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31.01.10

El día en que la Virgen se apareció a la última del convento

“¡OH MARÍA, SIN PECADO CONCEBIDA,ROGAD POR NOSOTROS QUE RECURRIMOS A VOS!

En la Rue du Bac, número 140, en pleno centro de París, en la casa madre de la Compañía de las Hijas de la Caridad, que fundaran san Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac, habitaba en 1830 una novicia llamada sor Catalina Labouré, a quien la Santísima Virgen confió un mensaje salvador para todos los que con confianza y fervor lo aceptaran y practicaran. El 27 de noviembre de 1830 sor Catalina escuchó una voz en su interior que decía: «Haz que se acuñe una medalla según este modelo. Todos cuantos la lleven puesta recibirán grandes gracias. Las gracias serán mas abundantes para los que la lleven con confianza». Entonces se creó una forma ovalada en torno a la Virgen y en el borde interior apareció escrita la siguiente invocación: «María, sin pecado concebida, rogad por nosotros, que acudimos a vos».

De esta aparición primera y otra posterior, surgió años después un movimiento mariano que hoy conocemos como la asociación de la Medalla Milagrosa, y que este año está de jubileo. Aprobada por San Pío X en 1909, la asociación cuenta con más de seis millones de miembros en todo el mundo. Su fin es fomentar la devoción a la Virgen María, Madre de Dios, concebida sin pecado original y modelo de la Iglesia Peregrina, conscientes de que el culto a la Madre redunda en gloria y alabanza de su Hijo, el Salvador, por medio de la Medalla Milagrosa y el apostolado que se ejerce mediante la Visita Domiciliaria.

Todo comenzó comenzó aquel 27 de noviembre de 1930. A Catalina Labouré se le apareció la Virgen para enseñarle y recomendarle que propagara la Medalla Milagrosa. Nació en Francia, de una familia campesina, en 1806. Al quedar huérfana de madre a los 8 años le encomendó a la Virgen que le hiciera de madre, y la Madre de Dios aceptó su petición. Como su hermana mayor profesó en la filas de San Vicente de Paúl, Catalina tuvo que quedarse al frente de los trabajos de la cocina y del lavadero en la casa de su padre, y por esto no pudo aprender a leer ni a escribir.

A los 14 años pidió a su padre que le permitiera irse a un convento pero él, que la necesitaba para atender los muchos oficios de la casa, no se lo permitió. Ella le pedía al Señor que le concediera lo que tanto deseaba: consagrarse a él. Una noche vio en sueños a un anciano sacerdote que le decía: “Un día me ayudarás a cuidar a los enfermos". Al salir de visitar a una enferma vio otra vez a aquel sacerdote que le dijo: Hija mía, tu ahora huyes de mí, pero un día será feliz de venir a mí. Dios tiene designios sobre ti, no lo olvides imagen de ese sacerdote se le quedó grabada para siempre.

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