InfoCatólica / Miguel Serrano Cabeza / Archivos para: Marzo 2009
30.03.09
23.03.09
Los inmortales.
Cautelosamente al principio, con indiferencia después, con desesperación al fin, erré por escaleras y pavimentos del inextricable palacio. (Después averigüé que eran inconstantes la extensión y la altura de los peldaños, hecho que me hizo comprender la singular fatiga que me infundieron.) Este palacio es fábrica de los dioses, pensé primeramente. Exploré los inhabitados recintos y corregí: Los dioses que lo edificaron han muerto. Noté sus peculiaridades y dije: Los dioses que lo edificaron estaban locos. Lo dije, bien lo sé, con una incomprensible reprobación, que era casi un remordimiento, con más horror intelectual que miedo sensible. A la impresión de enorme antigüedad se agregaron otras: la de lo interminable, la de lo atroz, la de los complejamente insensato. Yo había cruzado un laberinto, pero la nítida Ciudad de los Inmortales me atemorizó y repugnó. Un laberinto es una casa labrada para confundir a los hombres; su arquitectura, pródiga en simetrías, está subordinada a ese fin. En el palacio que imperfectamente exploré, la arquitectura carecía de fin. Abundaban el corredor sin salida, la alta ventana inalcanzable, la aparatosa puerta que daba a una celda o a un pozo, las increíbles escaleras inversas, con los peldaños y balaustrada hacia abajo. Otras, adheridas aéreamente al costado de un muro monumental, morían sin llegar a ninguna parte, al cabo de dos o tres giros,en la tiniebla superior de las cúpulas. Ignoro si todos los ejemplos que he enumerado son literales; sé que durante muchos años infestaron mis pesadillas; no puedo saber ya si tal o cual rasgo es una transcripción de la realidad o de las formas que desatinaron mis noches. Esta Ciudad (pensé) es tan horrible que su mera existencia y perduración, aunque en el centro de un desierto secreto, contamina el pasado y el porvenir y de algún modo compromete a los astros. Mientras perdure, nadie en el mundo podrá ser valeroso o feliz. No quiero describirla; un caos de palabras heterogéneas, un cuerpo de tigre o de toro, en el que pulularan monstruosamente, conjugados y odiándose, dientes, órganos y cabezas, pueden (tal vez) ser imágenes aproximativas.
No recuerdo las etapas de mi regreso, entre los polvorientos y húmedos hipogeos. Únicamente sé que no me abandonaba el temor de que, al salir del último laberinto, me rodeara otra vez la nefanda Ciudad de los Inmortales. Nada más puedo recordar. Ese olvido, ahora insuperable, fue quizá voluntario; quizá las circunstancias de mi evasión fueron tan ingratas que, en algún día no menos olvidado también, he jurado olvidarlas… Todo me fue dilucidado aquel día. Los trogloditas eran los Inmortales; el riacho de aguas arenosas, el Río que buscaba el jinete. En cuanto a la ciudad cuyo nombre se había dilatado hasta el Ganges, nueve siglos haría que los Inmortales la habían asolado. Con las reliquias de su ruina erigieron, en el mismo lugar, la desatinada ciudad que yo recorrí: suerte de parodia o reverso y también templo de los dioses irracionales que manejan el mundo y de los que nada sabemos, salvo que no se parecen al hombre. Aquella fundación fue el último símbolo a que condescendieron los Inmortales; marca una etapa en que, juzgando que toda empresa es vana, determinaron vivir en el pensamiento, en la pura especulación. Erigieron la fábrica, la olvidaron y fueron a morar en las cuevas. Absortos, casi no percibían el mundo físico […]
Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal […] Adoctrinada por un ejercicio de siglos, la república de hombres inmortales había logrado la perfección de la tolerancia y casi con desdén. Sabía que en un plazo infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas. Por sus pasadas o futuras virtudes, todo hombre es acreedor a toda bondad, pero también a toda traición, por sus infamias del pasado o del porvenir. Así como en los juegos de azar las cifras pares y las cifras impares tienden al equilibrio, así también se anulan y se corrigen el ingenio y la estolidez, y acaso el rústico poema del Cid es el contrapeso exigido por un solo epíteto de las Églogas o por una sentencia de Heráclito. El pensamiento más fugaz obedece a un dibujo invisible y puede coronar, o inaugurar, una forma secreta. Sé de quienes obraban el mal para que en los siglos futuros resultara el bien, o hubiera resultado en los ya pretéritos… Encarados así, todos nuestros actos son justos, pero también son indiferentes. No hay méritos morales o intelectuales […]
El concepto del mundo como sistema de precisas compensaciones influyó vastamente en los Inmortales. En primer término, los hizo invulnerables a la piedad. He mencionado las antiguas canteras que rompían los campos de la otra margen; un hombre se despeñó en la más honda; no podía lastimarse ni morir, pero lo abrasaba la sed; antes de que le arrojaran una cuerda pasaron setenta años. Tampoco interesaba el propio destino. El cuerpo no era más que un sumiso animal doméstico y le bastaba, cada mes, la limosna de unas horas de sueño, de un poco de agua y de una piltrafa de carne. Que nadie quiera rebajarnos a ascetas. No hay placer más complejo que el pensamiento y a él nos entregábamos. A veces, un estímulo extraordinario nos restituía al mundo físico. Por ejemplo, aquella mañana, el viejo goce elemental de la lluvia. Esos lapsos eran rarísimos; todos los Inmortales eran capaces de perfecta quietud; recuerdo alguno a quien jamás he visto de pie: un pájaro anidaba en su pecho.
Entre los corolarios de la doctrina de que no hay cosa que no esté compensada por otra, hay uno de muy poca importancia teórica, pero que nos indujo, a fines o a principios del siglo X, a dispersarnos por la faz de la Tierra. Cabe en estas palabras Existe un río cuyas aguas dan la inmortalidad; en alguna región habrá otro río cuyas aguas la borren. El número de ríos no es infinito; un viajero inmortal que recorra el mundo acabará, algún día, por haber bebido de todos. Nos propusimos descubrir ese río.
La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Éstos se conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser el último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial, no rige para los Inmortales.”Jorge Luis Borges: “El inmortal” (II, IV), en “El Aleph” (1949).
Lo más triste de todo es que los inmortales no son tales: son simples mortales a los que su ideología de inmortalidad ha convertido en lo que son sin que se hayan dado cuenta.
Es muy fácil reconocerlos. Los vemos todos los días y a todas horas: en el trabajo, en la calle, en el colegio, en la escuela, en la universidad, en el blog, en el periódico, en los libros, en la radio, en la televisión, en el cine. Son los que nos dicen que los raros somos los cristianos. Que somos raros porque nuestra fe nos recuerda que somos mortales. Y que lo único que importa, lo único que perdura, es el amor.
Son los mismos que afirman que el aborto es un derecho de la humanidad gestante que prevalece sobre el derecho a la vida de la humanidad que se está gestando en su interior. Si en lugar de gestarse en su interior seres humanos se gestaran siluros, dingos, focas, linces ibéricos, urogallos, buitres leonados, o tortugas de tierra, seguramente las cosas dejarían de estar tan claras para ellos.
Los cristianos ya hemos encontrado las aguas del río que nos libra de esa ideología de inmortalidad que lleva a la muerte (Jn.4:14).
Bebamos de ellas sin miedo.
Y obremos en consecuencia.
12.03.09
Hæc omnia tibi dabo, si cadens adoraveris me.
Haec omnia tibi dabo, si cadens adoraveris me. (Mt.4:9)
Hazte Oir ha publicado en su página-e una noticia en la que indica cuál es la posición de la Comunidad de Madrid respecto a la asignatura de Educación para la Ciudadanía (EpC) tras las sentencias del Pleno de la Sala Tercera del Tribunal Supremo.
8.03.09
Caritas Christi urget nos!
Caritas Christi urget nos! (2Co.5:14)
Los “Barómetros” del Centro de Investigaciones Sociológicas (C.I.S.) se realizan a partir de muestreos estratificados de ámbito nacional con un tamaño de 2.500 entrevistas sobre universos de población española mayor de edad.
Esos muestreos seleccionan los municipios y las secciones de los municipios de forma aleatoria y proporcional (estratificada) según la frecuencia de su tamaño: hasta dos, diez, cincuenta, cien, cuatrocientos mil, un millón o más de un millón de habitantes. Y seleccionan los individuos según cuotas de sexo y edad, formadas a partir de la pirámide de población, siguiendo rutas de encuestado aleatorias.
El “Barómetro” de Enero de 2008 realizó 2.482 entrevistas domiciliarias en 234 municipios de 47 provincias entre el 9 y el 19 de enero de 2009.
1.03.09
Una opinión.
Pienso en algunos de mis alumnos, de mis estudiantes, cuya profunda vida cristiana he podido conocer… Que estos cristianos que conozco, y los que no conozco, pero adivino a imagen de éstos, sepan que su testimonio vivido es necesario…
Contra lo que parece, si las persecuciones aumentan es porque la fe gana profundidad en el mundo. El odio de Satán es el testimonio que da, mal que le pese, de la presencia victoriosa de Jesucristo…
Pentecostés no alcanzó más que a unos ciento veinte discípulos. Sin embargo, puso fuego al mundo. Hombre a hombre. Un nuevo Pentecostés, nacido del primero, está indudablemente actuando en el mundo. Es en la paciencia donde estas pequeñas comunidades cristianas verán, un día, no el triunfo visible [y material] de la Iglesia, sino su crecimiento en profundidad [y extensión]…
El desarrollo apocalíptico de nuestro siglo XX nos ha enseñado que los caminos del Señor no son nuestros caminos. Al cabo de un largo viaje, vislumbramos el verdadero rostro de Dios. Y es mejor que nuestras mejores dichas humanas. Su gracia revela un mundo de tal esplendor, que necesitamos vernos un poco transformados en nuestras cómodas costumbres para conocerlo tal como es; para saber que es Jesucristo.
¿Quién decía todo esto?
Un Catedrático de la Universidad Católica de Lovaina, el p. Charles Moeller (1913-1986). Se trata del Prefacio del v.I: “El silencio de Dios” (1953) de su magna obra “Literatura del s.XX y Cristianismo”.
Con el tiempo, Charles Moeller sería elegido perito consultor por el cardenal arzobispo de Malinas-Bruselas, Leo Joseph Suenens (1904-1996), uno de los cuatro cardenales moderadores durante el Concilio Vaticano II (1959-1962). Moeller tuvo una gran responsabilidad en la redacción y revisión final del Esquema XIII, que acabaría convirtiéndose en la Constitución Pastoral “Gaudium et Spes” (1965) sobre la Iglesia en el mundo moderno.
Después del Concilio Vaticano II, Pablo VI le nombró Subsecretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Secretario del Secretariado para la Unidad de los Cristianos, actualmente Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, y Rector del Instituto Ecuménico de Jerusalén.
En 1970 ocupó el sillón “1″ de la Real Academia de la Lengua y de la Literatura Francesas de Bélgica. En 1978 se convirtió en Catedrático Emérito de la Universidad Católica de Lovaina.
No está mal mirar cara a cara la situación de la Iglesia en el mundo moderno. No parece que las cosas hayan cambiado tanto en los últimos 56 años. No sé si Charles Moeller firmaría este texto con el significado con el que yo lo presento aquí. Pero lo que sí sé es que yo sí lo firmaría.
Y lo firmaría pensando en EpC, en la sentencia del Tribunal Supremo, en la FERE-CECA y EyG, en el Grupo Editorial SM, y en algunos de nuestros distinguidos pastores.
Distinguidos por sus silencios.



