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16.06.09
El sábado estuve en el funeral y entierro del padre de un amigo mío, en el cementerio de Pozuelo. Es un cementerio municipal, como casi todos. En España, desde finales del s. XVIII, con Carlos III, José Bonaparte y la revolución “Gloriosa” de 1868, los cementerios se fueron separando de las iglesias y quedando, poco a poco, bajo control municipal.
Para ello se alegaban razones higiénicas, muy justificadas. Sin embargo, como efecto colateral de este alejamiento de las iglesias, los cementerios se fueron secularizando en muchas cosas. Generalmente la secularización fue gradual, pero algunas veces dio grandes saltos, como cuando la Segunda República prohibió los cementerios católicos y obligó por ley de 1932 a derribar las tapias entre los cementerios católicos y los civiles. Curiosamente, una de las grandes obsesiones de los que se llamaban a sí mismos “librepensadores” era acabar con cualquier libertad en este ámbito, prohibiendo que los católicos pudieran tener sus propios cementerios.
En este cementerio municipal de Pozuelo del que les hablaba vi una muestra de esa secularización ya más que centenaria. El cementerio, construido por el Ayuntamiento en 1881, tiene, sobre la puerta de la capilla, una terrible frase, que dice:
Templo de la verdad es el que miras,
No desoigas la voz con que te advierte,
que todo es ilusión, menos la muerte.
Es una antigua frase anónima y totalmente ajena a la fe cristiana. Estaba escrita también en la puerta del antiguo cementerio de San Nicolás de Madrid, en el que estuvo enterrado un tiempo Larra, que, como saben, se suicidó por un desengaño amoroso. Pío Baroja cuenta que fue a visitar su tumba con su hermano y un grupo de amigos y a todos les impresionó, en esas circunstancias, esa frase sin esperanza ni consuelo.
Entiendo perfectamente, la verdad, que el hombre, sin Dios, caiga ante la muerte en dos extremos. Por un lado, mirarla desesperanzado como una terrible espada de Damocles de todo hombre, el absurdo final de cada vida: “todo es ilusión menos la muerte“. Por otro lado y de forma mucho más frecuente hoy en día, otros intentan hacer como si la muerte no existiera, no hablar de ella, ocultársela a niños, ancianos y enfermos, desear ante todo morir sin darse cuenta para no tener que enfrentarse con la muerte. Digo que lo entiendo, pero no me gusta nada. Difícilmente podría encontrarse algo menos cristiano que la desesperanzada frase del cementerio de Pozuelo o que la huída de la muerte de nuestra sociedad de hoy.
Cuando alguien me dice que “todo es ilusión menos la muerte”, en mis oídos resuena aquella tierna frase de Jesucristo: “la niña no está muerta, está dormida”. La cristianísima palabra “cementerio” significa en griego dormitorio. Los cuerpos de nuestros difuntos duermen. Y duermen para despertar un día. Duermen esperando la resurrección de la carne.
La capillita del cementerio es muy pequeña, así que tuve que quedarme en la puerta durante el funeral, pero las pocas palabras que pude escuchar, me alegraron mucho, en contraste con el tétrico letrero que tenía encima. El prefacio de la Misa de difuntos dice: “En Cristo brilla la esperanza de nuestra feliz resurrección. Y así, aunque la certeza de morir nos entristece, nos consuela la promesa de la futura inmortalidad”. La esperanza es algo brillante, que luce en un lugar oscuro, que da ánimos en el desaliento y que nos guía cuando no hay ninguna otra luz. Por eso, también en una Misa de difuntos, se dice, como siempre: “Levantemos el corazón”. Es una traducción poco afortunada del original latino, mucho más expresivo: “Sursum corda”. Podríamos traducirlo por “¡Arriba los corazones!”. Es decir: Ánimo, poned el corazón en Dios y veréis las cosas de otra forma.
Un funeral y un entierro son siempre algo doloroso, pero me gustó recordar la esperanza cristiana con el canto Resucitó. Y, sobre todo, me gustó que se cantase el Credo, proclamando la fe en la resurrección de la carne. Eso lo cambia todo. Si Cristo está vivo, también nosotros resucitaremos con él. Nos ha liberado de la frasecita tétrica y de todo lo que ella significa. El cristiano, ante la muerte, puede decir, hoy y siempre: “Muerte, ¿dónde está tu victoria? … Nosotros vencemos en Cristo resucitado”.
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Bruno Moreno Ramos es laico y ha sido bendecido por Dios
con dos hijos y una esposa mucho mejor de lo que merece. Es físico y teólogo,
además de trabajar como traductor e intérprete jurado. A pesar de su escasa habilidad
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desde la fe católica y la razón. También colabora regularmente con Radio H.M.
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