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28.11.14

La crisis postconciliar de la vida religiosa

UNAS DECLARACIONES DEL PURPURADO FRANCÉS A LA RADIO VATICANA EN 1972 GUSTARON POCO AL P. ARRUPE Y A OTROS GENERALES RELIGIOSOS

DanielouAl comienzo del año dedicado a la vida religiosa, reproponemos un post de este mismo blog del ya lejano año 2009, por lo ilustrativo que es sobre el origen de la situación actual de muchas familias religiosas

Las declaraciones del Cardenal Daniélou que crearon la polémica con los Generales de ciertos institutos religiosos hay que ponerlas en el marco de la celebración del I Congreso de las Conferencias Nacionales de Religiosos, de uno y otro sexo, después del Vaticano II, celebrado en Roma del 17 al 19 de octubre de 1972. Este Congreso, convocado por la Sagrada Congregación de Religiosos, había sido previsto con miras a la reunión plenaria de la misma Congregación de Religiosos, del 23 al 25 de octubre. Se abrió con un discurso del Cardenal Ildebrando Antoniutti, y se concluyó con un discurso del Beato Pablo VI.

En él se pusieron sobre el tapete todos los problemas que agitaban entonces la vida religiosa, con los cambios, las experiencias, los fermentos renovadores, los aciertos y desaciertos en la aplicación de las directrices conciliares para una acomodada renovación de los institutos religiosos. Luego vino la Plenaria de la Congregación de Religiosos. Parece ser que en la orden del día estaba el punto candente a que se refería el Cardenal, o sea, el de la autorización a los religiosos observantes para constituir comunidades aparte. Y antes, justamente, de esa Plenaria surgieron las Declaraciones del Cardenal en Radio Vaticana el 23 de octubre del 1972. Helas aquí traducidas del italiano:

“Cuestión: ¿Se da hoy, realmente, una crisis de la vida religiosa, y cuáles serían las dimensiones y los síntomas?

monjasCard. Daniélou.-Estamos en presencia de una crisis muy grave de la vida religiosa: no se puede hablar de renovación sino de decadencia. Esta crisis afecta, en primer lugar, al mundo atlántico. La Europa del Este y los pueblos de África y Asia gozan de una situación mucho más sana. La crisis se manifiesta en todos los campos. Los Consejos evangélicos han dejado de considerarse como consagración a Dios, para ser vistos en una perspectiva sociológica y psicológica. Existe, sí, la preocupación de no parecer burgueses, pero en el plano individual ya no se practica la pobreza. La obediencia religiosa se sustituye por la dinámica del grupo. Bajo pretexto de ir contra los formalismos, se abandona toda regularidad en la vida de oración. Las consecuencias de este estado de confusión se advierten, sobre todo, en la escasez de las vocaciones. Pues los jóvenes lo que quieren es una formación seria. Par otra parte se dan continuos abandonos de la vida religiosa, lo que produce escándalo, pues se rompe el pacto que unía al pueblo de Dios.

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27.04.10

Historias del Postconcilio: El Rin se precipitó en el Tiber

REFLEXIÓN, A POSTERIORI, SOBRE LAS DIVISIONES DEL CONCILIO

A fines de 1973 aparecía en francés el libro que su autor, inglés, había publicado en Nueva York en 1967, bajo un título curioso y lleno de intención: El Rin se precipita en el Tiber (The Rhine flows into the Tiber). El autor del libro era el Padre Ralph M. Wiltgen, de la Sociedad del Verbo Divino, encargado de una agencia de prensa plurilingüe, y, por ello, con oportunidad para seguir muy de cerca la evolución del Concilio Vaticano II, en su curso y en sus meandros o recovecos más íntimos. La justificación del título la daba el autor de la siguiente manera:

Cien años antes del nacimiento de Cristo, Juvenal, en una de sus Sátiras, escribía que el Oronte, río principal de Siria, se había precipitado en el Tíber. Queriendo significar con ello que la cultura siríaca, por él menospreciada, había logrado imponerse a la romana, por él tan querida… Pues bien, lo que sucedió en el plano cultural en tiempos de Juvenal, eso ha sucedido en nuestro tiempo en el plano teológico. Pero, esta vez, la influencia vino de los países situados en las riberas del Rin (Alemania, Austria, Suiza, Francia, Holanda y la vecina Bélgica). Y ello porque los cardenales, obispos y teólogos de estos seis países lograron ejercer sobre el Concilio Vaticano II una influencia preponderante, que es lo que justifica el título que doy a mi libro: El Rin se precipita en el Tíber.

Equivale el título a una versión geográfica de la división ideológica de los Padres y teólogos del Vaticano II, que comúnmente se ha traducido (no sin puntos discutibles, dicho sea de paso, por lo simplista de la división) por la denominación de “progresismo” e “integrismo", con la preponderancia de los primeros, y la advertencia de que la división ideológica o de personas no se corresponde exactamente con su contraposición geográfica, pues “progresistas” hubo que no estaban riberas del Rin, e “integristas” que no lo estaban riberas del Tíber.

Pero, en fin, la fórmula del Padre Wiltgen era buena, porque efectivamente fue la Europa del Rin, representada principalmente por Alemania, Holanda y Bélgica, y secundariamente por Francia, la que se precipitó, en sentido de oposición y divergencia con Roma, entendiendo por ésta especialmente la Curia Romana, contra la que aquéllos traían una animadversión manifiesta. Los alemanes, por su carácter previsor y disciplinado, se adelantaron a todos y se pusieron en orden de batalla, la que iniciaron abiertamente al abrirse el Concilio, muy bien pertrechados. Los demás parece ser que fueron cogidos casi por sorpresa.

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21.02.10

Historias del Postconcilio (VI): El origen del "Credo del Pueblo de Dios" de Pablo VI

UN CREDO PARA LUCHAR CONTRA LOS ERRORES QUE POR TODAS PARTES BROTABAN EN EL SENO DE LA IGLESIA

Pablo VI concluyó solemnemente el 30 de junio de 1968 el “Año de la Fe", inaugurado 12 meses antes con ocasión del 1900º Aniversario del martirio de los apóstoles Pedro y Pablo, fijado de modo aproximado por la tradición en el año 68, bajo el mandato del Emperador Nerón. Durante la celebración en la plaza de San Pedro nadie podía predecir que el año 68 daría su nombre a toda una generación que se proponía de romper con el mundo de sus padres.

Pero también la Iglesia católica debía experimentar este año 1968 como uno que marcaría para simepre el pontificado de Pablo VI: El 25 de julio, pocas semanas después que la conclusión del “Año de la Fe", el Santo Padre publicó la encíclica “Humanae vitae” que causó un terremoto en la Iglesia, como ya hemos visto en otro artículo, con reacciones de enteras conferencias episcopales, prelados y teólogos católicos que el Papa nunca se esperó, por no hablar de todo lo que entonces djio la prensa ypersonajes seculares de medio mundo… No olvidemos que a partir de ese momento, Pablo VI no volvió a escribir una encíclica en los diez años restantes de su pontificado.

Para muchos pasó prácticamente desapercibido el que el 30 de junio de 1968 el Papa dio lectura a un documento de grandísima importancia, por la polémica que días después se montó por la “Humanae Vitae” y que duraría meses, si no años. Nos referimos al “Credo del Pueblo de Dios", exposición sencilla y amena de la fe de la Iglesia qua aún todavía muchos no han leído, pero enb el que Pablo Vi puso grandes esperanzas. Porqué el Papa Montini pronunció dicha confesión de fe y luego la hizo publicar como motu propio en las Actas de la Santa Sede, y quién escribió en realidad este credo nos lo informa el volumen VI de la correspondencia entre el teólogo y cardenal suizo Charles Journet y el filósofo francés Jacques Maritain, personajes que, en general, son clave para entender muchos aspectos del pontificado de Pablo VI.

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22.01.10

Historia de la Reforma Litúrgica (VII): Ottaviani tenía razón

PABLO VI LE DIO LA RAZÓN AL CARDENAL OTTAVIANI EN SUS CRÍTICAS A LA PRIMERA EDICIÓN DEL “NOVUS ORDO”

No vale la pena recoger las piedras que se lanzaron contra el cardenal Ottaviani cuando se le ocurrió dirigirse por escrito al Papa en 1969, a raíz de la promulgación del Nuevo Misal, para pedirle con amor filial una reconsideración del mismo, sobre todo de algunos números concernientes a la “Ordenación general del Misal romano". Los medios de comunicación y no pocos eclesiásticos trataron a dicho cardenal como si se tratara del más encarnizado enemigo de la Santa Iglesia católica. Pero en realidad todo se explica sabiendo la ojeriza que le guardaban los que estaban siempre prontos a acoger cualquier novedad y a darla por buena, o mejor, por la sola razón de ser nueva.

Es un acto de justicia recordar los titulares de protesta y de rechifla contra el gran cardenal, aparecidos en uno de los rotativos de Madrid, a cuenta de uno de estos clérigos “progresistas” que acusaba a Ottaviani de haber dado al Papa el mayor disgusto de su vida. Y hasta revista tan oficiosa como nuestra Ecclesia dio cabida en sus páginas a una crónica de Roma que rezumaba ira y casi desprecio para el cardenal. Su toma de posición acerca del Nuevo Misal se presentaba como exponente máximo de la corriente mas “ultra” del grupo tradicionalista, en un intento de bloquear, “aunque con ninguna posibilidad de éxito, el lento y gradual impulso de reforma en la Iglesia", patrocinado por Pablo VI. Y se recogían juicios y apreciaciones acerca de la postura del cardenal que no miraban a otra cosa sino a dejarle en mal lugar frente al Papa, tachándole, cuando menos, de indiscreto y reaccionario.

No faltaron otros que a cara descubierta le dijeron “soberbio y desobediente". Tampoco faltaron los que señalaron su distinto comportamiento cuando se trató de intervenciones pontificias en otra línea más tradicional, v. gr., la de la Mysterium fidei, Sacerdotalis coelibatus, Catecismo Holandés y Humanae vitae, como si no pudiera estar justificada la distinta toma de posición de una misma persona sobre problemas diversos y hasta sobre distintas decisiones de una misma autoridad, cuando lo que se discute no es la autoridad, sino la oportunidad o el acierto de lo que se ordena, que por lo demás se esta dispuesto a acatar.

Sin embargo, Ottaviani no estaba solo: Aparte que su carta al Pontífice iba apoyada también por el cardenal Bacci, y un escrito adjunto de gran numero de teólogos de valía, otras muchas personalidades, de una forma u otra, expresaron también reservas o reparos. Sin ir más lejos, el mismo arzobispo de Madrid-Alcalá hizo, en una entrevista periodística, algunas puntualizaciones en este sentido. Y monseñor Guerra Campos, secretario del Episcopado español, en unas declaraciones concedidas al diario Ya, de Madrid, a raíz de la publicación en L’Osservatore Romano del comunicado de la Comisión de la Santa Sede, en que se apuntaba la posibilidad o conveniencia de corregir algunas redacciones del Nuevo Misal, vistos los reparos puestos por algunos, dijo entre otras cosas: La Ordenación o “Institución del Misal", no debe confundirse con el texto del Misal. Aquella son la instrucción y norma reguladora del uso de este. Generalmente no es doctrinal. De hecho, el mismo secretario de la Congregación, Bugnini, reafirmo que tal Ordenación no es un texto dogmático, sino mera y simple exposición de normas o ritos.

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8.01.10

Historias del Postconcilio (V): Pablo VI y la renovación de la Compañía de Jesús

PABLO VI SIGUIÓ CON PREOCUPACIÓN EL “AGGIORNAMENTO” POSTCONCILIAR DE LOS JESUITAS

Pablo VI siguió con preocupada atención las peripecias de los Institutos religiosos durante los años que siguieron a la clausura del Concilio Vaticano II. La secularización de un número considerable de sus miembros, la escasez de vocaciones y la gradual reducción de los efectivos de aquellos Institutos, inquietaban al Pontífice; y más todavía le preocupaba la desorientación acerca de los fines propios de cada Orden o Congregación, que podía ser la consecuencia –como realmente lo fue- de un imprudente “aggiornamento” encaminado a acomodar tales instituciones a las nuevas circunstancias de la sociedad contemporánea. El Papa, en una carta dirigida en 1974 al Prepósito General de la Compañía de Jesús, el español Pedro Arrupe, exponía las grandes directrices que habrían de ser tenidas siempre en cuenta al proceder a la obra de la acomodación. No quería –escribía- que “la renovación se realice al precio de experiencias arriesgadas, extrañas al genio propio de cada familia religiosa y, con más razón, si implicaban el abandono de los valores primordiales de una vida consagrada a Dios”.

El Papa Montini siguió especialmente de cerca la evolución de los acontecimientos en la Compañía de Jesús, y ello por diversas razones: por la importancia que tenía en la vida de la Iglesia universal y, también, por la condición que le correspondía de Superior supremo de la Compañía, derivada del vínculo particular que, desde su fundación, ligaba la Orden al Romano Pontífice. Dos preocupaciones primordiales inspiraron la actuación de Pablo VI: La salvaguardia de la integridad de la Formula Instituti –su constitución orgánica- y la fidelidad de la Compañía a sus fines propios.

El 22 de mayo de 1965 –estando todavía reunido el Concilio- Pablo VI se dirigió a los Jesuitas miembros de la Congregación General 31 que, tras el fallecimiento del P. Janssens, eligió como Prepósito General a Arrupe y encomendó a la Compañía la lucha contra el amenazador peligro del ateísmo. Pidió a la Orden “que tiene por característica ser baluarte de la Iglesia y la religión, que aúne sus fuerzas para oponerse valientemente al ateísmo, bajo la bandera y protección de San Miguel, príncipe de la milicia celestial”.

La Congregación pasó revista y sometió a examen todos los aspectos de la vida y de la actividad de la Compañía: - sus estructuras internas, con todo lo relativo a sus órganos de gobierno, personales (superiores en todos sus niveles, sus consultores y asesores) y colectivos; - la condición de las diversas categorías de sus miembros (definitivamente incorporados y no, con una consideración especial de los hermanos); - los objetivos, procesos y métodos de la formación de sus miembros en vida espiritual y en estudios y otras competencias, enlos diversos estadios; - los diversos ministerios apostólicos, con especial énfasis en la necesidad de una adecuada selección de los mismos para responder con eficacia a las nuevas necesidades que se presentaban; - y, con especial interés, los diversos aspectos de la vida espiritual de los jesuitas, individualmente y en comunidad, y la observancia de los votos religiosos y de la forma de vida propia de la Compañía. Nada escapó a su revisión y adaptación.

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