14.03.12

Un encuentro entre eclesiásticos que hizo historia

EL PRIMER ENCUENTRO ENTRE GIUSEPPE SARTO Y MERRY DEL VAL

Nacido en Londres el 10 de octubre de 1865 de familia aristocrática española, Rafael Merry del Val y Zulueta realizó sus estudios en Slough, Namur, Bruselas, Durham y, por fin, en Roma, en la Academia de Nobles Eclesiásticos que años después el mismo presidió. Ordenado sacerdote en 1888, doctor en derecho canónico y teología, fue en primer lugar secretario personal del arzobispo Luigi Galimberti y después sucesivamente nuncio apostólico en Alemania, en el Imperio Austro-Húngaro y en Canada. Vuelto a la curia romana, León XIII le nombró consejero para las cuestiones referentes al Index Librorum Prohibitorum y después, como se ha mencionado, Presidente de la Academia de Nobles, a la vez que le elevó a la dignidad arzobispal. Fue nombrado Camarero Secreto Participante de Su Santidad el 31 de diciembre de 1891.

Elegido secretario del cónclave celebrado a la muerte de León XIII en 1903, en dicha ocasión pudo tratar por primera vez al entonces cardenal Sarto, al único que hasta entonces no había tenido ocasión de tratar. En el libro que años después escribió, titulado “Memories of Pope Pius X” con la intención de narrar de primera mano el pontificado de este gran Papa, que otros autores habían contado de modo más fragmentarios, Merry de Val cuenta cómo fue su primer encuentro con el entonces Patriarca de Venecia, que pocas horas después se convertiría en Pío X. De dicho cónclave salió non solamente un Papa Santo, sino también un estrecho colaborador suyo que también camina hoy hacia la gloria de los altares por su testimonio de santidad.

Dejemos que el mismo autor nos cuente aquel encuentro:

“Puede parecer extraño, pero la verdad es que nunca había tratado con el Cardenal Sarto antes de julio de 1903, cuando el Sacro Colegio, tras la muerte de su Santidad León XIII, se reunió en el cónclave. Conocía por lo menos de vista a cada uno de los cardenales presentes entonces en Roma, porque durante los ocho años que había pasado en el Vaticano al servicio de León XIII como Camarero Secreto había tenido ocasiones frecuentes de acercarme a todos los miembros del Sacro Colegio, pero por una circunstancia u otra nunca había tratado con el Cardenal Sarto.

Fue el lunes 3 de agosto de 1903 cuando tuve el privilegio de hablar con él por primera vez. El día antes había sido testigo del veto odioso de los políticos austríacos contra el cardenal Rampolla. Según mi parecer, éste de todas formas no habría sido elegido Papa de ningún modo, porque la mayoría de los electores estaban firmemente decididos a elegir a otro candidato. Pero tuvo una posibilidad de conseguir los votos necesarios porque la declaración del cardenal Puszyma en nombre del emperador de Austria provocó una enérgica protesta en defensa de la libertad del cónclave y de los derechos de la Iglesia.

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23.02.12

Anticlericalismo a la española, años 30

LA COSA VENÍA DE LEJOS

Nos recuerda José Francisco Guijarro en su interesante libro “Persecución religiosa y guerra civil”, hablando de la España de la segunda República, que desde hacía ya más de un siglo había existido un anticlericalismo que podríamos calificar de “cultural”: no faltaban círculos que con mayor o menor virulencia atacaban de una manera más o menos satírica toda la acción de la Iglesia, y en tertulias, prensa y, a veces, en la literatura y el teatro, cuanto tenía que ver con la religión católica era blanco de agresiones que sólo alguna vez pasaron de las palabras a los hechos. A este anticlericalismo, atribuido quizás con excesivo simplismo siempre a la masonería (que, si bien, sin duda, tuvo una parte en su provocación, no puede considerarse que fuera su causa única y exclusiva), los grupos que se situaban en las concepciones colectivistas -los socialistas mayoritarios o los, por el momento, pequeños núcleos comunistas- asistieron inicialmente con cierta indiferencia: si evidentemente no sentían el menor interés por defender los derechos de la Iglesia, pues aspiraban a sustituir su concepción social por la suya propia, tampoco experimentaban un entusiasmo mayor por el anticlericalismo, para ellos una característica casi específicamente burguesa.

Estas concepciones colectivistas tenían su punto de mira en lo que había sido, quince años antes, la revolución rusa. Desde la postura maximalista (o bolchevique) de un partido que se había venido llamando hasta entonces obrero socialdemócrata ruso (la fundación por Lenin del Partido Comunista tuvo lugar después de la revolución), se produjo una subversión social total, destruyendo todas las instituciones que habían configurado hasta ese momento la sociedad rusa, y, entre ellas, también la Iglesia ortodoxa, tan vinculada cortesanamente al zarismo. Sin embargo, en España con alguna frecuencia se ha presentado a la Iglesia plenamente vinculada al antiguo régimen, pero la verdad es que la Iglesia no se puede identificar de modo simplista con la Monarquía, aunque ciertamente lo pudiera parecer, dada la vinculación entre el trono y el altar.

En España tampoco existía por entonces un partido comunista que tuviera una considerable presencia en la sociedad política, sino que la amenaza del recurso a la violencia para imponer la revolución social había sido encarnada, hasta aquel momento, por el sector de la izquierda del Partido Socialista, muy ligado al sindicato socialista UGT, que estaba encabezado por Francisco Largo Caballero, a quien solo años después se le dio el sobrenombre de “el Lenin español”, inventado en la Escuela Socialista de Verano de 1933 en Torrelodones, y que no se recataba en distintos mítines de hablar de la revolución que acabaría con la misma Republica, a la que tildaba de burguesa. Y en esta amenaza constante de una revolución violenta total caía todo, al igual que en la revolución rusa; y entre todo ello, también la Iglesia católica.

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14.01.12

Las visitas pastorales de Santo Toribio (y II)

RECORRIÓ MILES DE KILÓMETROS VISITANDO SU GREY


JOSÉ ANTONIO BENITO RODRIGUEZ

Una vez llegado a Perú, desde su condición de arzobispo, tendrá que legislar y visitar. Además de prescribírselo las leyes civiles y eclesiásticas, Mogrovejo -prelado viajero, itinerante- desea un contacto directo con sus fieles, especialmente los indios. Le urge la pasión de evangelizar. Aunque era consciente de que sus salidas de la Ciudad de los Reyes podían ocasionar cierto abandono en el corazón de la archidiócesis, nada le hizo desistir de su propósito de visitar hasta el último de sus poblados. Como le visitase un colegial de san Salvador de Oviedo, de Salamanca, Gregorio de Arce, y le manifestase las quejas que circulaban en España sobre su ausencia de la sede limeña le respondió “que el andar en las visitas era lo que Dios mandaba y lo que estaba a su cargo para enseñar y atraer a la fe cristiana a los bárbaros e idólatras, bautizándolos y confirmándolos y reduciéndolos a que se confesasen…por Dios y por cumplir con su obligación y para dar ejemplo que se debe dar a los prelados que tienen a su cargo almas". Al monarca le dirá que saldría a visitar en 1593 “en conformidad de lo proveído por el Santo Concilio de Trento y Provincial y cédula de Vuestra Real Persona".

Nada más llegar a Lima, traía como primera misión el encargo real de convocar y celebrar el Concilio Provincial. De este modo lo convocó para el 15 de agosto de 1582. Este intervalo de tiempo, de mayo de 1581 a 15 de agosto del 1582 lo empleará en visitar los Llanos de La Nazca. Como la extensa costa norte de su Arquidiócesis que comprendía desde Lima hasta Jayanca, la había visitado en su largo viaje de llegada que realizó por tierra, viniendo desde Paita con dirección a su Sede, llegado a Lima en 1581, ahora emprende la visita del sur, hasta Nazca. Allí permanece hasta enero del 1582 debido a su apoyo a la publicación, predicación y distribución de la Bula de Cruzada. Él mismo lo cuenta al Rey. Por estas fechas, Santo Toribio Mogrovejo nos ofrece un valioso testimonio de la importancia concedida a la Bula. Se encontraba en la visita preliminar de 1581 como preparación al Tercer Concilio Limense, en los Llanos de La Nasca. Se encontraba el arzobispo en su primer año de ejercicio y ocupado en la visita desde hacía varios meses con la intención de dirigirse después a Huánuco.

Pasa la Cuaresma y la Pascua en Lima, y celebra el primer Sínodo Diocesano. Movido por el deseo de conocer a su pueblo, Santo Toribio, aprovechando el tiempo que aún faltaba para la apertura del III Concilio, se dirigió en visita pastoral hacia Huánuco, el extremo oriental de su Arquidiócesis, llegando prácticamente hasta los confines de su jurisdicción, muy cercana a las montañas vírgenes, donde terminaba la civilización. Simultáneamente iban llegando a Lima los obispos de Cuzco, La Imperial y Santiago de Chile; en Lima le esperaba el electo obispo de Paraguay para ser consagrado obispo. El Santo no pierde el tiempo y anota para sí y lo transmite al Rey la problemática y las soluciones:

“He visto gran parte de este Distrito por mi persona, y lo que he entendido tener necesidad de remedio es: proveer y dar doctrina a los indios por carecer de Sacerdotes, por tener cada Sacerdote en muchas partes muchos lugares de indios a su cargo y mucha distancia de camino, que es causa de que muera muy de ordinario los indios sin confesión y bautismo y demás sacramentos” (AGI, Patronato 248, Rº 5; Lissón, La Iglesia IIII, 36, n.11).

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31.12.11

Bruno, el gran buscador del silencio

HOMBRE DE CARÁCTER SIEMPRE IGUAL

La figura de San Bruno, que vivió en Francia y murió en Italia, aparece en la segunda mitad del siglo XI alta, blanca y silenciosa como la nieve de las montañas. Su hábito blanco es anterior al de los cistercienses; su silencio -al menos en la Historia- es mucho mayor, pues no hay duda que la Orden cartujana es la Orden que menos ruido ha metido en el mundo, y con ser tan santa, ni siquiera con la santidad de sus hijos ha buscado el campaneo sonoro, ni el panegirico solemne, ni el devoto rumor multitudinario.

Nacido Bruno de noble estirpe en Colonia por los años de 1030, habría realizado sus primeros estudios en el colegio de la ciudad, o colegiata de San Cuniberto, siendo después enviado en su juventud a la renombrada escuela de Reims, en donde se centró con entusiasmo a los estudios de artes y teología. Vuelto a Colonia, obtuvo un canonicato precisamente en la colegiata de San Cuniberto, y probablemente en ese momento fue ordenado sacerdote. El buen recuerdo que había dejado en Reims fue causa de que en 1057 el arzobispo Gervasio lo llamase para hacerle director de aquella escuela, cargo que desempeñó con brillantez durante casi veinte años. De entonces datan los pocos escritos que de él conservamos: “Expositio in psalmos”.

Uno de sus discipulos fue el futuro Urbano II; y otro, San Hugo obispo de Grenoble. A la muerte de Gervasio, habiendo conseguido aquella sede por medios simoniacos el obispo Manases de Gournay, no perdió Bruno su posición, sino que la mejoró con la cancillería del arzobispado, pero el nuevo arzobispo seguía negociando simoniacamente con los beneficios eclesiásticos, por lo cual el integro canciller y maestrescuela se le opuso con energía y respeto, denunciándole ante el sínodo de Autun (1077), por lo que el indigno obispo le desposeyó de su cargo. Pero también Manases había sido depuesto por el sínodo de Autun, y así comenzaron unos años de gran confusión para aquella iglesia, pues aunque el papa Gregorio VII rehabilitó al indigno prelado, de nuevo el sínodo de Lyon volvió a deponerle, y poco después, en 1080, el pontífice confirmó esta sentencia. Pudo entonces San Bruno retornar a su puesto, pero al ver que el sucesor de Manases entraba simoniacamente, disgustado del mundo tomo la resolución de consagrarse totalmente a Dios, retirándose a la soledad.

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15.12.11

La más famosa oveja perdida del Ottocento italiano

RACIONALISTA Y FRÍVOLA, ALESSANDRA DI RUDINI SE CONVIRTIÓ EN LOURDES

El abismo se abre ante mí, lo humano se derrumba, ya se ha derrumbado. El horror de este vacío atroz no se puede explicar con palabras humanas: ¿Por qué vivimos? Afortunado quien puede responder con seguridad a esta eterna pregunta.” Estas palabras, escritas por Alessandra di Rudini expresan la lucha de esta gran mujer entre la atracción de los placeres mundanos y la llamada del Dios del que ella procuraba huir con todas sus fuerzas.

Alessandra di Rudini es una de las figuras más fascinantes de la alta sociedad italiana del siglo XIX, famosa “oveja perdida” de aquella época racionalista que dejaba a Dios de lado pero que en el fondo no quería abandonarlo definitivamente, sino solamente vivir como si no hiciese falta hasta que de verdad hiciese falta para volver a El en situaciones desesperadas. Alessandra nace el 5 de octubre de 1876 en Roma, en el seno de una familia de la alta aristocracia siciliana, hija de Antonio Starabba, marqués de Rudini (1876-1931), que fue alcalde de Palermo a los veinticinco años tras el golpe de mano de Garibaldi sobre la Sicilia de los Borbones, y después fue Prefecto de Palermo, Prefecto de Napoles y llegó también a ser primer ministro del vo nuestado Italiano del 191 al 1892 y del 1896 al 1898. Fundó el Partido de la Joven Derecha con la que triunfo para ocupar el cargo en su primer mandato. Entre sus logros políticos esta el haber firmado, en 1896, el Tratado de Adís Adeba, que puso fin a las pretensiones italianas sobre Etiopía.

El marqués era de ideas racionalistas y políticamente revolucionarias, y compartía la hostilidad del rey Víctor Manuel II hacia la Iglesia. Su mujer, María de Barral, la madre de Alessandra, no compartía las ideas revolucionarias de su marido, si bien poco pudo influir en la educación de su hija, a causa de su débil salud. Alessandra tenía un hermano mayor, Carlo, que con el tiempo llegaría a ser marido de la hija del político británico Henry Labouchere y que también llegaría a ser conocido en la alta sociedad de aquel tiempo. La familia del marqués de Rudini llevaba en sí las contradicciones propias de la época en que sus personajes vivieron: El anticlericalismo propio del Risorgimento italiano, fuertemente influido por la masonería, y la idiosincrasia de aquel país que hace que hasta los más grandes enemigos de la Iglesia tengan amistades entre los eclesiásticos, incluso entre la alta jerarquía, y antes de o después se acuerden de Dios, por si acaso.

Por influjo de la madre, que por lo menos quería asegurarse un buen colegio religioso para su hija, a los diez años, ingresa en el internado del Sagrado Corazón de la Trinità dei Monti, en lo alto de la escalinata de la Piazza di Spagna, en Roma, sin duda una de las escuelas de mejor reputación en aquellos tiempos. Su madre tenía la esperanza de que las religiosas la ayudasen a corregir su carácter independiente, pero no solamente no lo consiguieron, sino que a causa de su mal comportamiento tuvieron que expulsarla al acabar el curso escolar, lo cual usó su padre como excusa para inscribirla en una escuela de espíritu liberal, muy diferente a la de las monjas, en la que Alessandra se encontrará más a gusto. Y de hecho, la joven disfrutó de aquel colegio en que la directora le dejaba cultivar su afición favorita, la lectura. Y por influjo de las ideas liberales del colegio, sin la cercanía de su madre, a los trece años ya estaba llena de dudas de fe, que la acompañarán durante muchos años.

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4.12.11

Mártir de la fe y de la diplomacia

LA AVENTURA DEL CARDENAL MINDSZENTY EN DEFENSA DE LA LIBERTAD DE LA IGLESIA

“Mi cuerpo podrá volver a mi patria sólo cuando la estrella roja abominable se haya eclipsado definitivamente.” Con estas palabras escritas en su testamento, el cardenal Joszef Mindszenty, primado de Hungría, selló su oposición extrema al comunismo, que él combatió heroicamente. En realidad, el cuerpo del cardenal fue devuelto a la patria el 3 de mayo 1991, cuando el gobierno de Budapest estaba dominado todavía por los comunistas, por lo que su secretario personal, monseñor. Tibor Meszaros, protestó oficialmente por esta violación de los deseos del difunto. Sin embargo, unos años más tarde, la estrella roja realmente se eclipsó en Hungría.

Después de más de treinta y seis años desde la muerte del cardenal, que se llevó a cabo el 6 de mayo de 1975, hoy queremos recordar brevemente su testimonio heroico en defensa de la fe y la libertad. Toda la vida de Mindszenty fue un signo de contradicción, como corresponde a los confesores de la fe, solo que mientras en la primera y segunda fase de su vida se opuso a los regímenes totalitarios que oprimía a la Iglesia y a su patria, en la tercera etapa tuvo que hacer malabares en una situación interna de la Iglesia que, por el debido respeto a los protagonistas y la importancia del tema, preferimos describirla con las mismas palabras del cardenal en sus famosas memorias.

Nacido bajo el nombre de József Pehm el 19 de marzo de 1982, fue ordenado sacerdote en 1915 por el obispo de Szombathely, el conde János Mikes. En la primera fase de su ministerio pastoral tuvo que soportar la terrible persecución y la violencia de los enemigos de la Iglesia, de la que siempre defendió la unidad, la integridad y los derechos, lo que le hizo muy popular en su tierra natal y en el extranjero. Ya cuando era un joven sacerdote fue encarcelado por su oposición al régimen comunista de Bela Kun, en el llamado “período rojo” 1918-1920. Posteriormente, en 1944, cuando fue nombrado obispo de Veszprém por el Papa Pío XII, Mindszenty fue encarcelado de nuevo por el régimen nazi impuesto por Hitler al ocupar Hungría, pues el prelado, que ya durante el régimen filofascista de Miklós Horthy (1920-1944) había defendido la libertad de religión, se opuso en seguida a la aplicación de las leyes racistas importadas de Alemania.

Acabada la tormenta de la Segunda Guerra Mundial, Mindszenty se había convertido en un héroe nacional. El Papa Pío XII lo nombró cardenal y Primado de Hungría, y le encargó la misión de fomentar el retorno de su patria a la fe, con la esperanza del retorno de los Habsburgo al el trono de San Esteban. Sin embargo, los acuerdos de Yalta entregaron a la nación desventurada al régimen comunista que tomó el poder primero en coalición y luego solo. El primado se convirtió así en el protagonista de la resistencia católica al sanguinario régimen soviético de Rakosi. El prelado se negó a reconocer al usurpador y se opuso a la opresión de la comunidad eclesial, a la secularización de la educación escolar y la colectivización de la agricultura.

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27.11.11

Nuestros mártires, 75 años después

RECORDANDO A LA BEATA CARMEN VIEL

RODOLFO VARGAS RUBIO

En julio se cumplieron 75 años desde el comienzo de aquel verano ardiente de 1936, cuando en España se desató la etapa más cruel y sangrienta de la persecución religiosa que venía teniendo lugar sistemáticamente desde 1931, bajo la Segunda República. Porque a todo lo largo de ese período de vorágine política no faltaron estallidos de furia anticatólica, que se tradujeron en quemas de iglesias y conventos, maltrato y hasta asesinato de sacerdotes y religiosos, destrucción de ingente patrimonio artístico y cultural por el solo hecho de su carácter religioso. Un ensayo general a escala local de lo que sería la gran oleada persecutoria que inundaría media España algún tiempo después lo constituyó la Revolución de Asturias de 1934, aquella intentona de los socialistas y comunistas de tomar el poder por la fuerza al no resignarse a la victoria limpia y legal de las derechas en las elecciones del año anterior (dicho sea de paso, fue ese golpe de Estado frustrado y no el Alzamiento del 18 de Julio lo que condenó irremisiblemente y acabó por dar al traste con la República).

Se ha dicho más de una vez que la Iglesia Católica había dado pábulo a sus enemigos para que se cebaran contra ella en aquella década tan decisiva de los años Treinta del siglo pasado. Ello es ignorar los hechos. En primer lugar, el advenimiento de la República fue recibido por los católicos serenamente. Bien es cierto que había obispos afectos a la Monarquía que acababa de caer (el más destacado fue el Cardenal Segura, entonces arzobispo-primado de Toledo), pero la jerarquía española recordó que la Iglesia no aprueba, como cuestión de principio, ninguna forma de gobierno más que otra, sino que apoya a cualquiera que cumpla con el deber esencial del Estado, cual es el de procurar el bien común. Los católicos fueron libres de participar activamente en política ocupando cargos y puestos bajo la República, cuyo primer presidente, Niceto Alcalá Zamora, era practicante. Así pues, la acusación de hostilidad hacia el nuevo régimen por nostalgia y apego al anterior, bajo el cual se habría sentido más cómoda la Iglesia no se ajusta en modo alguno a la verdad.

En segundo lugar, lejos de observar una actitud provocadora o desafiante, la Iglesia Católica se mostró prudente, a veces hasta en exceso frente a un Estado agresivo e intolerante. La actitud del Nuncio Apostólico, Mons. Federico Tedeschini (más tarde cardenal) fue juzgada demasiado apaciguadora y condescendiente con un poder político que no demostraba consideración hacia la religión mayoritaria de España. Idéntica postura fue la observada por el Cardenal catalán Vidal i Barraquer. Es más: se sacrificó a los prelados más valientes –el Cardenal Segura y el obispo Múgica de Vitoria– por bien de paz, que se demostró al final ser completamente ilusorio. A pesar de la Carta de los Metropolitanos de 1931 y de la Pastoral Colectiva del Episcopado Español de 1932, los Obispos se mantuvieron por lo general en un silencio expectante, que fue funesto para los católicos, que esperaban de ellos una guía para la acción y se vieron en consecuencia desorientados, sin saber cómo proceder y dejándose ganar el terreno por los sindiós. La Acción Católica, que habría podido ser una fuerza determinante y disuasoria a la hora de enfrentarse a las políticas antirreligiosas del gobierno como correa de transmisión de las directivas del episcopado, adolecía de falta de organización y de empuje y quedó completamente neutralizada. No hubo, pues, una fuerte y concertada oposición católica a los desmanes de los sectarios y la Iglesia acabó yendo como oveja al matadero.

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20.11.11

El Congreso Eucarístico que cumplió cien años

CIEN AÑOS DE UN CONGRESO EUCARÍSTICO MEMORABLE: MADRID, 1911

RODOFO VARGAS RUBIO

Este año se ha cumplido el primer centenario de un evento importante en la vida religiosa española: el XXII Congreso Eucarístico Internacional de Madrid, que tuvo lugar del 25 al 30 de junio de 1911. Por una feliz circunstancia, el Romano Pontífice bajo cuyo reinado y égida se celebró la grandiosa manifestación era nada menos que san Pío X, el llamado “papa eucarístico”. Menos de un año antes había promulgado el importantísimo decreto Quan singulari (8 de agosto de 1910), por el que se establecía la edad de la primera comunión de los niños en la de la aparición del uso de razón. Como se sabe, hasta entonces se retrasaba la recepción del pan eucarístico hasta prácticamente la adolescencia, con lo cual se privaba a los niños de la gracia extraordinaria del magno sacramento por un sentido errado de reverencia, resabio de jansenismo y expresión de un cierto cartesianismo. Cinco años antes el Papa Sarto había emanado el decreto Sacra Tridentina Synodus sobre la comunión frecuente (20 de diciembre de 1905), que vino a poner fin a la práctica de no comulgar sino de vez en cuando y con permiso del confesor, sin duda con la intención de evitar la rutina y aun el sacrilegio, pero olvidándose de que la Eucaristía es el mejor medio para la santificación. Justamente, pues, el primer Congreso Eucarístico Internacional que se celebraba en España (tercero de ámbito nacional, siguiendo al de Valencia de 1893 y al de Lugo de 1896) iba a serlo bajo los mejores auspicios.

San Pío X nombró legado suyo a latere para presidirlo al cardenal franciscano Gregorio María de Aguirre García (1835-1913), del título de San Juan ante Portan Latinam, arzobispo de Toledo, primado de las Españas y patriarca de las Indias Occidentales, así como senador por derecho propio ante las Cortes del Reino. Como dato interesante de su biografía, cabe destacar que fue consagrado obispo en 1885 por el entonces nuncio en España monseñor Mariano Rampolla del Tindaro, más tarde cardenal y fallido papa en el cónclave de 1903, durante el cual le fue interpuesto el exclusive del emperador austrohúngaro y del que salió finalmente elegido san Pío X. También frecuentó al secretario de la nunciatura de Madrid, monseñor Giacomo della Chiesa, que en 1914 se convertiría en el papa Benedicto XV. El 23 de junio de 1911 fue solemnemente recibido el cardenal legado en la capital española, aunque con una significativa frialdad por parte del gobierno liberal de José Canalejas, presidente del Consejo de Ministros en el contexto del régimen turnista de la Restauración.

Hay que decir que las relaciones entre Iglesia y Estado no pasaban por su mejor momento. La escalada anticlerical que se había desatado en España coincidiendo con las crisis políticas del siglo XIX (y que se manifestó virulentamente en episodios dramáticos como las matanzas de frailes y las desamortizaciones) había sido frenada gracias al Concordato con la Santa Sede de 1851 y a la Constitución de 1876, que consagraba el principio de la confesionalidad del Estado. Pero la aversión a la Iglesia Católica quedaba latente en amplios sectores de inspiración revolucionaria y en las capas sociales más susceptibles a la propaganda anticristiana. El ejemplo de Francia con su ley de separación de Iglesia y Estado de 1905 (Ley Combes) traspuso los Pirineos y se convirtió en parte del programa liberal. Precisamente pocos meses antes del Congreso Eucarístico Canalejas había promovido la llamada “Ley del Candado” (27 de diciembre de 1910), por la que se prohibía el establecimiento de nuevas órdenes y congregaciones católicas sin autorización previa del gobierno, a la espera de una nueva ley de asociaciones, cuyo proyecto fue presentado al Congreso el 8 de mayo de 1911, aunque no se llegó a tramitar.

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13.11.11

Santo Toribio, defensor y padre del indio (I)

LOS PRIMEROS AÑOS DEL GRAN OBISPO DE LIMA

José Antonio Benito Rodríguez

I.TORIBIO ALFONSO MOGROVEJO ANTE LA HISTORIA

La figura del segundo auténtico Santo Padre de América, va cobrando el puesto histórico que le corresponde. Tenemos la mejor prueba con motivo del IV Centenario de su muerte, celebrado el pasado 27 de abril del 2006. Nuestra olvidadiza Lima, celebró por todo lo alto el IV Centenario de su muerte La Universidad Nacional de San Marcos en la persona de su rector Dr. Manuel Burga conmemoró la incorporación del Santo como doctor honoris causa, el Presidente del Congreso, Marcial Ayaipoma, a nombre del Congreso de la República, condecoró a Santo Toribio de Mogrovejo con la con el grado de Gran Cruz en Grado Póstumo. Mientras que el alcalde de Lima, Luis Castañeda Lossio, entregó la medalla de la ciudad de Lima al Santo Arzobispo. El Enviado Especial del Papa Benedicto XVI, Cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez, en la clausura del Congreso Académico Internacional Santo Toribio de Mogrovejo manifestó que una de las enseñanzas que debemos rescatar de Santo Toribio de Mogrovejo es su valentía de aceptar la voluntad del Señor con total disponibilidad y de entregarse al ejercicio de su ministerio sin reservas hasta el momento de su santa muerte:

He quedado muy impresionado con la polifacética personalidad de nuestro Santo y puedo asegurarles que, si bien conocía algo de su santa e intensa vida, es ahora cuando he podido conocerlo y quiero junto con ustedes dar gracias al Señor por haber regalado al Perú y a toda América tan Santo y egregio Pastor…Hoy, a cuatro siglos de su paso por este mundo, los esfuerzos del Santo Arzobispo se notan en cada templo y poblado del territorio peruano, donde la devoción a la Eucaristía y a la Virgen son los medios que acrecientan y alimentan su fe y esperanza y, sobre todo, lo que enciende sus corazones de caridad…Debe decirse en la celebración del IV Centenario de la muerte de Santo Toribio que su testimonio de vida, su santidad, sabiduría, celo apostólico, caridad y gobierno pastoral han dejado huellas imborrables en la historia eclesial del Perú y del Continente y que los llamados a ejercer el ministerio episcopal hoy en nuestra América Latina debemos estudiar y conocer mejor su ejemplar vida porque es mucho lo que nos puede enseñar.

Nadie como él encarnó el perfil trazado por Juan Pablo II en su exhortación postosinodal Pastores gregis encaminada a valorar la triple misión (el “munus”) de los obispos (enseñar, santificar y regir) proponiéndoles “el ejemplo de Pastores santos, tanto para su vida y su ministerio como para la propia espiritualidad y su esfuerzo por adaptar la acción apostólica” (n.25).

Nacido en Mayorga (Valladolid-España) en 1538 y fallecido en Zaña, Perú, 1606), contaba 39 años cuando fue elegido como segundo arzobispo de Lima; debió interrumpir sus estudios de doctorado en derecho civil y canónico por la Universidad de Salamanca al ser nombrado juez inquisidor de Granada. Sin pasar por ningún seminario, fue ordenado diácono, sacerdote y obispo en pocos meses, llega al Perú, donde desde el 1581 acomete la aventura de ser pastor de una de las diócesis más grandes del mundo, cuyo territorio se extendía del Océano Pacifico a la selva de la Amazonía y a los valles inaccesibles de los Andes, en un mundo en transformación y lleno de contradicciones. Efectivamente, la sociedad incaica del Tahuantinsuyo había sido conquistado hacía cincuenta años, sufriendo una metamorfosis con la presencia española que puso las bases de la nueva sociedad mestiza de la peruanidad.

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27.10.11

Santos por las calles de Nueva York (VIII): Fulton Sheen, el obispo de la televisión

FULTON SHEEN, MÁS CERCANO A LOS ALTARES

Con la discusión en Roma, por parte de los teólogos consultores de la vaticana Congregación de los Santos, de las virtudes heroicas de Fulton Sheen, el popular obispo de la radio y la televisión que infundió consuelo y esperanza a los americanos en los años duros de la depresión económica y posteriormente durante la II Guerra Mundial, se acerca un paso más a los altares. Y es que detrás de aquella figura mediática había un sacerdote y obispo que amó profundamente a Jesucristo.

El más joven de cuatro hermanos, Fulton Sheen nació en El Paso, Illinois (Estados Unidos), diócesis de Peoria, el 8 de mayo de 1895. Hijo de Newton y su esposa Delia, de ascendencia irlandesa, en el momento de nacer su madre lo consagró a la Virgen María, consagración que posteriormente él repitió en el día de su Primera Comunión. En 1900 sus padres se mudaron a una granja a las afueras de Peoria, el centro de la diócesis, para que sus hijos pudieran asistir a una escuela católica, que en la ciudad abundaban pero en las zonas rurales no.

En 1917, después de terminar la escuela secundaria, entró en el seminario de St. Paul, Minnesota, donde estudiaban seminaristas de varias diócesis. Ya entonces y más todavía hoy en la actualidad, los seminaristas estadounidenses cursan estudios eclesiásticos en centros de estudios superiores que a veces están fuera de la propia diócesis, por no haber normalmente infraestructuras en cada para su formación en cada una de ellas. Vuelto a su diócesis, fue ordenado sacerdote en la catedral de Peoria, 20 de septiembre de 1919, a la edad de 24 años. En esta ocasión se hizo a sí mismo una promesa, que según los que le conocieron de cerca llevó a cabo a lo largo de su vida, la de permanecer en adoración ante el Santísimo Sacramento durante al menos una hora al día.

Después de su ordenación continuó sus estudios en la Universidad Católica de Washington inicialmente por dos años. Pero el joven sacerdote quería profundizar en la filosofía de Santo Tomás de Aquino, la filosofía perenne, para así refutar, a la luz de la razón y la fe, los graves errores de la filosofía moderna, por lo que pidió a su obispo continuar estudios en algún centro en Europa. El obispo lo envió a estudiar en la Universidad de Lovaina, en Bélgica, donde Don Fulton se distinguió por su vida sacerdotal ejemplar, por su inteligencia brillante y por un cierto encanto personal que lo hacían simpático a los que le conocían. En Lovaina obtendría años después el doctorado en filosofía, pero antes estudió en la Sorbona de París y con los Dominicos en el Angelicum de Roma, donde obtuvo su doctorado en teología.

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