25.01.11

23.01.11

Un sábado de verano que valió por dos

Les decía que por un rato voy a comentar sobre temas sin importancia y, porque lo prometido es deuda, por eso me ven hoy aquí.

Para empezar, pueden creerme que a las 8pm de la noche del viernes caí en la cuenta que esperaba invitados para almorzar el sábado? No me lo creen? Pues créanmelo.

No sucedió como antes cuando me preocupa más por cumplir con mis ideas preconcebidas sobre lo que es ser un buen anfitrión y consistía en que me ponía histérica si no podía cumplir con mis propios estándares. Esta vez no fue así, no me sofoqué; me acosté tranquila el viernes y desperté tranquila el sábado. Salté temprano de la cama y me puse a trabajar por lo que, para cuando llegó el mediodía tenía la casa preparada y la comida lista. Fue maravilloso porque de verdad lo disfruté.

Claro, hubo un momento en que me ataranté ya que cuando estaba en medio de marinar los vegetales y preparar el desayuno de mi padre pasó de todo: me buscó la madre de mis ahijados, vino uno de los peones a cobrar su salario, me llamaron por teléfono, me buscó mi padre para algo, el perro no se qué y otra cosa no se cuánto. La cosa es que tuve que, antes de meter la pata, serenarme y reemprender la tarea y al final todo salió bien. La comida quedó riquísima, llegaron mis invitados y tanto ellos como yo terminamos de comer muy contentos. Partieron tres horas después ya que uno de ellos salía para El Salvador y debía tomar su vuelo.

Tres cosas, aparte de la carrera en la que me puso mi olvido de esta cita, me quedarán en la memoria de este día:

Una es lo bien que la pasé con mis amigos de Escuela de Comunidad en este almuerzo y con Charlie Fernández el responsable regional (creo que así se le dice a su función).

Otra es que pude conseguir por medio de facebook a una persona que me ayudará a denunciar ante el Ministerio de Trabajo a un patrón que no le pagó esta semana el salario a uno de sus trabajadores porque éste estuvo internado en el hospital. El enfermo resulta ser un peón de lechería que tiene cáncer y del cual dos de sus hijos son mis ahijados y cuya esposa fue quien me interrumpió la marinada de los vegetales para informarme que no tenían nada para comer. Qué bueno que lo hizo porque le he dicho que cuando eso suceda me venga a buscar para ayudarle.

La última cosa que recordaré será a mi padre al final del día diciéndome: - “Esta casa está muy fea y desordenada”. Pues claro que lo está, está fea y desordenada porque en cada habitación que utiliza (que ya son varias y recientemente tomó el ante-comedor para utilizarlo como sala de trabajo), va acumulando periódicos, sus escritos, libros, máquinas de escribir, cajas (guarda cajas, jeje), medicamentos, cobijitas con las que se cubre cuando tiene frío, mesitas, servilletas (le encantan las servilletas y las va dejando por todas partes), bastones, cables, sillas… Y lo grave del asunto es que no se pueden ordenar estos sitios porque no le gusta que le toquen las cosas. En qué quedamos, eh?

En fin, que a mi anciano padre lo recordaré también por lo que me ha hecho reír este día.

Cuando nos sobrecoge el esplendor de un amanecer o la belleza del sol al apagarse damos gracias a Dios por ese regalo pero nunca o rara vez caemos en la cuenta que cada acontecimiento posee, quizá oculta, si, pero no otra sino la misma sobrecogedora belleza.

Este, con todo lo que trajo a mi vida, fue un sábado de verano que valió por dos. Dos sábados de verano en uno, cómo no voy a estar agradecida?

Nota: la fotografía es mía, la tomé durante un amanecer el año pasado.

21.01.11

Viernes de verano

Ok, pues bien, parece que entró de lleno el verano así que basta de introspecciones propias del invierno.

De hoy en adelante y por un rato me dedicaré a comentar trivialidades como la de la chichota del tamaño de un aguacate que me salió tras el cocazo de madre que me di contra una tabla del techo de los bancales o como la mala noche que me ha dado un hato que esta noche se introdujo al jardín y que, junto a mis perros que se creen pastores, me ha robado la tranquilidad y el sueño.

Hoy es viernes y no es día de cosecha así que tendré bastante tiempo para dedicarle a otros asuntos, tal como ir al supermercado para reponer el kilo de queso que mi perra más vieja y mañosa se engulló anoche; también me dedicaré a quitar el árbol de navidad que si no lo hago -conociéndome- podría llegar marzo sin hacerlo.

Más la obligación no lo será todo, también me dedicaré a cosas más divertidas e interesantes como lo es la lectura del libro “Viaje de Jerusalén” del cual Bruno Moreno de Vita Brevis me ha pedido una reseña.

Tengo que organizarme porque quiero retomar mis frecuentes visitas a la piscina, así como sembrar un almácigo con las semillas de flores de la sierra que traje de Perú o como hacer el viaje a Santa Ana para comprar potes de cerámica para pintar y también planificar mis saliditas a la playa para el próximo mes.

Como ven, un viernes intenso me espera. Viernes de verano.

Tengan un hermoso fin de semana.

20.01.11

19.01.11

Es otro quien los puede contentar

Hablando sobre cuánta agua ha corrido bajo el puente, ayer me dieron la referencia a un documento en el que encontré los siguientes párrafos que llamaron profundamente mi atención:

El dirigirse a los otros libremente, el compartir un poco de sus vidas y el poner en común un poco de la nuestra, nos hace descubrir una cosa sublime y misteriosa.

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