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6.02.12
¿Quién no conoce a un pesado? ¿A dos, a tres, a multitud de ellos? El gris ejército de los pesados patrulla por calles y veredas, buscando incautos a los que aburrir hasta la nausea. Sólo verlos de lejos, hace que nos encojamos y deseemos estar a kilómetros de distancia. El pesado genuino, el de pata negra, suele sufrir un síndrome conocido por la Medicina como “percepción neuronal selectiva”. Es decir, su cerebro es incapaz de percibir que sus interlocutores hacen gestos de impaciencia, miran constantemente el reloj, intentan infructuosamente alegar que tienen prisa y, en algunos casos, mueren de frío o hambre mientras él sigue hablando y sigue hablando y sigue hablando, interminablemente.
La Iglesia no carece de sus pesados. Tiene pesados seglares y pesados clérigos, a lo Fray Gerundio. Tiene pesados y pesadas, pesaditos y pesadazos, aficionados a la pesadería y expertos en pesadismo. Pesados que pronuncian sermones en los que no se dice nada durante horas, pesados que redactan documentos que nadie puede leer sin caer dormido, pesados que escriben en blogs y pesados que viven para prolongar reuniones hasta el infinito. Toda parroquia que se precie tiene sus pesados residentes, muy orgullosos de haber conseguido que más de un párroco haya encanecido prematuramente. El número de los pesados es (o al menos parece ser) infinito.
Podríamos decir, sin miedo a equivocarnos, que los pesados son la plaga de las parroquias y de los grupos católicos…
…Y, al decirlo, nos estaríamos equivocando. Por completo. No sería un error pequeño y sin importancia, sino una equivocación garrafal, monumental, cósmica, de ésas que hacen Historia y se enseñan a los niños en el colegio. Como Colón preguntando a los dominicanos por el bar de sushi más cercano.
Es una equivocación que proviene de una premisa igualmente errónea, pero oculta: Si los pesados son una peste de la que tienes que huir como de la ídem, es que Dios se ha equivocado con la gente que ha puesto a tu alrededor. Si piensas que tu vida sería mucho mejor sin Pepe el Pesado o Ignacio el Insoportable, es que crees que tú sabes mejor que Dios lo que te conviene. Si opinas que la parroquia ganaría bastante si no estuvieran en ella Elisa la Eterna y Noelia Nomecallonidebajodelagua, es que tu idea de la Iglesia es humana y no divina. Estás ciego y no lo sabes.
Dios ha puesto pesados en tu vida, porque sabe que te hacen falta. Los necesitas. Y no para cualquier cosa, sino para salvarte. Los necesitas porque cada día haces tus planes y no permites que nadie, incluido Dios, se atreva a romperlos. Los necesitas desesperadamente porque confundes la caridad a la que Cristo te llama con el llevarte bien con tu grupo de amiguetes de la parroquia. Los necesitas porque, sin ninguna justificación, crees que vales más que los que tienes a tu alrededor y los miras por encima del hombro. Te has hecho un avaro de tu tiempo, creyendo, por alguna razón absurda, que tu vida es tuya para hacer con ella lo que te dé la gana. Los necesitas porque te has hecho un cristianismo a tu medida, burgués y comodón, del que no quieres que nadie te saque. Y, si no sales de una vez de ese sofá espiritual en el que estás sentado, vas a terminar con sofá y todo en el infierno.
Los pesados nos sacan de todo eso. Y lo que es aún mejor: nos sacan a la fuerza, que es justo lo que necesitamos, porque somos esclavos voluntarios de nuestra comodidad. Newman decía que cada persona había sido creada “para hacer algo, para ser algo para lo cual nadie más ha sido creado”. Pues bien, una misión especial que Dios ha dado a esos pesados con los que te encuentras es romper tus planes, recordarte que no eres la persona más importante del mundo, mostrarte tu falta de paciencia y tu incapacidad de amar al prójimo. San Juan Berchmans lo explicó muy bien: Vita comunis, mea maxima penitentia. Es decir, mi mayor penitencia es la vida en común. Los demás, y de una forma muy especial los pesados, son una oportunidad enviada por Dios para que mueras a ti mismo, porque el que no cae en tierra y muere, no da fruto.
Por todo esto, al divisar a un pesado en lontananza, nuestra reacción no debería ser gritar “Dios mío”, subirnos el cuello de la gabardina para ocultarnos y robar un patinete al niño indefenso más próximo para huir al Beluchistán. Un cristiano, al ver acercarse a un pesado, debería gritar en su interior: “Dios mío, bendito seas. Bendito seas porque no te has olvidado de mí, porque me sacas de la comodidad, porque te has empeñado en recordarme que yo no soy el centro de mi vida. Bendito seas porque rompes tantos planes que tengo y que no me llevan a la felicidad, porque hoy me demuestras de nuevo que no me pertenezco, desde que fui comprado a precio de la sangre de Cristo, que vale más que el oro. Bendito seas, porque me había olvidado de que mi tiempo sólo es valioso si está a tu servicio y has querido enviarme un mensajero que me lo diga. Bendito seas, Padre santo, por este ángel que pincha mi burbuja, lima mis defectos y es para mí una imagen de tu Hijo Jesucristo. No soy digno de besar sus pies. ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que trae la paz!”
¿Difícil de creer? ¿Parece algo propio de gente de otro planeta? Bueno, es que los cristianos somos gente de otro planeta. Somos ciudadanos del cielo. Formamos parte de un pueblo santo, elegido por Dios para salir de la tiniebla y entrar en su luz maravillosa. Si en nada se diferencia nuestro comportamiento del de los demás es que, en realidad, no somos cristianos. Como cristiana actuaba Santa Teresa de Lisieux, que reservaba sus mejores sonrisas para la monja que siempre la sacaba de sus casillas con sus manías, hasta el punto de que la monja se sorprendía de lo simpática que le caía a Teresita. Así se comporta un santo y así se comportan todos los días muchos verdaderos cristianos a nuestro alrededor, aunque no nos demos cuenta y quizá no lo sepamos hasta que estemos en el cielo.
Todo esto tiene, además, un beneficio añadido: si empezamos a actuar así con la gracia de Dios, puede que por fin entendamos por qué tanta gente, al ver que nos acercamos, exclama “Dios mío” y busca nerviosamente una salida de emergencia.
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Bruno Moreno Ramos es laico y ha sido bendecido por Dios
con tres hijos y una esposa mucho mejor de lo que merece. Es físico y teólogo,
además de trabajar como traductor e intérprete jurado. A pesar de su escasa habilidad
literaria, se empeña en ofrecer al mundo sus ocurrencias sobre todo y nada en este blog, siempre
desde la fe católica y la razón. También colabora regularmente con Radio H.M.
Para purgar sus pecados, forma parte del Consejo de Redacción de InfoCatólica.
Su correo electrónico es
espadadoblefilo@hotmail.com.
Carmina Catholica. Este libro recopila una serie de versos católicos
en el más amplio sentido de la palabra. Son versos que tratan de temas muy variados, pero siempre
con los ojos recién creados y llenos de admiración que son la esencia de cualquier poesía y también de la fe.
El autor compone sus versos a la antigua usanza, con métrica y rima. Disfrutando del aroma al Siglo de Oro
que tienen algunos de sus sonetos, romances,sonetillos, décimas o tercetos encadenados, uno no puede evitar
pensar que quizá no anda del todo desencaminado.
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