InfoCatólica / Cor ad cor loquitur / Categoría: Liturgia

5.12.10

Esperanza y conversión

Estamos en pleno Adviento, tiempo de esperanza, de anhelo de la llegada de Cristo, Rey y Señor de nuestras vidas. Los “maranatas” se suceden en nuestras iglesias, donde la liturgia misma se muestra como el prefacio glorioso al culto eterno que daremos a Dios en el cielo.

Todos estos días atrás hemos oído en misa la voz del profeta Isaías, verdadero precursor de los evangelios en el Antiguo Testamento. En él encontramos el anuncio de la llegada del Salvador. Una llegada de la que hemos contemplado, permítaseme decirlo así, una primera fase, en la que Cristo ha hecho todo lo necesario para salvarnos. Pero aún queda su regreso en gloria y poder para poner a sus enemigos bajo sus pies y reinar por siempre junto a su Iglesia.

Jesucristo, como escuchamos hoy en el evangelio del día, fue precedido del más grande de los profetas nacido de mujer. San Juan Bautista preparó la senda por la que iba a transitar el Redentor. Y lo hizo con un mensaje claro, nítido y revolucionario: conversión, conversión y conversión. Ciertamente no hay mayor revolución que la de un corazón convertido al Señor para cumplir sus mandamientos. No hay fuerza en el mundo capaz de ahogar el bien que nace de las almas que, en el Espíritu Santo, se entregan a Cristo para vivir cumpliendo la voluntad del Padre.

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31.05.10

Les aseguro a ustedes que en España ha habido un Congreso Nacional Eucarístico

Sí, no miento. Este fin de semana se ha celebrado en Toledo el X Congreso Eucarístico Nacional. Creo que ha sido todo un exitazo. Algunas fuentes hablan de 1000 asistentes. O sea, algo así como el doble de los que acudieron al primer congreso “Camino a Roma” en el que di mi testimonio de regreso a la Iglesia. Ante lo cual, me imagino que los obispos, arzobispos y cardenales participantes en el congreso toledano debieron usar prismáticos para poder contemplar la inmensidad de la masa de fieles que escuchaban con fervor lo que tenían que decir sobre la Eucaristía, verdadero corazón de la vida de la Iglesia y de los fieles.

Y es que, queridos lectores, pocos Congresos se han celebrado en la historia de la Iglesia con tanta preparación, esmero, publicidad y dinamismo apostólico. Al fin y al cabo, el tema lo merecía. La promesa de Cristo de estar siempre con nosotros se cumple de forma solemne cada vez que un sacerdote consagra las especies del pan y del vino. Y es bien sabido por todos, que son incontables los santos que hablaron de la Eucaristía como fuente de gracia que les llevaba por el camino de la santidad. ¿Y qué no decir del sacrificio eucarístico, donde el Señor es inmolado incruentamente para la salvación del hombre? ¿habrá algo de más valor en la tierra que el gesto del sacerdote que levanta la Hostia Consagrada?

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8.01.10

¿Hacia una nueva reforma litúrgica?

La conferencia pronunciada por monseñor Guido Marini, responsable de la liturgia en las celebraciones papales, vuelve a poner en el candelero el deseo de muchos católicos de que se acometa una reforma litúrgica que pueda facilitar una actitud de adoración más consistente en los fieles.

Yo parto de un hecho. La adoración parte del corazón del creyente. Y si en ese corazón no hay amor, celo, temor y pasión por Dios, dará igual que el “fiel” asista a la liturgia más excelsa posible, que no adorará “en espíritu y en verdad” (Jn 4,23). Pero igual que digo eso, afirmo que la buena liturgia facilita mucho las cosas a quien va a Misa para lo que realmente hay que ir. A saber, para asistir al sacrificio eucarístico y para adorar a Dios. El componente de “celebración comunitaria” es importante, sin duda, pero la comunidad que se reúne lo hace no para jugar al parchís, ver un partido de fútbol o tomarse unas copas, sino para adorar a Dios. Si no hay adoración, me atrevería a decir que no hay verdadera comunidad cristiana.

La adoración, aun siendo un acto que nace del interior, conviene que tenga una “consecuencia” externa. Dice el refrán que “de la abundancia del corazón habla la boca". Pues bien, “de la abundancia de nuestro amor por Dios hablan nuestros gestos `litúrgicos´”. Se me dirá que no tengo por qué preocuparme por lo que hacen los demás, pero a mí hay pocas cosas que me causen tanta desazón como ver que cuando el sacerdote consagra son muchos los católicos que no se arrodillan. En muchos lugares no será así, pero en mi parroquia, desgraciadamente, somos muy minoritarios los que nos arrodillamos cuando hay que arrodillarse. Y no creo que las enfermedades óseas hayan aumentado exponencialmente en los últimos años. Más bien pienso que existe una verdadera enfermedad espiritual que se hace visible en la liturgia. Mejor no digo nada de la forma de comulgar de algunos, porque al fin y al cabo no soy yo quien escudriña los corazones. Quizás donde veo falta de respeto hay en realidad una simple falta de educación litúrgica no atribuible a la persona.

En resumidas cuentas, toda reforma que ayude a recuperar el verdadero sentido de la liturgia en los fieles ha de ser bienvenida. Pero la verdadera reforma es la de los corazones. Con un Novus Ordo bien celebrado se adora a Dios perfectamente. Pero si se mejora retomado aspectos que han quedado relegados y que forman parte de la tradición, mejor que mejor. Como dijo San Pablo, “hágase todo decentemente y con orden” (1ª Cor 14,40).

Pax et bonum,
Luis Fernando Pérez

25.08.09

La verdadera ruptura

Los dos últimos posts de este blog han dado lugar a un debate muy interesante sobre si el Novus Ordo supuso una ruptura con la tradición litúrgica milenaria de la Iglesia. Se han aportado opiniones, citas y comentarios de destacadas personalidades de la Iglesia, entre ellas las del actual Papa cuando era cardenal. Se ha llegado a decir que aunque el N.O es válido, hubo ruptura, lo cual no deja de ser paradójico, porque si en algo tan fundamental como la misa se ha dado una ruptura con la tradición, me parece que cabría alguna duda legítima y razonable sobre su validez. Ni siquiera el Papa puede aprobar algo que suponga un quebranto con un pasado bimilenario. Por tanto, aunque entiendo que hay argumentos a favor de de considerar como rupturistas algunos elementos del N.O, soy partidario de no hablar de ruptura total con el rito en la forma anterior a la reforma. Digo esto siendo bien consciente de que mi formación litúrgica no me capacita para dar una opinión “autorizada", pero como no tengo otra, es la que doy.

En lo que sí creo que se dio una ruptura es en el tratamiento pastoral hacia los abusos litúrgicos. Ahí sí que se dio una ruptura radical con el pasado más inmediato. Aunque abusos los ha habido siempre -el que lo niegue, que se estudie lo que ocurría en tiempos de Trento-, es difícil encontrar un momento en la historia en que los mismos se hayan hecho con tanto descaro y desvergüenza como en el post-concilio. Y la actitud de los pastores ha sido de una laxitud total en la aplicación de su autoridad para acabar con dichos abusos. No es que no haya advertido contra los mismos. De palabra muchos lo han hecho. Pero luego, a la hora de la verdad, ¿cuántos presbíteros han sido apartados del sacerdocio por estas cuestiones? ¿hace falta que demos ejemplos bien recientes? ¿debemos recordar que un cardenal tan poco sospechoso de simpatizar con la heterodoxia como su E.R. D. Antonio María Rouco Varela ha permitido que los sacerdotes rosquilleros de Entrevías sigan haciendo lo que les viene en gana?

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24.08.09

He dicho que no, y es que no, que no y que no

“Non serviam” es la frase atribuida a Satanás y sus ángeles como muestra de su rebeldía ante Dios. No pocos hombres han seguido sus pasos. El “no” a Dios es un “no” a la vida y un “sí” a la muerte, pero los hay que han elegido pasar la eternidad separados de la vida a morir a sí mismos para vivir siempre en el Señor. La rebeldía está en la raíz de toda perdición. El aceptar que no tenemos la última palabra o, mejor dicho, que esa última palabra no depende de nuestros deseos sino de la autoridad de alguien por encima de nosotros, es lo que separa al hombre del abismo. Y si eso es cierto para todos, en mayor medida lo es para quienes han sido iluminados por el Espíritu de la verdad. Un pagano incrédulo tiene los ojos cerrados ante la luz que puede conducirle hacia la vida eterna, pero el cristiano tiene ojos para ver, oídos para oír y piernas para andar por el camino de la salvación. No hemos recibido una ley escrita en piedras y pergaminos sino al Espíritu Santo que nos conduce hacia la verdad completa, hacia Cristo nuestro Salvador. Por tanto, no tenemos excusa para rebelarnos contra la autoridad divina.

Cuando Cristo envió a sus apóstoles a predicar el evangelio les dio autoridad para hacer discípulos de entre todas las naciones. Pero esa autoridad no acaba en el mero anuncio de las buenas nuevas. Se extiende también al gobierno y pastoreo de los que por la fe y el bautismo pasan a pertenecer a la Iglesia. Por tanto, el cristiano que se opone a la autoridad que el Señor ha establecido para su Iglesia entra peligrosamente en la misma senda de los que dijeron aquel primer “non serviam". Ya lo dijo Cristo: “… y si a la Iglesia desoye, sea para ti como gentil o publicano” (Mt 18,7). Se equivocan quienes piensan que son Iglesia a la vez que desobedecen a sus legítimos pastores. Como los ángeles rebeldes son expulsados del cielo, así los cristianos rebeldes son expulsados de la Iglesia. Solo que lo de aquéllos no tiene remedio y lo de éstos sí, en caso de que se arrepientan.

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