Dirección de colegios y consagración al Sagrado Corazón

Los directores de los colegios de la Fundación Educatio Servanda nos reunimos la semana pasada en Valladolid: concretamente en el Santuario Nacional de la Gran Promesa, templo expiatorio consagrado al culto del Sagrado Corazón de Jesús. Y al final del retiro, renovamos nuestra consagración al Sagrado Corazón.

En un librito que nos regalaron de Florentino Alcañiz, S.J., titulado Consagración Personal al Corazón de Jesús, viene una frase que me dejó inquieto:

“Cuántas personas piadosas están haciendo cada día consagraciones que se hallan en los libros píos y, sin embargo, no son almas consagradas de verdad: más bien que hacer consagraciones, las rezan. Son rezadoras de consagraciones.”

La consagración es un pacto: “Cuida tú de mi honra y de mis cosas, que mi Corazón cuidará de ti y de las tuyas”.

Consagrarse de verdad no es recitar una oración. Es mucho más. Muchísimo más: es amar a todos siempre. Porque amar a algunos es fácil. Y amar a ratos, también. Pero lo de amar a todos siempre es imposible para nosotros: pero no para Dios. Nosotros vivimos de la gracia de Dios, vivimos de la comunión con Cristo en la Eucaristía. Amar a todos siempre sólo es posible si dejamos que Cristo transforme nuestro corazón para hacerlo semejante al suyo. Y eso no es posible sin que vivamos unidos a Él. Es imposible si no nos dejamos llenar por su gracia, como hizo María. Y tenemos los medios necesarios para ello: los sacramentos, especialmente la Eucaristía y la confesión. Sin alimentarnos de su Cuerpo y su Sangre, no somos más que barro y miseria. Sólo Tú eres santo, Señor. Sólo Tú nos puedes hacer santos. Hazme santo, Señor: que pueda vivir siempre en estado de gracia. Y si no, mejor morir.

Que el Señor se ocupa de mis cosas, para mí, es evidente: Él se ocupa de mi familia, de mi mujer, de mis hijos… Pero, ¿cómo puedo ocuparme de la honra y de las cosas del Señor yo, como director de un colegio? Amar a todos siempre…

Amar a los profesores y al personal que tengo a mi cargo: las personas que trabajan en un colegio no son “recursos humanos”; no son medios para alcanzar un fin (por bueno y santo que sea ese fin). Quienes trabajan conmigo en el Colegio son recursos divinos: fines en sí mismos. Y un director no debe solamente ser justo y cumplir con la legislación laboral (que obviamente, también). El amor exige mucho más. Las personas que trabajan conmigo tienen una dignidad infinita: son hijos de Dios. Y esas personas, además de trabajar, tienen problemas, deseos, aspiraciones, enfermedades, preocupaciones… Como todo el mundo. Mis profesores se alegran con sus éxitos o con los logros de sus hijos y sufren con los problemas que inevitablemente tenemos todos: mueren nuestros seres queridos, enfermamos, nos disgustamos, nos enfadamos, nos preocupamos, nos angustiamos… Y un buen director debe preocuparse por las personas que tiene a su cargo: debemos alegrarnos con sus alegrías, sufrir con sus sufrimientos, llorar con sus penas; animar, valorar, consolar, acompañar, rezar por ellos… Sí, rezar mucho por nuestros profesores. Porque ellos son la honra de Dios, el objeto de su preocupación, que yo debo cuidar. Dios quiere que mis profesores lo conozcan y lo amen. El Señor quiere que mis profesores sean santos, que vivan en gracia. Dios quiere que mis profesores sean felices, que se conviertan, que se salven y vayan al cielo. Y yo debo procurar su salvación, debo hacer cuando pueda por llevarlos a Cristo, por anunciarles a Cristo, por transmitirles la fe para que todos sean dignos hijos de Dios y de la Santísima Virgen María. Así lo dice la Carta a los Romanos: “la fe, por lo tanto, nace de la predicación y la predicación se realiza en virtud de la Palabra de Cristo”.

Estoy convencido que un buen director de colegio no es el que técnicamente está mejor preparado ni el que mejor “gestiona”. El mejor director y el mejor maestro es el que más ama: entendiendo por “amor", no un mero sentimentalismo barato, sino el buscar y procurar siempre el mayor bien para el prójimo (no hay mayor bien que la salvación de las almas). Y rezar por los profesores es amarlos. Pero nuestras palabras sonarán vacías y nuestra predicación será estéril si no va acompañada de una vida coherente. Hay que predicar con el ejemplo: con una vida virtuosa, con un comportamiento ejemplar, con un trabajo intenso y bien hecho. El amor debe estar más en las obras que en las palabras: aunque tampoco sobran las palabras, porque la fe nace de la predicación.

Casi nada… Señor: yo no sé… ni puedo. Yo no valgo nada ni puedo nada… No me explico todavía por qué el Señor me llamó a esta misión de ser director… Si yo no valgo para nada, si soy pobre, miserable… Dame tu gracia, Señor, para que este pobre siervo tuyo pueda amar y servir a quienes Tú has puesto a su cargo en el Colegio. Ellos se merecen un director santo y yo no lo soy. Santifícame, Señor, para que pueda amar y servir a cuantos trabajan conmigo en el Colegio.

Y lo mismo que vale para los profesores y el personal del colegio, vale para los niños y para sus familias. Debemos los directores preocuparnos por el bienestar y la salud del cuerpo y del alma de todos ellos. Y rezar mucho por todos ellos. Porque uno se siente tremendamente impotente ante tantos problemas, tantas enfermedades, tanto sufrimiento como hay a nuestro alrededor. Y no te queda más solución que, una vez que has hecho todo lo que está en tu mano, poner esos problemas en manos de Quien todo lo puede, que es Jesucristo, Nuestro Señor.

Amar a todos siempre: cada día, desde que entras al colegio hasta que sales. Amar a todos entregando tu cuerpo, tu alma, tu salud, tu vida… Entregándosela al Señor como Él se entrega a nosotros en cada misa. Ser como Cristo para cuantos están contigo cada día. No vivir tú, sino que viva Cristo en ti para que todos lo conozcan. Que no te vean a ti, sino a Cristo, en tu manera de vivir, de amar, de servir… Que no te oigan a ti, sino a Cristo, porque solo Él tienen palabras de vida eterna, sólo Él salva y redime. Que no te alaben ni te honren a ti, sino que toda la gloria sea para Nuestro Creador y Señor, que lo hace todo en todos.

Lo más importante no es la economía: lo más importante, lo único importante, son las personas, porque la gloria de Dios es que el hombre viva, que se salve, que vaya al cielo. Además de mi propia familia, las cosas de Dios que debo cuidar son mis profesores, mi personal, mis niños y sus familias. Seamos santos: es lo más rentable. En esta vida y en la otra. El mejor negocio es la santidad. La mejor estrategia empresarial es la santidad. Nada merece más la pena. Pero la santidad es obra de Dios. Así que si nuestros colegios no son Cristocéntricos y nosotros no estamos dispuestos a dejar que Dios nos haga santos; si no deseamos ardientemente la santidad, si no deseamos apasionadamente que todos – profesores, personal no docente, niños y familias – se salven, mejor cerramos porque no servirán para nada todas nuestras obras educativas.

Me gustaría que un día me invitaran a uno de esos cursos para futuros directivos de colegios católicos. Me gustaría hablarles de la importancia de la adoración al Santísimo, de la oración, de la vida sacramental, de vivir en gracia de Dios… Sin eso, todo lo demás no vale para nada. Solo vale amar a todos siempre. No a medias.

Hazme santo, Señor. Lo demás lo estimo en nada. Mis niños, mis familias y las personas que trabajan conmigo no se merecen menos. Y yo soy muy poca cosa: un pobre pecador que nada puede sin Ti. Toma, Señor, mi vida: tuya es. Todo lo que tengo y lo que soy lo pongo en tus manos.

Santísima Reina de los cielos y Madre mía: yo, aunque lleno de miserias y ruindades, quiero consagrarme al Sagrado Corazón de Jesús. Pero conozco bien mi indignidad y mis debilidades y no quiero ofrecer nada si no es por tus manos maternales. Confío a tu intercesión y a tus cuidados el hacerme cumplir bien mi resolución de entregar mi vida, cuanto soy y cuanto tengo, al Sagrado Corazón de tu Hijo y Señor Nuestro, Jesucristo. Amén.

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Piedad, Honor y Educación.

Carta de un director de un colegio católico.

4 comentarios

  
Luis Fernando
Este post y el anterior son una guía de lo que debería de ser de verdad una obra apostólica educativa católica.
03/12/17 12:09 PM
  
Lidia Alcolea
Y es cierto. El ser profesor es un llamado. No es un trabajo, sino que es "vocación y profesión de fe", es entrega y esperanza. Pero sobre todo es Amor por cada vida que Dios pone en tus manos, para que la cuides y la eduques: para que la "mimes".
¡Ojalá todos pensaran y miraran a sus profesores con los mismos ojos que los ves tú! Con los "Ojos de Dios".

Un besote.
Lidia.
03/12/17 12:27 PM
  
Ana Maria
Mil gracias por tan magnífico articulo D. Pedro. Toda una lección para los que nos dedicamos a esta hermosa pero dura labor,sobre todo en estos tiempos en los que nos enfrentamos a tanta pobreza moral y espiritual, que para mi es peor que la física. Yo doy gracias a Dios por suscitar en mi esta vocación y pido le pido cada día que me de la fuerza suficiente para llevarla a cabo lo más dignamente posible según Su voluntad.
Que El Señor le bendiga y Su Santísima Madre le cubra con Su manto.
03/12/17 3:33 PM
  
Martín Lopez de la Cogolluda
¿Está usted consagrado?
¡Wao!
¡Ya me parecía a mi!
____________________________________________________
Pedro L. Llera
¿Qué hace usted perdido por una página católica?
04/12/17 9:27 AM

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