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9.01.10
Por desgracia para mí, me resulta del todo imposible acudir diariamente al Sacrificio Eucarístico. Asisto, además de todos los domingos y fiestas de guardar, tantas veces como puedo. Nunca sé si una semana, además del domingo y las fiestas de guardar, podré volver a asistir otra vez. Por eso, cada vez que acudo, lo hago como si fuera la última vez.
Hace tiempo que aprendí que, cuando entro al templo, sólo existe una cosa: Cristo Crucificado en la Sagrada Forma. Francamente, todo lo demás me parece más o menos accesorio. Sin embargo, también por desgracia para mí, en el Rito Ordinario me distraigo con cierta facilidad.
El sacerdote, a lo largo de la misa, sin contar las lecturas, cambia hasta seis veces de interlocutor, dirigiéndose bien a los fieles, bien a Dios por medio de alguna de las tres Personas de la Santísima Trinidad. Y, al menos otras dos veces más, se dirige a los fieles para que ellos se dirijan a Dios. Y todo eso sin contar los comentarios “ad hoc” antes de las Preces, del Ofertorio, del Rito de la paz (con unas muestras de efusividad que jamás se repiten fuera del templo) y de la bendición final, momento en el que el párroco suele aprovechar para informar del resultado de las actividades parroquiales de la semana pasada y de las previstas para la semana entrante.
Si tenemos en cuenta que en el momento de la Consagración es prácticamente imposible ver cómo el sacerdote levanta la Sagrada Forma porque una gran parte de la feligresía no estima oportuno arrodillarse, que los confesionarios están vacíos de fieles porque también suelen estarlo de sacerdotes (y que, por lo tanto, se acercan a la Eucaristía en un estado espiritual, digámoslo así, “peligrosamente” dudoso), que los Sagrarios han sido desterrados a capillas auxiliares, que la Comunión es distribuida en muchos casos por “ministros extraordinarios” a los que no les gusta administrarla en la boca, que casi nadie se arrodilla para tomarla sino que se suele dar en muchos casos de pie en la mano (¡y hay que ver qué manos tan poco escrupulosas en cuanto a la limpieza!) y que casi la mitad de los que usan esta forma de comulgar lo hacen de forma litúrgicamente irregular, entonces empezaremos a entender cuál es el verdadero significado de la palabra “desacralización”.
Para colmo de males, nadie parece estar interesado en obedecer las instrucciones de la Santa Sede de traducir “pro multis” como “por muchos”, ni en llenar las pilas de agua bendita con agua bendita, ni en dejar abierto el templo un cuarto de hora después del Sacrificio para poder hacer una acción de gracias en condiciones.
¿Es que a nadie le duele ver las colas hacia la Comunión pasando delante de la capilla lateral del Santísimo, con los fieles dándole la espalda al Sagrario a la ida, y pasando sin realizar la genuflexión, ni ningún otro gesto de respeto, a la vuelta?
Supongo que la feligresía debe de ser tres veces santa porque sólo necesita medio segundo, el tiempo mínimo imprescindible para que el sacerdote recupere el resuello, para arrepentirse en condiciones de sus pecados al inicio del Sacrificio.
Y también debe tener una capacidad de concentración y una agudeza auditiva a prueba de bomba para poder oír y entender la proclama de la Palabra de Dios, tantas veces leída por personas que jamás leen la Biblia.
Capacidad de concentración y agudeza auditiva sólo comparables, quizá, a su devoción eucarística, jamás interrumpida por “la espiga dorada por el sol”, “la Iglesia [que] en marcha está” y el resto de canciones de Comunión cuya misión parece ser evitar a toda costa cualquier atisbo de silencio antes del trascendental momento de recibir el Corpus Christi.
Sin embargo, ni siquiera esa inmensa, oceánica devoción a la Eucaristía que inunda a la feligresía parece capaz de vencer la dificultad de tener que arrodillarse en el frío suelo para levantarse inmediatamente después sin tener un solo punto de apoyo en medio del impetuoso tumulto, antes tan afectuoso durante el rito de la paz, que tan devotamente se acerca a la Comunión.
La feligresía también debe de ser feliz poseedora de unas conexiones neuronales turbopropulsadas gracias a las que, inmediatamente después de la comunión, puede realizar fervorosísimas acciones de gracias, que casi nadie reza de rodillas, antes de que -corriendo, corriendo, a toda velocidad- lleguen los avisos de la semana, tras los cuales, -corriendo, corriendo- llega el “Ite, Missa est”, el canto de despedida y la salida del sacerdote.
Como ninguno de los seis mencionados es mi caso, procuro acudir tantas veces como puedo al Rito Extraordinario, “continuum” de oración y adoración a las tres personas de la Santísima Trinidad. Para alegría de mi alma, durante la celebración del Sacrificio siempre hay un confesor disponible.
¿Una nueva reforma litúrgica en línea con la tradición de la Iglesia?
http://www.infocatolica.com/?t=noticia&cod=5227
Si la Santa Sede no es capaz de hacer que los obispos que nombra obedezcan sus órdenes traduciendo “pro multis” como “por muchos” y haciendo que apliquen el Motu Proprio “Summorum Pontificum” en sus respectivas diócesis, ¿cómo va a ser capaz de realizar una “nueva reforma litúrgica en línea con la tradición de la Iglesia”?
En cualquier caso, mientras esa “nueva reforma litúrgica en línea con la tradición de la Iglesia” se plantea, planea, desarrolla, discute, consensúa, aplica y corrige, y mientras n.s.b.a. el Ilustrísimo y Reverendísimo Monseñor José Manuel Lorca Planes, obispo de Cartagena, no evite “de iure” o “de facto” que se siga celebrando en la diócesis asignada a su cargo, este que les escribe seguirá acudiendo tantas cuantas veces pueda al Sacrificio Eucarístico según el Rito Extraordinario.
ADVENIAT REGNVM TVVM
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Barcelonés de origen zaragozano (Aranda de Moncayo-Illueca), licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona y católico converso del indiferentismo, vive con su familia en Murcia.

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