Muchas respuestas a una buena pregunta

Quaestio Quodlibetalis 13. Hace unos días, escribí sobre el Buen Ladrón, San Dimas, resaltando la misericordia gratuita de Cristo, que le promete el paraíso por un instante de arrepentimiento en el último instante de su vida. Ante estas afirmaciones, un lector, no sin razón, preguntaba:

“De lujo no? toda la vida robando y asesinando y al final, por estar en el sitio correcto en el momento indicado, ale, al paraíso limpio a disfrutar. Moraleja: no te preocupes, haz el mal, pero arrepiéntete en tu lecho de muerte, que Dios misericordioso te salvará.”

Antes de lanzarme a responder, me pareció una buena idea pedir a los lectores que diesen su opinión. No sería justo decir que la variedad y profundidad de las respuestas recibidas me han sorprendido, porque la calidad de los lectores de este blog es de sobra conocida. Sí que diré, en cambio, que me he sentido justamente orgulloso de mis lectores, de lo sustanciosas que han sido sus respuestas y de cómo han sabido identificar, sin vacilar, los puntos fundamentales de la cuestión. Como verán, he recogido todas las respuestas en este extenso artículo, que toca muchos puntos esenciales de la vida cristiana.

A mi juicio, la pregunta es muy apropiada, porque toca una cuestión esencial de nuestra fe y pone de relieve que el Cristianismo da la vuelta completamente a nuestra forma habitual de vivir. Muestra que los cristianos tenemos una forma diferente de entender la vida, la muerte, el mal, la conversión, la justicia y a Dios. Casi se nos podría considerar extraterrestres, de no ser porque nuestra forma de ver el mundo, la vida y a Dios, cuando se explica bien, toca siempre el corazón de los hombres, aunque sólo sea en forma de vislumbre o de anhelo profundo.

El primer equívoco que hay que señalar es que San Dimas no se dio “la buena vida” hasta que se encontró con Cristo. Al contrario, su vida fue desastrosa hasta ese momento. Como han señalado varios comentaristas, el pecado no es algo bueno que no podemos hacer porque está prohibido por Dios. El pecado es pecado precisamente porque lleva al hombre a la muerte, lo esclaviza, lo destruye y lo aísla de los demás hombres. Un adúltero, por ejemplo, no es alguien que sabe como disfrutar, sino una persona que ha fracasado en su matrimonio, que es incapaz de vivir un amor de entrega total, que trata a las mujeres como objetos, que rompe sus votos solemnes y públicos, que destruye su familia y que no sabe ser fiel. Del mismo modo, todos los pecados son fracasos del ser humano, que lo deshumanizan, lo destruyen y le hacen sufrir terriblemente.

En ese sentido, todo el que se convierte desearía haberse convertido antes, haber podido disfrutar más tiempo de la vida cristiana, del amor de Dios, de la verdad que ilumina la vida y de la esperanza de la resurrección. La típica frase que tanto se repite en las entrevistas, “no me arrepiento de nada”, es profundamente anticristiana (además de profundamente inhumana). La luz recibida cuando uno se convierte muestra aún más claramente las miserias y la oscuridad en las que el converso vivía anteriormente. Así lo sentía San Agustín, que se convirtió a los 33 años y era muy consciente de todo el tiempo que había desperdiciado sin conocer la verdadera felicidad, a pesar de sus “éxitos” de fama y mujeres: Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé…

Un segundo problema para comprender la conversión del Buen Ladrón es el punto de vista desde el que consideramos la cuestión. Si miramos por encima del hombro a Dimas, no entenderemos nada. Él era un ladrón y puede que un asesino, pero nosotros hemos cometido igualmente el mal en nuestras propias circunstancias. Quizá nunca hemos necesitado robar o asesinar, pero el hecho de que, a nuestro nivel, hayamos elegido mil y una veces lo que sabíamos que estaba mal, hace sospechar que, en situaciones más difíciles no habríamos sido mucho mejores que Dimas. Todos los cristianos, desde el Papa hasta el último converso, comienzan todas las Eucaristías con golpes de pecho: confesando que son pecadores y que no han merecido la salvación de Dios. San Pablo lo dice con total claridad: Todos pecaron y todos están privados de la gracia de Dios.

En esa situación, en medio de la oscuridad, la falta de sentido, la impotencia para salir de nuestros pecados, la desesperanza y el sufrimiento, se puede ver más fácilmente que la conversión no es un “plus”, un “extra” que añadimos a nuestra vida, quizá en el último momento, como la guinda del pastel. Al contrario, la conversión se asemeja más bien a la alegría de encontrar un salvavidas cuando uno se está ahogando, zarandeado por las olas.

Es cierto que un náufrago podría decir: “no voy a coger este salvavidas, mejor disfruto un poco más de esta experiencia de ahogarme y luego, cuando no pueda más, ya cogeré otro salvavidas”. Podría decirlo, es verdad, pero a nadie le cabría duda de la estupidez que estaba diciendo. Lo mismo sucede con la conversión. No hay mayor necedad que rechazar la conversión, que es lo mismo que rechazar la vida eterna. Muy bien lo decían aquellos versos de Fray Pedro de los Reyes, que terminan así:

¿Qué hago?, ¿en qué me ocupo?, ¿en qué me encanto?
Loco debo de ser, pues no soy santo.

El ejemplo del salvavidas es muy útil porque nos muestra que la conversión no es posible para el hombre por sus propias fuerzas. Ante todo, es un regalo de Dios, una gracia, que podemos acoger o no. Como han señalado varios comentaristas, Dimas dijo libremente que sí a Dios, pero eso sólo fue posible porque Cristo estaba en la cruz a su lado, porque recibió la mano tendida de su Salvador. Planificar la conversión es tan absurdo como intentar planificar lo que vamos a recibir como regalos de cumpleaños: la misma naturaleza de un regalo consiste en que no somos nosotros quienes lo preparamos, compramos y envolvemos.

El que hace planes para su vida de “convertirse en el último momento”, de hecho está yendo en dirección contraria a la conversión, está soltando el salvavidas que se le ofrece en este momento y alejándose a nado de él. Quiere mantener el control de su propia vida, en vez de cedérselo a Dios. En vez de la humildad del que se sabe pobre y necesitado, muestra la suficiencia del que lo tiene todo y considera a Dios como una cosa más. Si mantiene esa actitud, de hecho nunca podrá convertirse. La conversión consiste en aceptar el ofrecimiento de Dios, poniendo la vida entera en sus manos, absolutamente todo lo que tenemos. Dios no se conforma con menos, porque el hombre sólo puede ser feliz cuando Dios es el centro de su vida.

San Dimas es un modelo para nosotros por su conversión, no por su vida anterior. Todo lo que tiene, se lo entrega a Cristo. Es cierto que es muy poca cosa lo que tiene, los pocos instantes que le quedan de vida y que, además, van a transcurrir en el tormento de la cruz. Es como aquella viuda pobre, que dio como limosna todo lo que tenía y todo lo que tenía apenas era nada. Sin embargo, porque la gracia de la conversión es un regalo de Dios, no se nos exige que tengamos mucho que ofrecer, sólo que nos demos por entero.

El Buen Ladrón es un ejemplo de que no importa cuál sea tu vida, tu situación actual, tus pecados o tus miserias, Dios está dispuesto a acogerte como su hijo. La salvación se ofrece gratis a los pobres, a los que no tienen con qué pagarla: Oíd, sedientos todos, acudid por agua, también los que no tenéis dinero: venid, comprad trigo, comed sin pagar vino y leche de balde. De hecho, ninguno de nosotros puede pagar algo como la salvación, que no tiene precio. Es algo propio de la paradoja que es el ser humano el hecho de que lo más importante para él no depende de sus propias fuerzas, porque la finalidad de nuestra vida no es otra que conseguir la Vida eterna.

La ciencia más acabada
es que el hombre en gracia acabe,
pues al fin de la jornada,
aquél que se salva, sabe,
y el que no, no sabe nada.

Finalmente, la pregunta muestra una tendencia que todos tenemos en mayor o menor medida, la tendencia a hacer de jueces universales, exigiendo que los demás, el mundo, la realidad y el mismo Dios se justifiquen ante nosotros. Sin embargo, ¿quiénes somos nosotros para pedirle cuentas a Dios? La Escritura, con cierta dosis de humor, compara esa actitud a la del barro que le diera consejos al alfarero sobre como modelarlo. Lo razonable es que la forma de actuar de Dios sea misteriosa para nosotros y que, como mucho, alcancemos a vislumbrar que es algo maravilloso, pero que siempre nos sorprenda.

Un ejemplo perfecto de esto es la diferencia entre justicia humana y justicia divina. Para nosotros, la justicia y la misericordia son dos cosas diferentes. En Dios, en cambio, justicia y misericordia se identifican. Ése es el secreto de la parábola de los viñadores que empezaron a trabajar a distintas horas pero recibieron todos el mismo pago, porque ese pago era, ante todo, un regalo de la bondad del dueño. Esa unión de la justicia y la misericordia divinas es la que ha hecho que Cristo, el cordero inocente, haya tomado sobre sí nuestros pecados, sufriendo la muerte que era su consecuencia necesaria. Fue él quien pagó por los pecados de Dimas, como por los míos y por los de todos los hombres.

Esto es incomprensible desde nuestros esquemas, porque Dios, como dice el Pregón Pascual: por rescatar al esclavo, ha sacrificado al Hijo. Sin embargo, este Misterio del amor de Dios por nosotros es la Buena Noticia que el mundo entero esperaba. La forma de actuar de Dios rompe nuestros esquemas. Nos enseña el verdadero sentido de la misericordia y de la justicia. De hecho, conversión, que en griego se dice “metanoia”, significa “cambio de mentalidad”. Ya desde el principio, los cristianos fueron conscientes de que la locura de la Cruz era una necedad o un escándalo para los criterios del mundo.

Sólo contemplando el misterio de la misericordia de Dios podremos los cristianos amar a nuestros enemigos, rezar por los que nos persigan, bendecir a quienes nos maldigan y, a pesar de nuestra debilidad, ser para el mundo una imagen de Cristo, el cordero sin mancha, que dijo al Buen Ladrón aquellas palabras llenas de ternura y de esperanza: Hoy estarás conmigo en el paraíso.

5 comentarios

  
Noby
A todos
Muchas gracias por todo lo aportado, me habéis edificado en el más pleno sentido paulino del término.Feliz Adviento.
02/12/08 6:56 PM
  
Unitas
Desde el domingo, por motivos varios, he recordado varias veces este himno de Adviento. Es muy conocido... bueno ojalá sea muy conocido. Y creo que expresa el deseo de estos días: que venga el Señor Jesús, el único Justo. Quizás lo sepáis y cantéis, es muy sencillo, sobre todo en una versión, la "menos gregoriana". Dejo dos estrofas

Rorate caeli desuper, et nubes pluant iustum.
Vide Domine afflictionem populi tui, et mitte quem missurus es: emitte Agnum dominatorem terrae, de Petra deserti ad montem filiae Sion: ut auferat ipse iugum captivitatis nostrae.

Rorate caeli desuper, et nubes pluant iustum.
Consolamini, consolamini, popule meus: cito veniet salus tua: quare maerore consumeris, quia innovavit te dolor? Salvabo te, noli timere, ego enim sum Dominus Deus tuus, Sanctus Israel, Redemptor tuus.
02/12/08 10:02 PM
  
cristhian
Unitas, TRADUCCION PARA LOS MORTALES PORFAAAAAAAAAAAAA
03/12/08 12:02 AM
  
Bruno
Cristhian:

No te preocupes. En el post de hoy voy a poner la música y la letra de este himno, y pondré también la traducción para los "mortales", como tú dices.

Saludos.
03/12/08 9:23 AM
  
Bruno
Noby:

Me ha gustado lo de "edificado en el sentido paulino del término", creo que lo usaré alguna vez.

Unitas:

Muchas gracias por recordarnos este himno. Le he dedicado un post entero.
03/12/08 6:00 PM

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