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7.03.09

Signos de la fe (XI): El sentido de la vida

A las 12:00 AM, por Bruno
Categorías : Importado

Una de las cosas que tienen en común todos los hombres, en todas las culturas y en todas las épocas es la necesidad de encontrar un sentido para la vida. Si bien la búsqueda es común a todos, las respuestas a la misma son tremendamente diversas. No sólo en las distintas épocas y culturas, sino en cada hombre en particular.

Muchos, incluso la mayoría, se afanan en la práctica por encontrar ese sentido en cosas muy diversas: el éxito profesional, el dinero, el bienestar, una casa, un coche nuevo, las vacaciones, etc. Sin embargo, la búsqueda en esa dirección nunca tiene fin, porque siempre se quiere más. Acabamos de comprar el coche nuevo que llevábamos meses deseando y ya estamos pensando en que lo que de verdad querríamos es otro modelo mejor. Por fin hemos conseguido el puesto de Subdirector y ya estamos planeando lo que haremos cuando consigamos el de Director. Ninguna de esas cosas satisface la necesidad de sentido que tenemos y, por ello, generalmente, llevan a una insatisfacción y un desencanto crecientes.

Esa insatisfacción hace pensar que el sentido buscado por el hombre no puede encontrarse en cosas. El sentido de la vida no puede estar en algo, sino que tiene que referirse necesariamente a alguien. Una persona no puede encontrar un sentido para su vida en algo que es menos que ella: en objetos, en cosas que no tienen capacidad de amar ni de comprender. De alguna forma, un sentido verdadero para la vida humana tiene que estar relacionado con las personas.

Podemos encontrar una confirmación de que el fin último de la vida de las personas no puede estar en realidades impersonales, mirando al inicio de su vida. A menudo, el fin está prefigurado de alguna forma en el origen y, mirando a uno, podemos comprender mejor el otro.

El ser humano no nace perfectamente desarrollado como persona. Los niños recién nacidos o incluso antes de nacer son personas en formación, que aún no han desarrollado sus capacidades. Esas capacidades personales se desarrollan en el niño a través de la relación con personas adultas, especialmente los padres. Cada uno de nosotros va formando su personalidad, su ser persona, al relacionarse con otras personas, al mirarlas, quererlas, escucharlas y hablar con ellas.

Si no tuviésemos esas relaciones personales, nuestra propia personalidad no se desarrollaría. El emperador Federico II puso en práctica el terrible experimento de mantener aislados a varios niños desde su nacimiento, de manera que recibieran comida y lo necesario para vivir, pero ningún contacto humano. Pensaba que así se convertirían en hombres perfectos, al no haber sido pervertidos por nadie. El resultado fue que esos niños no aprendieron a hablar, ni a expresarse, ni a tener afecto por los demás, ni a tener verdaderas relaciones humanas, sino que permanecieron en un estado embrutecido y murieron muy pronto.

El sentido de la realidad, de lo que es la verdad, de los afectos, los mecanismos del pensamiento y, en fin, todo aquello que nos hace actuar como personas sólo se puede ir desarrollando adecuadamente en un ambiente de relaciones personales. Parece lógico, pues, que ya que nuestro ser personal sólo se desarrolla y crece en un ambiente de relaciones personales, el sentido profundo de ese ser personal tenga que estar vinculado también, de alguna manera, a otras personas o a nuestra relación con ellas.

De hecho, mucha gente se ha dado cuenta de que cualquier sentido de la vida tiene que encontrarse en la dirección de las relaciones interpersonales y lo busca en su familia, su pareja, sus amigos… y, sin duda, así se tiene más éxito que intentando encontrar ese sentido en simples cosas. Por desgracia, nuestras relaciones humanas habituales tampoco terminan de satisfacernos. Es muy conocida la historia de San Francisco de Borja que, cuando vio el cadáver descompuesto de la emperatriz a la que tanto había admirado y honrado, decidió “no volver a servir a ningún señor que se pudiera morir”.

Las relaciones humanas habituales son muy limitadas. Claramente son limitadas en el tiempo, porque las personas pasan: unas se mudan a lugares lejanos, otras cambian de forma de ser, otras terminan por decepcionarnos y todas finalmente mueren. Pero, además, las relaciones habituales con otras personas son intrínsecamente insuficientes. Nuestra ansia de sentido es ilimitada: queremos ser amados de forma infinita, queremos algo que dure para siempre, queremos ser aceptados como somos verdaderamente y no como a otros les gustaría que fuésemos, queremos a alguien que pueda compartir nuestros sufrimientos desde dentro y no solamente desde fuera. Sin embargo, las personas que encontramos a nuestro alrededor no pueden satisfacer esas ansias más de que una forma parcial y totalmente insuficiente.

La búsqueda de sentido para nuestra vida nos lleva a darnos cuenta de que no nos bastan las cosas, pero tampoco, en última instancia, las personas. Necesitamos una Persona, que nos ame sin limitaciones, para siempre, como somos, pase lo que pase, más allá del sufrimiento y de la muerte. Necesitamos a Alguien a quien podamos entregarnos por entero, sin absolutamente ninguna reserva.

Todo esto no es más que una búsqueda a tientas. No nos dice dónde está el final de nuestra búsqueda de sentido, sino únicamente algunas de las características que tiene que tener ese final para que sea un verdadero final, para que el sentido encontrado nos satisfaga verdaderamente y no sea un nuevo espejismo. Sabemos que nuestra vida necesita una Persona que le de un sentido verdaderamente satisfactorio, pero ¿dónde está esa Persona?

La búsqueda se ha ido haciendo cada vez más difícil y complicada. Las cosas materiales son fácilmente manejables, no nos oponen resistencia ni nos presentan dificultades. Hacemos con ellas lo que queremos y permanecen siempre en el exterior de nuestra vida. Las personas, en cambio, son algo totalmente distinto. No podemos hacer con ellas lo que queremos. Tienen su propia voluntad, sus propios deseos y necesidades, que no coinciden con los nuestros. En muchas ocasiones nos resultan incomprensibles. Además, para relacionarnos de forma verdaderamente humana con otras personas, tenemos que poner en juego nuestro propio ser, arriesgarnos, dejarlas entrar dentro del santuario de nuestra propia vida. Ya no estamos al mando de lo que ocurre, sino que, en parte, dependemos de lo que hagan otros.

Al pasar de las personas a la Persona que buscamos, esa dificultad se hace aún mayor. El paso a dar parece lógico: si podemos controlar totalmente las cosas materiales, pero con las personas ya no tenemos el control total de lo que sucede, sino sólo un control parcial y compartido, es muy probable que ante la Persona de la que hablamos ya no tengamos ningún control de lo que sucede, sino que estemos totalmente a su merced, que la iniciativa sea totalmente suya y que, para encontrarnos con ella, tengamos que arriesgar nuestra vida entera, absolutamente todo lo que somos.

Los cristianos anunciamos que nos hemos encontrado con esa Persona. No porque fuéramos más listos, mejores o lo mereciésemos más que otros. Ni tampoco porque nos hayamos esforzado más. La realidad es mucho más sencilla: esa Persona, que todos nos pasamos la vida buscando, ha salido a nuestro encuentro. Nada podíamos hacer, por nuestras propias fuerzas, para encontrar a Aquel que anhelaba nuestro corazón, pero él ha querido encontrarse con nosotros.

Quien quiera conocerle, que venga con nosotros, que las puertas de la Iglesia siempre están abiertas. Venid y lo veréis. Hasta aquí bastaban los razonamientos, desde este lugar sólo la experiencia podrá satisfacer del todo nuestra sed de sentido, porque necesitamos a una Persona y no podemos quedarnos en argumentos. Quien tenga sed, que venga a mí y beba.

6 comentarios

Comentario de María Lourdes
Este artículo es una buena respuesta a una expresión que oía mucho en mis años universitarios en los EE.UU.: "I need to find myself" (Necesito encontrarme). Hasta tuve una amiga no creyente que dejó sus estudios universitarios para lograr alcanzar esa meta que se había propuesto y perdí contacto con ella mientras se buscaba. Me he preguntado muchas veces lo que habrá sido de ella, si después de tantos años se encontró a sí misma... y entonces, ¿qué? Sólo Dios puede llenar nuestro vacío porque, como dijo S. Agustín: "Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti".
07/03/09 12:50 PM
Hola:

Mi padre fue jesuita y tiene un blog de ensayos breves sobre temas sociales y religiosos, a sus 83 años su ilusión es poder difundir la doctrina de Jesucristo a través de sus artículos.

Si quieren visitarlo el blog es: www.miscelaneareligiosa.blogspot.com

Muchas gracias por su atención y un saludo cordial.
07/03/09 1:47 PM
Comentario de Raffaelo
Sugerente artículo, me gusta.

Saludos
07/03/09 7:12 PM
Me gusta el artículo, excepto la frase "estamos a su merced". Sí estoy de acuerdo en que no podemos controlar, ni debemos querer controlar, pero eso no significa que "estemos a merced de" esa Persona.
Simplemente se deja encontrar por los que le buscan, lo encontramos porque Él nos sale al encuentro, pero realmente Él sale al encuentro de todos, sólo que hay que querer que nos abra los ojos para verle.
Y no podemos, ni queremos, manejarle porque no sólo es infinitamente sabio, sino infinitamente amoroso y nuestra vida está segura en sus manos, pase lo que pase.
Me ha gustado del artículo todo lo demás. Creo que si hay algo que nos lleve a creer en Dios es la apuesta por el sentido de la vida. Tú justificas su razonabilidad. Certeza, no la hay.
Paz y bien
07/03/09 7:32 PM
Comentario de rasenjo
Asun, "merced" depende como se entienda. Parece que le concedes mala fama. Pero "merced", "mercedes" es don, gracias, regalo, misericordia, perdón y como tal es más el movimiento de un corazón amoroso más que del arbitrio de un tirano. En el caso de Dios es la entrega de sí mismo y en la lógica del amor nuestra voluntad es vencida porque es querida libremente.
07/03/09 9:44 PM
Comentario de Carmen
Buen artículo. "Nosotros sabemos en quien tenemos puesta la esperanza". Si no me equivoco algo así dijo San Pablo.
Y es verdad, creer da sentido a la vida.

Saludos.
08/03/09 6:14 PM

Los comentarios están cerrados para esta publicación.

Bruno Moreno

Bruno Moreno

Bruno Moreno es laico y ha sido bendecido por Dios con tres hijos y una esposa mucho mejor de lo que merece. A pesar de su escasa habilidad literaria, se empeña en ofrecer al mundo sus ocurrencias sobre todo y nada en este blog, siempre desde la fe católica y la razón. También colabora regularmente con Radio H.M. Para purgar sus pecados, forma parte del Consejo de Redacción de InfoCatólica.

Su correo electrónico es espadadoblefilo@hotmail.com.



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