anschlüss en marzo y se apoderaría de los Sudetes en octubre, disolviendo así Checoeslovaquia). Por otro lado, la URSS ya apuntaba hacia Finlandia y las Repúblicas Bálticas, así como a la difusión del comunismo en Europa a través de los Balcanes.

En el aspecto religioso, la situación no era tampoco muy halagüeña. Por un lado, era de temer el avance del comunismo, que había dado pruebas de su carácter antirreligioso en Rusia (donde había casi aniquilado a la Iglesia Ortodoxa) y en España (país en el que había organizado la persecución religiosa sistemática más cruenta de los tiempos modernos). Por otro lado, los gobiernos de Italia y Alemania no ocultaban su hostilidad hacia la Iglesia Católica, a cuyo clero y organizaciones –considerados como un estorbo para el adoctrinamiento de la juventud– hostigaban crecientemente en contravención de los concordatos firmados con la Santa Sede (cierto es, sin embargo, que sin éstos la condición de los católicos hubiera sido mucho peor). El panorama era, pues, más que preocupante cuando expiró Pío XI.

El cardenal Eugenio Pacelli, que había sido secretario de Estado del difunto papa, era también camarlengo de la Santa Iglesia Romana, cargo que otorga a su titular el poder de administrar los bienes temporales de la Santa Sede (dependientes antiguamente de la Cámara Apostólica) y el de presidir el gobierno interino de la Iglesia –que reside en el Sacro Colegio– durante la sede vacante. También le compete la certificación de la muerte del Papa y el sellado de todos sus aposentos. Contrariamente a lo que se suele creer, el cardenal Pacelli no observó la costumbre de golpear suavemente tres veces con un martillito de plata la sien del cadáver de Pío XI llamándolo por su nombre de pila, la cual había caído en desuso desde la época del cardenal Oreglia di Santo Stefano, que la omitió en 1903, cuando hubo de verificar el óbito de León XIII. Pacelli se limitó a hacer constar notarialmente que su amado mentor había realmente fallecido y retiró de su dedo elAnulus Piscatoris para su destrucción, de modo que no fuera posible falsificar bulas ni otros documentos pontificios. También tocó al camarlengo, en su condición de arcipreste de la Basílica Vaticana, la preparación del Palacio Apostólico para albergar el cónclave, que implicaba por entonces un estricto aislamiento de los electores. Debían acondicionarse 62 celdas para éstos, dividiendo los ambientes disponibles mediante tabiques y aprovechando al máximo el espacio. Lossampietrini tenían por entonces mucho trabajo que desquitar en poco tiempo, efectuando obras de mampostería, carpintería y cerrajería, además de total encalado de las ventanas para quitar toda visibilidad tanto desde dentro hacia fuera recinto como viceversa.

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18.02.14

Leon III y el episodio que unió a la Iglesia con el imperio

CON OCASIÓN DEL 1200 ANIVERSARIO DE CARLOMAGNO ( y II)

RODOLFO VARGAS RUBIO

Carlos había recibido la unción regia cuando sólo contaba doce años. Acompañando a su padre en sus campañas militares aprendió el oficio de la guerra, en el que se mostraría como un gran adalid, hasta el punto que en torno a él se forjaría una leyenda, que dejó trazas en la famosa novela de caballería sobre los “Doce Pares de Francia”. Lo cierto es que habiendo alcanzado la edad adulta, ya se hallaba preparado para suceder a Pipino el Breve, el cual murió el 24 de septiembre de 768 en la abadía de Saint-Denis no sin antes haber dividido el reino franco entre él y su hermano menor Carlomán, siguiendo la costumbre germánica (que había contribuido a debilitar la monarquía merovingia).

Carlos recibió Austrasia, Neustria y parte de Aquitania y Borgoña, formando un arco del Rin al Garona, que rodeaba los dominios de Carlomán, a quien habían tocado Alamannia, Turingia y parte de Burgundia y Aquitania. En 769, Hunaldo, antiguo duque de Aquitania vencido por Pipino el Breve, salió de su encierro claustral y promovió una revuelta en el oeste del ducado. Carlomán se abstuvo de ayudar a Carlos a sofocarla (como habría sido su deber). Hunaldo fue vencido gracias al conde de Gascuña, pero quedó patente la malquerencia existente entre los hijos y sucesores de Pipino. Fue necesaria la intervención de la reina viuda Bertrada para poner paz entre sus hijos, cuya reconciliación se produjo en 770. Un año más tarde, Carlomán, presintiendo su próximo fin, cedió algunas de sus tierras a la abadía de Saint-Rémi de Reims, donde quería ser sepultado. Retirado en su castillo de Samoussy en Picardía, rindió el alma el 4 de diciembre de 771. Carlos fue reconocido por su sucesor a despecho de los dos hijos que Carlomán había tenido con Gerberga (la cual se los llevó a la corte del rey longobardo). De esta manera, el reino franco volvió a la unidad.

El defensor de la Iglesia

Carlos había heredado de su padre también el título de “Patricius Romanorum”, que hacía de él el protector nato de la Santa Sede y del Patrimonio de San Pedro. Hallándose empeñado en la campaña contra los Sajones, recurrió a él en demanda de auxilio el papa Adriano I (772-795), cuyos territorios habían sido invadidos por Desiderio, rey de los longobardos. Éste, que abrigaba planes muy ambiciosos de supremacía en Italia y quería a la vez vengarse del repudio de su hija Desiderata por parte de Carlos, había intentado que el pontífice rompiera su amistad con los francos, a lo que Adriano se había negado. A pesar de hallarse en plena campaña contra los Sajones, Carlos cruzó los Alpes en 773, conquistó Verona y puso sitio a Pavía.

Aproximándose la Pascua de 774, Carlos quiso ir a pasarla a Roma. Su entrada fue apoteósica, vitoreado por pueblo entusiasta y desbordante. Adriano I lo recibió el sábado santo en San Pedro, a cuya cripta bajaron ambos, jurándose mutuamente fidelidad ante la tumba del Apóstol. El domingo de Resurrección asistió el rey a los oficios en Santa María la Mayor y comió en el palacio lateranense con el papa. Fue el lunes de Pascua, en San Pedro, cuando los cantores romanos entonaron por primera vez la famosa litania carolina. El miércoles sucesivo, Carlos y Adriano se reunieron para negociaciones políticas en el Vaticano. El pontífice pidió al hijo de Pipino que confirmara el tratado de Quierzy de veinte años atrás. Carlos ordenó a su notario redactar una nueva donación, que firmaron él y sus magnates francos presentes, depositándola sobre la confesión de San Pedro. Adriano I la firmó también con gran contento al comprobar que a la donación de Pipino se añadía todo el Exarcado (incluyendo Imola, Bolonia y Ferrara) y las antiguas posesiones de la Iglesia en Córcega, Venecia, Istria, Espoleto y Benevento.

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6.02.14

El Vaticano II y el celibato

LAS VICISITUDES QUE LLEVARON AL TEXTO CONCILIAR

Gracias a la especie de diario del Vaticano II escrito por el sacerdote y periodista español José Luis Martín Descalzo (Un periodista en el Concilio, editorial PPC, 1966), libro interesantísimo donde los haya para quien se interese por la historia del Concilio, de cual celebramos los 50 años, conocemos las vicisitudes de muchos párrafos de los documentos conciliares, especialmente aquellos más controvertidos. Y entre dichos párrafos se puede incluir los que se refieren al celibato sacerdotal en el decreto Presbyterorum Ordinis, que -como explica dicho autor en el tomo IV (pp. 500-505) de su monumental obra- recibieron una lluvia de enmiendas, si bien en su inmensa mayoría no para discutir su conveniencia (como algunos propugnaban desde medios de comunicación y foros eclesiásticos) sino para precisar las razones que fundamentan esta venerable tradición de la Iglesia.

Un gran número de enmiendas combatían el párrafo sobre los sacerdotes casados orientales que había sido añadido a propuesta de un Padre y con recomendación del Papa. 93 Padres pedían simplemente que se suprimiera ese párrafo todo él. 71 Padres ponían como razón para esta supresión el que este párrafo debilitaba cuanto luego se decía sobre el celibato. 40 Padres pedían que se suprimiera el calificativo de “sacerdotes de gran merito” (optimi meriti) refiriéndose a los casados orientales. 68 Padres pedían se suprimieran los consejos sobre su vida de casados, ya que estos son comunes para todos los casados y no específicos de los sacerdotes con esta condición de vida. 17 Padres pensaban que darles esos consejos era como afirmar que los necesitaran, con lo que el párrafo terminaría por resultarles ofensivo. Y por fin tres pedían que se dijera que los sacerdotes orientales que viven en el matrimonio realizan a su modo la perfección sacerdotal, pues esta forma de sacerdocio no es la misma que la de los sacerdotes célibes y goza de distinto valor.

A toda esta cadena de propuestas respondió la comisión redactora de muy distintas maneras: El párrafo entero no puede suprimirse, pues fue aprobado por la mayoría del Aula. Pueden quitarse en cambio los consejos sobre su vida conyugal, sustituyéndolos por una invitación a “perseverar en su santa vocación”. Se mantiene el calificativo elogioso de estos sacerdotes casados y no se acepta la última proposición de hacer distinciones entre los dos sacerdocios, pues es teológicamente inadmisible. Por fin, el párrafo quedó como lo leemos hoy:

La perfecta y perpetua continencia por el reino de los cielos, recomendada por nuestro Señor, aceptada con gusto y observada plausiblemente en el decurso de los siglos e incluso en nuestros días por no pocos fieles cristianos, siempre ha sido tenida en gran aprecio por la Iglesia, especialmente para la vida sacerdotal. Porque es al mismo tiempo emblema y estímulo de la caridad pastoral y fuente peculiar de la fecundidad espiritual en el mundo. No es exigida ciertamente por la naturaleza misma del sacerdocio, como aparece por la práctica de la Iglesia primitiva y por la tradición de las Iglesias orientales, en donde, además de aquellos que con todos los obispos eligen el celibato como un don de la gracia, hay también presbíteros beneméritos casados; pero al tiempo que recomienda el celibato eclesiástico, este Santo Concilio no intenta en modo alguno cambiar la distinta disciplina que rige legítimamente en las Iglesias orientales, y exhorta amabilísimamente a todos los que recibieron el presbiterado en el matrimonio a que, perseverando en la santa vocación, sigan consagrando su vida plena y generosamente al rebaño que se les ha confiado.

Un segundo gran cúmulo de peticiones giraba en torno a las razones por las que la Iglesia defiende el celibato. Y aparecía en muchas de ellas lo que se podría consierar una defensa demasiado exacerbada del celibato y que llevó a la comisión a rechazar la mayoría de estas peticiones, como se puede ver:

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30.01.14

Aquella hija primogénita de la Iglesia

CON OCASIÓN DEL 1200º ANIVERSARIO DE CARLOMAGNO (I)

RODOLFO VARGAS RUBIO

El 28 de enero se han cumplido 1.200 años de la muerte de Carlomagno, emperador de Occidente y rey de los Francos y los Lombardos. Después de Constantino el Grande es, sin duda, el hombre que más ha influido en la evolución de nuestra civilización y, desde luego, puede considerársele a justo título como el padre de Europa, a la que él contribuyó decisivamente a formar. Su obra fue continuación de la de su abuelo y la de su padre, pero su fama fue tan legendaria que de su nombre tomo el suyo no solamente la segunda dinastía franca, sino toda una época, que constituyó un auténtico renacimiento, antecedente de aquel más nombrado y conocido de los siglos XV y XVI. El término “carolingio” ha dejado una profunda huella en la Historia de nuestra civilización.

El que podemos llamar inicialmente Carlos de Austrasia nació en 742, sólo diez años después de la batalla de Poitiers, librada victoriosamente por su abuelo Carlos Martel contra los sarracenos y que libró a la Cristiandad de la conquista islámica (que ya había engullido a la España visigótica, después de sojuzgar al antiguo imperio sasánida de los persas, a todo el norte de África y a parte del Medio Oriente bizantino), haciéndolos retroceder al sur de los Pirineos. En una Europa en pañales, dicha gesta debe considerarse fundamental; ella había de marcar, además, el destino del niño que se convertiría con el tiempo en el forjador de esa misma Europa y protector de la Iglesia.

Carlos descendía de dos importantes familias de la nobleza franca: la de los pipínidas y la de los arnúlfidas. La primera traía su origen de Pipino de Landen y la segunda de san Arnulfo, obispo de Metz, ambos importantes personajes de la corte de Austrasia, cuyos hijos respectivos Begga y Ansegiso se casaron y tuvieron un hijo: Pipino de Heristal, padre de Carlos Martel, pertenecientes ambos a la línea de mayordomos de palacio de Austrasia. En este punto conviene hacer algunas precisiones sobre la monarquía franca, que no hay que confundir con Francia, la cual aún no existía como tal.

La monarquía franca

La Galia, conquistada por César, fue invadida por el norte (Bélgica) en el curso de los siglos IV y V, por tres tribus germánicas: los francos salios (originarios de Frisia), los francos renanos o ripuarios (procedentes del curso medio del Rin) y los alamanes (provenientes de los valles del Elba y del Meno). Otra tribu, la de los Burgundios (oriunda de Escandivia), ocupó pacíficamente el valle del Ródano como pueblo federado al Imperio Romano. A fines del siglo V, bajo Clodoveo I, los francos salios derrotaron a los alamanes en Tolbiac (496) y, a continuación, se expandieron rápidamente hacia el oeste, conquistando todas las tierras gálicas hasta Armórica (nombre romano de la Bretaña) y hacia el suroeste, arrebatando la Aquitania a los visigodos. La Galia quedó de este modo repartida entre el reino franco y el reino borgoñón. Los francos, gracias al bautizo de Clodoveo, se habían constituido en el primer reino de fe católica en una Europa mitad arriana y mitad pagana (éste es el origen del apelativo de Francia como “hija primogénita de la Iglesia”).

La costumbre germánica de dividir las heredades entre todos los hijos sin preferencia del primogénito determinó las sucesivas fracciones del reino franco bajo los merovingios (nombre de la primera dinastía franca, tomado de Meroveo, abuelo de Clodoveo). Los dos reinos más importantes surgidos de tales particiones fueron Neustria y Austrasia. El primero acabó ocupando el noroeste de la actual Francia, Aquitania y Borgoña; el segundo, el noreste, las cuencas del Mosa y del Mosela y la cuenca media e inferior del Rin. En ciertos períodos Neustria y Austrasia se unieron bajo la denominación de “regnum Francorum”, pero no fue hasta los carolingios cuando se unieron definitivamente.

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20.01.14

El jesuita que evangelizó las periferias de Madrid

EL PADRE RUBIO, APÓSTOL INCANSABLE Y SABIO DIRECTOR DE ALMAS

El calendario nos traerá en este año 2014, dentro de unos meses, el 150 aniversario del nacimiento del popularísimo san José María Rubio Peralta sacerdote diocesano y después jesuita, de origen almeriense, pero que dedicó gran parte de su vida al apostolado en la ciudad de Madrid -lo que le valió el apelativo de “el apóstol de Madrid- y murió en la villa de Aranjuez, hoy perteneciente a nuestra diócesis de Getafe. Había nacido en Dalías (Almería) el día 22 de julio de 1864, hijo de don Francisco y doña Mercedes, campesinos, y el mayor de doce hermanos, de los cuales sobrevivieron cinco. Sus padres y abuelos eran buenos cristianos y como agricultores tenían una de las mejores fincas de la zona.

En su pueblo natal acudió a la escuela y, después de las clases, le gustaba leer las vidas de santos y con frecuencia acudía a la iglesia parroquial a visitar al Santísimo. Con diez años, un tío suyo canónigo de Almería, don José Maria Rubio Cuenca, le hizo estudiar en un instituto de bachillerato en la capital, pero, viendo las buenas inclinaciones del muchacho lo invitó a ingresar en el Seminario de Almería. Intervino también en esta invitación otro tío, el párroco de Marías, don Serafín Rubio Maldonado. Allí José María terminó los estudios secundarios en 1879, a los quince años de edad.

En 1879, por obra de sus protectores, fue enviado al seminario de San Cecilio, en Granada, donde terminó los estudios filosóficos, los cuatro de Teología y dos de derecho canónico, siendo alumno aventajado de otro canónigo, don Joaquín Torres, chantre de la catedral de Granada, que se constituyó en especial protector suyo. Incluso lo llevó a su casa con ocasión de una enfermedad. Don Joaquín tenía un carácter impetuoso e incluso tuvo roces con el nuevo arzobispo de Granada. Pero José María nunca hizo el menor comentario menos favorable sobre la persona de su protector. Por las diferencias con el arzobispo, don Joaquín dejó sus cargos en Granada y ganó por oposición una canonjía en Madrid, la de lectoral, en 1886, y se llevó consigo a José María, a quien hizo matricularse en el Seminario de la Inmaculada y de San Dámaso.

El 24 de septiembre de ese mismo año fue ordenado sacerdote, incardinado en esa diócesis y celebró su primera misa el 12 de octubre -por decisión de don Joaquín quien escogió la festividad de la Virgen del Pilar- en la entonces catedral de San Isidro, en la capilla de la Virgen del Buen Consejo, el mismo donde a san Luis Gonzaga, siendo paje del rey Felipe II, le pareció escuchar que la Virgen María le pedía que entrara en la Compañía de su Hijo.

El 1 de noviembre de 1887 fue nombrado coadjutor de la parroquia de Chichón (Madrid) adonde se dirigió éste dos semanas después de su primera misa. Chinchón era entonces una villa de unos 5.000 habitantes y estaba muy cerca de Madrid. Durante su permanencia en aquella parroquia fue capellán de las Clarisas a las que dio sus primeros Ejercicios dirigidos a las monjas, las cuales siempre guardaron un buen recuerdo, de la claridad y sinceridad con que les habló. En tan solo nueve meses en Chinchón empezó a tener fama de santo, mientras continuaba haciendo dos cursos facultativos de Teología en el seminario, para obtener la licenciatura en derecho canónico.

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14.01.14

Menos “monseñores” y más “dones”

MONSEÑORES: LO QUE FUERON Y EN LO QUE SE HAN QUEDADO

RODOLFO VARGAS RUBIO

De acuerdo con una nueva directiva del papa Francisco, el tratamiento de “Monseñor” será de ahora en adelante restringido a los miembros del clero secular diocesano mayores de sesenta y cinco años y sólo será concedido aparejado al título de “capellán de Su Santidad”, último resto de las dignidades eclesiásticas que conformaban la antigua corte pontificia (hoy casa pontificia). La medida no tiene efectos retroactivos, por lo que quienes poseían el tratamiento precedentemente, lo conservan. Tampoco afectará a las nuevas incorporaciones de la Secretaría de Estado y de la Curia Romana (donde la jerarquía de mando está minuciosamente determinada), pues se refiere más bien a los nombramientos que el Papa hace a petición de los obispos. De ahí que se haya querido informar a éstos desde las nunciaturas apostólicas de todo el mundo sobre la reciente decisión de Francisco. Es necesario subrayar el hecho de que no se está hablando sino de los títulos honoríficos que no comportan el carácter episcopal. Así, los metropolitanos, arzobispos y obispos continuarán recibiendo el tratamiento de Excelentísimos y Reverendísimos Monseñores”. A la espera de conocer el tenor del documento pertinente, vamos a ocuparnos del asunto desde el punto de vista histórico.

Quien haya visto la película de la inauguración del Concilio Vaticano II en 1963 no habrá dejado de observar la imponencia del cortejo papal: nada que ver con la actual procesión que precede al Vicario de Cristo en las sagradas ceremonias que preside y que son llamadas “capillas papales”. Entre las imágenes de hace cincuenta años y las de la actualidad ha habido dos reformas determinantes de este cambio en la presentación externa del Papado: la de la Casa Pontificia y la de la liturgia (en particular la liturgia papal), ambas llevadas a cabo por el venerable Pablo VI a finales de los años sesenta. El papa Montini no sólo suprimió los flabelos, las trompetas de plata, las mazas y la tiara (la silla gestatoria la recuperó hacia el final de sus días por no poder desplazarse debido a su grave artritis); no sólo simplificó el ajuar pontificio, eliminando la falda, el subcintorio, el fanón, las quirotecas y las mulas: también efectuó una enérgica poda en su corte, a la que quiso quitar toda connotación áulica secular. Cargos acumulados por los siglos desaparecieron, lo mismo que vetustos privilegios y títulos que el tiempo había convertido en singulares curiosidades (como por ejemplo, los de “maestri ostiari di Virga Rubea” y “scopatori segreti di Sua Santità”, de más que equívocas connotaciones en italiano).

Antes de estas reformas paulinas, la sacra persona del Romano Pontífice se hallaba rodeada en los actos públicos de un séquito heterogéneo y caleidoscópico, que tomaba el nombre de “capilla pontificia” si lo acompañaba en las grandes ceremonias religiosas (misas papales, canonizaciones, consistorios) y el de “familia pontificia” para las ceremonias civiles (audiencias, recepción de embajadores, viajes, etc.). Capilla y familia pontificias conformaban la corte papal o corte de Roma. Su origen hay que buscarlo en los colaboradores de los primeros obispos de Roma que habitaban el palacio que el senador Pudente había puesto a la disposición de san Pedro y que comprendía una serie de edificios y dependencias. Ya en el siglo I fueron creados los notarios (notarii), encargados originalmente de redactar las actas de los mártires y que acabaron ocupándose de la administración, de la cual llevaban estricta cuenta. Las persecuciones no interrumpieron el servicio papal: cuando aquéllas arreciaban el pontífice y los suyos pasaban a la clandestinidad y continuaban administrando la Iglesia y celebrando el culto. Este entorno papal se incrementó naturalmente cuando el llamado patriarchium se trasladó al palacio de Letrán a principios del siglo V y se fue diversificando a medida que la sede romana cobraba preponderancia.

Fue el papa san León IV quien en el año 440 destinó a algunos clérigos de su círculo a la custodia de los sepulcros de los santos Apóstoles Pedro y Pablo. Como estas tumbas se llamaban “cámaras” (cubicula), sus responsables fueron llamados “camareros” (cubicularii), título que pasó fácilmente al de los servidores personales del Papa. Desde esta época y durante todo el siglo VI los familiares del Romano Pontífice se multiplicaron, admitiéndose entre ellos también a jóvenes laicos llamados domicelli (algo así como “señoritos”, aunque sin la connotación peyorativa española). Sin embargo, san Gregorio I (590-604), fundador de un monasterio, no admitía en su entorno más que a clérigos y desterró de él a los domicelli. Además, cultor de la tradición de la antigua Roma a fuer de buen patricio, impuso a sus familiares como traje eclesiástico la toga romana, ornada de la púrpura imperial (concedida al obispo de Roma por Constantino) y cayendo hasta los tobillos. Esta indumentaria gregoriana, con algunas modificaciones, llegó hasta el siglo XX como vestidura de algunos digntarios de la corte pontificia: el mantellone, la mantelleta, la palandra y la zimarra.

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6.01.14

En Tierra Santa Pablo VI inauguró los viajes papales

CINCUENTENARIO DE LA PEREGRINACIÓN DEL VENERABLE PABLO VI A TIERRA SANTA

RODOLFO VARGAS RUBIO

Se acaban de cumplir cincuenta años del día histórico en que el papa Pablo VI inició el primero de sus desplazamientos internacionales, lo que en la época constituyó una auténtica novedad, ya que los Romanos Pontífices no solían moverse fuera del entorno de sus dominios temporales y, desde que perdieron éstos, ni eso (salvo la estancia estival en Castelgandolfo). Pío VI (1775-1799) había sido el primer papa de la Edad Moderna en realizar un viaje apostólico: el que en 1782 lo llevó a la Viena febronianista de José II (el mismo a quien Federico el Grande llamaba con sorna “mi primo el sacristán” por su manía de tratar como cuestión de Estado todo punto en materia religiosa). Otro viaje se vería constreñido a realizar el papa Braschi, esta vez en 1798, huyendo de la ocupación de Roma por el ejército francés de la Revolución, que acabaría haciéndolo su prisionero, recluyéndolo en Valence, donde murió en 1799. Su sucesor Pío VII (1800-1823) también salió de Roma al extranjero en dos ocasiones: en 1804 para la coronación de Napoleón y cinco años más tarde deportado por el emperador de los Franceses, que lo retuvo cautivo hasta 1814. El beato Pío IX (1846-1878) también se vio obligado a abandonar su sede y refugiarse en Gaeta (en el Reino de las Dos Sicilias) como consecuencia de los desórdenes revolucionarios que recorrieron Europa como un reguero de pólvora en 1848. Después de la expoliación de los Estados Pontificios en 1870 y hasta la Conciliación de 1929 los Papas no salieron del Vaticano. Y después de este último año hubo que esperar hasta el beato Juan XXIII para ver a un pontífice marchar fuera de Roma: en 1962, en efecto, peregrinó a Loreto y a Asís para encomendar el concilio Vaticano II, que estaba por comenzar.

El anuncio del viaje de Pablo VI, elegido Papa seis meses antes, se hizo público el 4 de diciembre de 1963, justo un mes antes del comienzo del histórico evento, durante el discurso final del pontífice en la segunda sesión del Concilio Vaticano II. En dicha ocasión dijo el Santo Padre, explicando el propósito de la novedosa iniciativa:

«Estamos tan convencidos que para obtener un buen éxito del Concilio se deben elevar pías súplicas, multiplicar las obras, que, tras madura reflexión y muchas oraciones dirigidas a Dios, hemos decidido acercarnos como peregrino a aquella tierra, patria de Nuestro Señor Jesucristo […]. Veremos aquella tierra venerada, de donde san Pedro partió y a la que ningún sucesor suyo ha vuelto jamás. Pero Nosotros, humilísimamente y por brevísimo tiempo volveremos allí en espíritu de devota oración, de renovación espiritual, para ofrecer a Cristo su Iglesia; para reclamar para ella, una y santa, a los hermanos separados; para implorar la divina misericordia a favor de la paz, que en estos días parece aún vacilante y recelosa; para suplicar a Cristo Señor por la salvación de toda la humanidad».

Pablo VI no quiso que se considerase su ida a Tierra Santa como un viaje oficial, sino como una peregrinación. No iba en calidad de jefe de Estado porque no había sido invitado oficialmente por el gobierno del Estado de Israel, con el que, a la sazón, la Santa Sede no mantenía relaciones diplomáticas. De hecho, de Roma voló directamente a Amman, la capital del Reino Hachemita de Jordania, desde donde se trasladó hasta territorio israelí. Sin embargo, tanto el rey Hussein como el presidente Zalman Shazar lo recibieron con todos los honores, dada la calidad extraordinaria del visitante. El Papa visitó los Sagrados Lugares, deteniéndose especialmente en Jerusalén, Nazaret y Belén, los tres más emblemáticos entre ellos. En Getsemaní Pablo VI tuvo un gesto que acabó convirtiéndose en habitual en todos los sucesivos viajes apostólicos: besó la tierra que había pisado dos mil años antes el Hijo de Dios. Lo repitió más tarde sobre una piedra a orillas del mar de Tiberíades o lago de Genesaret donde la tradición asegura que Jesús, de pie sobre ella, consignó el poder de las llaves a Pedro. En la Ciudad Santa, además, se encontró con el patriarca ortodoxo de Constantinopla Atenágoras I, que había viajado expresamente para ver al Romano Pontífice, con cuyas miras ecuménicas coincidía. En realidad, hubo dos encuentros: el primero, la tarde del 5 de enero, en la Delegación apostólica en el monte de los Olivos, con una pequeña delegación; el segundo, el 6 de enero, en la residencia del patriarca griego ortodoxo de Jerusalén, en el monte de los Olivos, que es el que tuvo una gran difusión gracias a los medios de comunicación.

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31.12.13

450 aniversario de un Concilio fundamental

EL CONCILIO DE TRENTO: TAN FUNDAMENTAL COMO POCO RECORDADO (I)

RODOLFO VARGAS RUBIO

Se acaban de cumplir 450 años de la clausura del Concilio de Trento, XIX de los Ecuménicos, el más decisivo desde el de Nicea en 325 y, desde luego, el más importante de la Historia de la Iglesia desde el punto de vista dogmático, teológico y disciplinar. La efeméride, sin embargo, ha pasado sin pena ni gloria en medio de la euforia mediática que todavía inspira el sorprendente pontificado del papa Francisco y desdibujada por los fastos del cincuentenario del Vaticano II, el “súper-concilio” mitificado en amplísimos sectores eclesiales. Entiéndasenos bien: no discutimos la trascendencia de esta magna asamblea llevada adelante por el beato Juan XXIII y el venerable Pablo VI, pero sí creemos que es necesario redimensionarla de acuerdo con su naturaleza eminentemente pastoral y en la perspectiva de la continuidad con la tradición marcada por los veinte concilios anteriores (como por otra parte han puesto de manifiesto los papas Benedicto XVI y Francisco). Si se nos permite la comparación, en Trento la Iglesia tuvo que reconstruirse y dotarse de una fuerte estructura que le permitiera seguir en pie con renovada solidez tras el terremoto de la revolución protestante; en el Vaticano II se trataba más bien de un remozamiento impuesto por el paso del tiempo, el cual exigía quizás el sacrificio de algún elemento arquitectónico (incluso valioso), pero no tocaba la estructura. Pero entremos en materia.

Situación de la Iglesia antes de Trento

Cierto es que a la contestación radical de la Iglesia de Roma por parte de los novadores del siglo XVI dio pábulo un estado de cosas nada lisonjero: papas mundanos, clero aseglarado, abuso de lo sagrado, superstición popular y un largo etcétera. Pero tampoco hay que cargar demasiado las tintas: no todo el panorama era tan sombrío. La santidad sabía abrirse paso y la Iglesia nunca dejó de ser el auxilio de los necesitados y el consuelo de los afligidos. Su gran red de beneficencia resistió los más duros embates y a las más sangrantes contradicciones. Los antecedentes de esta grave crisis hay que buscarlos en el “otoño de la Edad Media” (como lo llamó Huizinga), en la desorganización de un mundo tenido por acabado y perfecto, en el que cada cosa tenía su lugar según una jerarquía rigurosa e inmutable. La ruina de la supremacía papal medieval (abatida por la Francia de Felipe el Hermoso, precursora de los Estados-nación) redujo al Romano Pontífice a la condición de uno de tantos príncipes italianos, más preocupado por la política temporal que por el interés general de la Cristiandad; el Cisma de Occidente –que enfrentó hasta a tres papas simultáneos– favoreció el conciliarismo y las tesis que ponían en tela de juicio la autoridad primada del Vicario de Cristo; la decadencia de la Escolástica (convertida en un vano debatir académico) desvalorizó la teología; la Peste Negra diezmó también gravemente al clero tanto secular como regular, cuyos efectivos fueron reemplazados en muchos casos por gente sin vocación; el temor de las muchedumbres al espectáculo de la terrible mortandad fomentó el fanatismo supersticioso, pero también el desenfreno y la licencia en un afán por capturar el momento fugaz de los goces terrenales.

Conatos de reforma

A este estado de cosas se intentó responder de dos modos bien distintos. Hubo por un lado la tendencia subversiva, de aquellos que pretendían el cambio mediante una ruptura con la autoridad de la Iglesia. Los ejemplos más célebres son quizás los de John Wyclif y los lolardos en Inglaterra y el de Juan Hus, Jerónimo de Praga y sus secuaces en Bohemia. Se los puede considerar como los herederos del espíritu contestatario de los joaquinistas (seguidores de las enseñanzas del abad Joaquín de Fiore), dulcinistas o hermanos apostólicos (fundados por fray Docino de Novara) y fraticelli o espirituales (opuestos al papa Juan XXII), así como directos antecesores de la revolución protestante, cuyas doctrinas heréticas se encuentran ya en ellos. La otra tendencia reformista fue la ortodoxa, representada principalmente por los Hermanos de la Vida Común, fundados en Deventer (Holanda) por Gerard de Groot e impulsores de la llamada devotio moderna, una religiosidad basada en las Sagradas Escrituras y los Santos Padres (con lo que anticiparon el Humanismo) y depurada de elementos supersticiosos. También algunos obispos, como san Antonino de Florencia, se mostraron activos en este sentido, pero se trataba de esfuerzos aislados.

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21.12.13

Las virtudes de Pablo VI

EL PAPA MONTINI, MÁS CERCA DE LOS ALTARES

Al llegar la noticia sobre la aprobación por parte de los médicos de la Congregación de los Santos de un milagro que llevaría al Venerable Papa Pablo VI a la Beatificación -milagro que consistió en la curación de un feto en el seno materno, lo cual no deja de tener especial significado, siendo Pablo VI el gran profeta de la vida humana por su encíclica Humanae Vitae, que tanto le hizo sufrir-, propongo a los lectores un artículo que ya se publicó hace meses en Infocatolica, pero en la sección de Opinion.

Fallecido Pablo VI el día de la fiesta de la Trasfiguración del Señor, 6 de agosto de 1978, precisamente su fiesta preferida según cuentan los que le conocieron, no habían pasado ni dos años cuando el entonces obispo de Brescia, Mons. Luigi Morstabilini, comenzaba a dar los primeros pasos dirigidos hacia la posible Canonización de tan insigne hijo de aquellas tierras. Para ello, pidió consejo al Cardenal Agostino Casaroli, entonces Secretario de Estado del Vaticano, el cual, tras consultar a la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos (que así se llamaba hasta que Juan Pablo II les quitó el apelativo de «sagradas» a las congregaciones vaticanas), respondió en modo totalmente favorable.

El siguiente paso fue consultar al clero de Brescia, a la conferencia de los obispos de Lombardía y a la Conferencia Episcopal Italiana. Todas las respuestas fueron ampliamente positivas y a ellas se unió la petición unánime de la Conferencia Episcopal de Latino América, presidida entonces por el Cardenal Antonio Quarracino. Comenzó así a moverse la maquinaria -entonces más lenta, hoy mucho más ligera- de los pasos previos que llevarían años después al Proceso de Canonización, que conllevó el interrogatorio de numerosos testigos: En Roma 63, en Milán 71 y en Brescia 58, entre ellos gran número de cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos y seglares. Sólo a modo de ilustración, nótese que fueron interrogados bastantes más que en el Proceso de Juan Pablo II.

El Proceso, después de seguir los diferentes pasos que especifica la legislación canónica y cuya descripción nos llevaría lejos del propósito de este artículo, concluyó su primera gran fase con la promulgación en el pasado diciembre del decreto por el que se reconoce la heroicidad de sus virtudes. No fue una sorpresa, se esperaba dicho decreto así como se espera pronto la resolución del estudio de un milagro atribuido a su intercesión y que, de ser positiva, abriría las puertas a una próxima Beatificación. Y sin embargo para algunos ha sido una sorpresa pues Pablo VI ha sido en cierto sentido un gran desconocido.

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