¡El cielo y la tierra están de fiesta!

“Alegrémonos todos en el Señor al celebrar este día de fiesta en honor de todos los Santos”

Dentro de unos días celebraremos la festividad de Todos los Santos y la festividad de los fieles difuntos. Fiestas, ambas, que como señaló San Juan Pablo II , “se trata de dos días grandes para la Iglesia que, de algún modo, “prolonga su vida” en sus santos y también en todos aquellos que por medio del servicio a la verdad y el amor se están preparando a esta vida”.

Por ello, no solo el cielo, sino que toda la Iglesia celebra con agradecimiento el deseo de Dios de que “los santos no son superhombres, ni han nacido perfectos. Son como nosotros, como cada uno de nosotros, son personas que antes de alcanzar la gloria del cielo han vivido una vida normal, con alegrías y dolores, fatigas y esperanzas.”, como nos recordaba el Santo Padre Francisco. Y cada uno de estos grandes aliados, amigos, muchos de ellos anónimos, nos recuerdan que  lograron alcanzar la santidad con sus debilidades y actos heroicos, con los mismos medios que nosotros tenemos a nuestro alcance. “Ser santos no es un privilegio de pocos, como quien tuvo una gran herencia. Todos nosotros en el bautismo hemos recibido la herencia que nos permite ser santos. La santidad es una vocación para todos. Todos por lo tanto estamos llamados a caminar en el camino de la santidad y este camino tiene un nombre y un rostro: el rostro de Jesucristo”.

No sé dónde leí estas palabras pero trasmiten a la perfección estas dos celebraciones: “En el cielo están San Chofer de bus y Santa Lavandera de ropa. San Mensajero y Santa Secretaria. Santa Madre de familia y San Gerente de Empresa. San Obrero de construcción y San Agricultor. San Colegial y Santa Estudiante. Santa Viuda, Santa Solterona, Santa Niña y Santa Anciana. San Sacerdote, San Obispo, San Pontífice, San Limosnero, San Celador, Santa Cocinera, San Arrendatario y San Millonario, y muchos más que amaron a Dios y cumplieron sus deberes de cada día”.

Esto me recuerda  a Santa Teresa de Calcuta, a la que le gustaba definirse como  el lápiz de Dios, “un trozo de lápiz con el cual Él escribe aquello que quiere. Soy como el pequeño lápiz en su mano. Eso es todo. Él piensa. Él escribe. El lápiz no tiene que hacer nada. Al lápiz solo se le permite ser usado.”

Quizás sea por esto, que la Iglesia nos invita a honrar  con alegría  y oración a todos los Santos  y difuntos. Padres, madres, hijos, amigos,…  que convirtieron su vida anónima en una decisión de amor, de entrega sin límites, de paz , de alegría ,de valentía silenciosa… de fe.

 

 

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