19.11.12

Vaticano II: Novedad, legado y perspectivas

En este año de la fe el Papa Benedicto XVI nos exhorta a releer el Concilio Vaticano II. Sobre todo, a ir a la “letra” del Concilio, consciente de los atropellos que ha ido sufriendo el Concilio por parte de muchos que han querido destilar su “espíritu” prescindiendo de la letra. Ya decía Goethe que no conocía pretensión tan insoportable como la de aquellos que quieren ir al espíritu prescindiendo del texto.
Es importante, muy importante, retornar a la letra del Concilio para superar muchos malentendidos que venimos arrastrando desde hace decenios.

En 1985, en la famosa entrevista que Vittorio Messori hizo a Joseph Ratzinger (“Informe sobre la fe”), el gran teólogo ya decía: “Quien acepta el Vaticano II, en la expresión clara de su letra y en la clara intencionalidad de su espíritu, afirma al mismo tiempo la ininterrumpida tradición de la Iglesia, en particular los dos concilios precedentes”. Aludía a las lecturas aberrantes del Concilio por parte de progresismos y tradicionalismos extremos, que, paradójicamente, como extremos se tocaban en su rechazo del verdadero Concilio.

Creo que Ratzinger, en aquella ya lejana observación, se refería a un punto de capital importancia que podríamos cifrar en una pregunta clave: ¿Quiso el Concilio definir doctrina nueva? He aquí la gran cuestión. Los tradicionalismos extremos afirman que el Concilio elaboró de facto una nueva doctrina que entraba en discontinuidad o incluso en abierta contradicción con el magisterio precedente. También los progresismos extremos venían a decir que el Concilio había propuesto una nueva concepción de la Iglesia y del conjunto de la fe cristiana que superaba y dejaba atrás toda la experiencia precedente.

Ratzinger aludía a la “clara intencionalidad” del espíritu del Concilio. ¿Dónde identificarla? Sin duda, en los promotores principales de esta gran asamblea, los Papas Juan XXIII y Pablo VI. ¿Querían que el Concilio definiese doctrina nueva?

El Beato Juan XXIII, en su discurso del 11 de octubre de 1962, con motivo de la inauguración del Concilio, quiso dejar muy claro la tarea principal del mismo: “Lo que principalmente atañe al Concilio ecuménico es esto: que el sagrado depósito de la doctrina cristiana sea custodiado y enseñado en forma cada vez más eficaz”. También apuntaba a la perspectiva con que la Iglesia quería aproximarse a los hombres de su tiempo: “En nuestro tiempo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad”. Este talante “maternal” que siempre ha formado parte de la identidad misma de la Iglesia, quería ser puesto especialmente en relieve para marcar una singular relación Iglesia-mundo que no deja de ser una de las grandes aportaciones del Concilio junto a las mejores realizaciones de los grandes movimientos, bíblico, teológico, litúrgico y patrístico, que confluyeron en la magna asamblea.

Pablo VI, exultante por la elaboración de la doctrina sobre el episcopado realizada en etapas ulteriores del concilio y que Él deseaba vivamente, declaraba sin embargo la continuidad de una de las mayores aportaciones del sínodo con toda la tradición: “Creemos que el mejor comentario que puede hacerse es decir que esta promulgación verdaderamente no cambia en nada la doctrina tradicional. Lo que Cristo quiere lo queremos nosotros también. Lo que había permanece. Lo que la Iglesia ha enseñado a lo largo de los siglos, nosotros lo seguiremos enseñando. Solamente ahora se ha expresado lo que simplemente se vivía; se ha esclarecido lo que estaba incierto; ahora consigue una serena formulación lo que se meditaba, discutía y era en parte controvertido. Verdaderamente podemos decir que la divina Providencia nos ha deparado una hora luminosa; ayer lentamente madurada, ahora esplendorosa, mañana ciertamente providencial en enseñanzas, en impulsos, en mejoría para la vida de la Iglesia” (Discurso del 21 de noviembre de 1964).

El año 2007, la Congregación para la Doctrina de la Fe, respondía a algunas preguntas sobre ciertos aspectos de la doctrina sobre la Iglesia. La primera pregunta planteada era si el Concilio Ecuménico Vaticano II había cambiado la precedente doctrina sobre la Iglesia. La respuesta de la Congregación era clara: “El Concilio Ecuménico Vaticano II ni ha querido cambiar la doctrina sobre la Iglesia ni de hecho la ha cambiado, sino que la ha desarrollado, profundizado y expuesto más claramente”.

Y Benedicto XVI en su espléndida homilía en el inicio del Año de la Fe, pronunciada el 11 de octubre del presente año 2012 decía: “El Concilio no ha propuesto nada nuevo en materia de fe, ni ha querido sustituir lo que era antiguo. Más bien se ha preocupado para que dicha fe siga viviéndose hoy, para que continúe siendo una fe viva en un mundo en transformación”.

Creo que queda bastante claro que el Concilio no formuló doctrina nueva. Habría que considerar entonces la objeción que formulan algunos grupos que rechazan el concilio. Si el concilio, dicen, no formuló doctrina nueva, entonces es prescindible y confiesan no entender porque se les pide aceptar el Concilio para su reintegración en la plena comunión eclesial que ellos, ciertamente, han roto con sus actitudes y sus hechos.

Es verdad, no hay doctrina nueva en el Concilio, pero sí hay en su texto y en su intencionalidad una exposición renovada del conjunto de la fe cristiana que el Concilio quiso exponer de manera serena y sin controversias a los hombres de nuestro tiempo. Cada generación cristiana debe decirse a sí misma el conjunto de la fe y hacerla suya. Y el Concilio lo hace, y lo hace en continuidad con toda la tradición que le ha precedido.

Benedicto XVI, en su famoso discurso a la Curia Romana del mes de diciembre de 2005 dejaba muy clara la verdadera clave de lectura del Concilio que él expresaba en la “hermenéutica de la reforma” que supone una nueva expresión de la doctrina en la continuidad. En un discurso a los sacerdotes de Roma del mes de marzo de 2006, el Papa precisaba su pensamiento: “no hay que vivir en la hermenéutica de la discontinuidad; hay que vivir en la hermenéutica de la renovación, que es espiritualidad de continuidad, de caminar hacia adelante con continuidad…”.

El Concilio debe ser aceptado en esta perspectiva, leído desde todo la tradición precedente (y consecuente, en cincuenta años de magisterio posconciliar) pero abierto a una formulación para las nuevas generaciones.

Podríamos establecer desde aquí un principio fundamental de interpretación: Toda lectura del Concilio que le haga entrar en discontinuidad o contradicción con los principios fundamentales de la fe católica establecidos a lo largo de los siglos en el magisterio precedente no es una lectura católica y ha de ser rechazada por la Iglesia.
Y desde ahí dejar también claro que no hay ni habrá una plena comunión con la Iglesia sin una aceptación íntegra, gozosa y serena del concilio.

Pablo VI, en 1964, hablaba de “momento esplendoroso”. Todos sabemos, sin embargo, que en un inmediato post concilio no fue precisamente el sol el que lució. Densas tinieblas descendieron en la Iglesia y Pablo VI no dudó en afirmar que el humo de Satanás había penetrado en el templo santo de Dios. Atribuir la situación al Concilio sólo puede ser fruto de ignorancia o mala voluntad. Es cierto que muchos posconcilios han sido convulsos. Basta recordar lo que escribía San Basilio en su Tratado sobre el Espíritu Santo sobre la situación de la Iglesia después del concilio de Nicea. La describía como una “batalla naval nocturna” de todos contra todos.

Pablo VI se refirió con tristeza y amargura a esta situación que él vivió como nadie en carne propia. El 29 de junio de 1972, confesaba creer en una realidad preternatural que había venido al mundo para confundir y sofocar los frutos del Concilio Ecuménico y “para impedir que la Iglesia irrumpiese en un himno de alegría por haber adquirido en plenitud la conciencia de sí misma”.

Todo esto es cierto, pero también Pablo VI, proféticamente, había intuido un mañana ciertamente providencial que creemos que se está realizando y consolidando. ¿Ha llegado el tiempo del Vaticano II? En 1985, Joseph Ratzinger creía que el tiempo verdadero del Concilio Vaticano II “no ha llegado todavía, que su acogida auténtica todavía no ha comenzado; sus documentos fueron en seguida sepultados bajo una luz de publicaciones con frecuencia superficiales o francamente inexactas”. Y decía entonces que “la lectura de la letra de los documentos nos hará descubrir de nuevo su verdadero espíritu”.

Hoy, veintisiete años después, en la homilía del inicio del año de la fe, Benedicto XVI vuelve a insistir: “Por esto he insistido repetidamente en la necesidad de regresar, por así decirlo, a la “letra” del Concilio, es decir, a sus textos, para encontrar también en ellos su auténtico espíritu, y he repetido que la verdadera herencia del Vaticano II se encuentra en ellos”.

Tal vez estemos en esta gran hora del Concilio, disfrutando ya de sus grandes aportaciones y en condiciones de comprenderlo de manera más madura y serena. Juan Pablo II, fue el Papa que articuló e implantó el Concilio. Los grandes documentos de su Pontificado, entre los que debemos destacar el Catecismo de la Iglesia Católica como uno de los mejores y más maduros frutos del Concilio, son buena prueba de ello.

Releer o, para muchos, leer por primera vez el Concilio nos ayudará en los objetivos del Año de la Fe. Así nos lo decía el Papa en la inauguración de este Año que hemos de vivir como una gran oportunidad en toda la Iglesia: “Si sintonizamos con el planteamiento auténtico que el beato Juan XXIII quiso dar al Vaticano II, podremos actualizarlo durante este Año de la Fe, dentro del único camino de la Iglesia que desea continuamente profundizar en el depósito de la fe que Cristo le ha confiado. Los Padres conciliares querían volver a presentar la fe de modo eficaz… porque estaban seguros de su fe, de la roca firme sobre la que se apoyaban”.

Para concluir esta reflexión confieso que hago totalmente mías las palabras con que Benedicto XVI concluía el imprescindible discurso a la Curia Romana del 22 de diciembre de 2005: “Así hoy podemos volver con gratitud nuestra mirada al Concilio Vaticano II: si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia”

10.10.12

Concilio Vaticano II, ¿fugaz primavera?

Mañana, Deo volente, se cumplirán y festejarán los cincuenta años del inicio del Concilio Vaticano II. Hoy, leyendo esta mañana La Vanguardia de Barcelona, no he resistido a la tentación de considerar con calma un largo artículo de opinión de un viejo conocido mío, el P. José Ignacio González Faus, a cuya cristología dediqué hace ya años un serio estudio crítico que fue mi tesis doctoral defendida en la Pontificia Universidad Gregoriana. Ciertamente, el P. González no ha cambiado. Su lema podría ser muy bien “Semper ídem”, paradójicamente para él, abogado de la reforma constante y ahora lamentando la oportunidad perdida, según él, del Concilio. El título del artículo es elocuente: “Réquiem por un concilio”.

Para el P. González, el Concilio ha sido una fugaz primavera que, sin ser perfecto, fue abortado por una curia romana que se negó a reformarse. Sabiendo que la Curia no es otra cosa que el instrumento del Papa para su misión de servicio a la comunión en la fe y la caridad de toda la Iglesia universal ya vemos hacia donde apuntan las acusaciones del viejo jesuita tan identificado con “su cuarto voto”. El tufo de lo que Von Balthasar llamaba “complejo anti-romano” es innegable.

Según González Faus, “el nuevo Código de Derecho Canónico enterró la colegialidad y las reformas conciliares quedaron desleídas en meros retoques de fachada de eficacia dudosa (el sínodo de obispos, por ejemplo). Nada nuevo bajo el sol. Hace cuarenta años que Faus y todos sus adláteres están cantando la misma palinodia. En el fondo se trata de una lectura parcial y sesgada del Concilio desde la decadente hermenéutica del 68.

Es significativo que un autor tan informado como González Faus no haga mención a un tema tan importante como es la “hermenéutica de la continuidad”, evocada por Benedicto XVI y que es la verdadera clave de lectura y comprensión del Concilio. No hace mucho, un autor como Brunero Gherardini, reclamaba una explicación auténtica y hecha con autoridad de las enseñanzas del Concilio. Sinceramente, creo que es innecesario. Cincuenta años de Magisterio posconciliar con textos de capital importancia como el Catecismo de la Iglesia Católica constituyen la mejor hermenéutica de continuidad para la comprensión de un concilio que, en palabras de Benedicto XVI, sigue siendo brújula segura que marca el norte de la Iglesia.

Desde el camino recorrido, a menudo con grandes dificultades, durante estos cincuenta años, tenemos una oportunidad magnífica para releer el Concilio y penetrar en sus enseñanzas. Es hora de releer o leer el Concilio. En un decálogo para vivir el año de la fe elaborado por un obispo de EEUU se propone como un punto firme “leer los textos del Concilio Vaticano“.

Efectivamente, se trata de ir a los textos y no tanto a reflexiones e interpretaciones de los textos y tenemos la mejor guía para comprenderlos en todo el cuerpo de enseñanzas de la Iglesia que han emanado desde la asamblea conciliar hasta llegar a nosotros. Ya el Concilio nos advertía en Dei Verbum que la misión de interpretar auténticamente la divina Revelación sólo ha sido confiada al Magisterio vivo de la Iglesia, al magisterio del Romano Pontífice y de todos los miembros del Colegio Episcopal que, por naturaleza intrínseca, están en comunión con el Sucesor de Pedro.

¿Réquiem por un concilio? No, ciertamente; más bien réquiem por una “hermenéutica de discontinuidad del concilio” que tantos sinsabores ha producido en la vida de la Iglesia estos cinco decenios y que aprovechará la efemérides para dar sus últimos coletazos.

9.09.12

Homílias al servicio de la fe y de la nueva evangelización

HOMILÍAS: AL SERVICIO DE LA FE Y DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN

Estos primeros días de septiembre tuve la ocasión de participar en el Congreso Mariológico y Mariano Internacional celebrado en Roma. En varias conferencias se puso en relieve la necesidad de buenas homilías para la formación de la auténtica devoción y piedad marianas de los fieles. Un relator comentó un informe sobre una encuesta hecha en una región italiana sobre el conocimiento que tenían los fieles de las enseñanzas de la Iglesia sobre la Virgen María y los resultados eran desalentadores. La causa: una deficiente acción homilética y catequética por parte de pastores que no profundizaban en su estudio y se limitaban a exponer generalidades sin preocuparse por su propia formación y la de los fieles que les habían sido confiados.

El Beato Juan XXIII, en su encíclica “Sacerdotii nostri primordia” con ocasión del primer centenario de la muerte del Santo Cura de Ars recordaba, a los sacerdotes en particular, que San Juan María Vianney, siempre dispuesto a responder a las necesidades de las almas, brilló como buen pastor, “procurando abundantemente a sus fieles el alimento primordial de la verdad religiosa” y durante toda su vida fue predicador y catequista.

Juan XXIII en este documento insistía en el trabajo ingente y perseverante que se impuso el Santo Cura de Ars para cumplir su deber de oficio de enseñar al pueblo de Dios, deber que el Concilio de Trento calificaba de “primum et máximum officium”.

Es fácil constatar que la única formación religiosa que reciben la inmensa mayoría de fieles se limita a la homilía dominical. Y no hay duda que una homilía bien preparada, atractiva, breve, clara, concisa y concreta, semana tras semana, año tras año, puede hacer mucho bien en la formación de la fe.

Un buen objetivo para el año de la fe sería, sin duda, trabajar para perfeccionar este magnífico instrumento de formación que es la homilía. Conozco algún párroco que, además de prepararlas con esmero, las publica en una hoja y las cuelga en su Facebook para que esté al alcance de todos sus feligreses y llegue no sólo a los que asisten a la Santa Misa.

Y, finalmente, unas buenas homilías, especialmente en circunstancias particulares donde participan muchas personas que habitualmente no vemos en la Misa dominical (funerales, bautizos, bodas…), pueden servir y mucho a la Nueva Evangelización.

Acabo con una pregunta que puede dar lugar a una interesante “conversación sobre la fe": ¿Qué piensa usted de las homilías que oye habitualmente?

26.04.12

Pro Multis

Veo que se discute mucho sobre el tema, Recupero una respuesta que di en junio de 2010 en mi sección del Consultorio de Cataluña Cristiana

PRO MULTIS

He oído que van a cambiar algunas palabras de la Consagración, sustituyendo la expresión “por todos los hombres” por otra más restrictiva, “por muchos”. ¿Acaso Cristo no murió por todos los hombres?

¡Cuánta tinta ha hecho correr esta discusión! Cuando se consagraba utilizando la lengua latina siempre se decía “pro multis”, es decir, “por la multitud”, que en el sentido bíblico significa por la totalidad. A veces se desconocen estos semitismos latentes en el texto bíblico y esto llega a equívocos. En julio de 2005 la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, escribió a todos los presidentes de las Conferencias Episcopales para preguntar su opinión sobre la traducción a varias de las lenguas vernáculas de la expresión pro multis en la fórmula de la consagración de la Sangre de Cristo. La Congregación recordó posteriormente que es dogma de Fe que Cristo murió en la Cruz por todos los hombres y mujeres y también que hay, sin embargo, muchos argumentos en favor de una traducción más precisa de la fórmula tradicional pro multis. Se ha decidido que se vaya recuperando esta expresión “por muchos”. Y así se va haciendo en nuevas ediciones de los misales. Con todo, la misma carta de la Congregación deja claro que sería completamente posible que los Evangelios hubiesen dicho “por todos” (por ejemplo, cf. Lucas 12,41); pero, la formula de la narración de la institución dice ” por muchos", y estas palabras han sido fielmente traducidas por la mayoría de las versiones bíblicas modernas. “Por muchos” es una traducción fiel de “pro multis” en tanto que “por todos” es más bien una explicación más adecuada a la catequesis.

La expresión “por muchos", mientras permanece abierta a la inclusión de cada uno de los seres humanos, refleja, además el hecho de que esta salvación no es algo mecánico, sin el deseo o la participación voluntaria de cada uno; por el contrario, el creyente es invitado a aceptar por la fe el don que le es ofrecido y a recibir la vida sobrenatural que es dada a los que participan del misterio, viviéndolo en sus vidas de modo tal que sean parte del número de los “muchos” a los que se refiere el texto. Para una mejor comprensión hay que acudir a la distinción que se hace en teología entre la “redención objetiva” y la redención subjetiva". En la redención objetiva se destaca que Cristo hizo todo lo que era necesario para la salvación de los hombres. Su sacrificio nos reconcilió plenamente con Dios. Pero esto no significa automàticamente, como subraya cierta teología protestante, que ya estamos salvados automáticamente. No. La redención ha de ser recibida personalmente por la fe y la conversión. Una mala comprensión del “por todos” podría dar lugar a una comprensión equívoca de la salvación y, de hecho, esta comprensión está bastante extendida, pues son muchos los que piensan que es imposible condenarse. Finalmente la Congregación pedía una catequesis a los fieles para que entendieran estos cambios en su justo sentido. Espero que esta respuesta ayude a hacerlo. Un saludo.

12.04.12

La Cruz sobre el altar. La renovación litúrgica de Benedicto XVI

Constato que en muchos lugares, más en unos que en otros, empieza a verse la Cruz sobre el altar en la celebración de la Santa Misa, al estilo como lo hace habitualmente el Papa Benedicto XVI. No debería sorprender a nadie, pues las Normas Generales del Misal Romano prescriben que sobre el altar o cerca de él se sitúe la cruz. Durante muchos años y en muchas iglesias la cruz desapareció sobre o cerca el altar. No era ajeno a este gesto la pérdida de la concepción sacrificial de la Eucaristía que forma parte de la fe de la Iglesia. Dejando aparte esta cuestión, que no es secundaria precisamente, hoy quisiera reflexionar sobre la cruz como lugar de “orientación” de la oración eucarística. En un artículo magnífico, Eric Peterson ha relacionado la cruz y la costumbre, tal vez de tradición apostólica, de orar hacia oriente. Así podría testimoniarlo el uso de la cruz sobre el altar de la liturgia sirocaldea a mediados del siglo XV. Un buen amigo, ya fallecido, el Dr. Martí Aixalà, que fue presidente del Pontificio Instituto de Arqueología en Roma, analizaba este aspecto en un buen artículo publicado hace unos años. Si en occidente la cruz aparece como insignia litúrgica en las procesiones estacionales del siglo IX, y si, segín los Ordines Romani, en el siglo XII, el subdiacóno tomaba la cruz del altar al inicio y la retornaba al final de recorrido, esto da a entender que la cruz se toma como signo que nos hace caminar con la mirada puesta en Jesús (Heb 12, 2), el signo cósmico y escatológico que mirarán y verán todos los pueblos de la tierra, el signo de la venida del Hijo del Hombre en poder y majestad.

La Misa romana había conservada hasta hace muy poco la orientación de la oración hacia oriente. El sacerdote, nunca ha dicho la Misa “de espaldas al pueblo” (expresión que es una auténtica barbaridad), sino de cara al mismo punto hacia el que el pueblo también miraba, “conversi ad Dominum", girados hacia el Señor, como decía la antigua invocación. También es interesante constatar como la costumbre de orientar la oración hacia un punto geográfico determinado, el de la revelación y la luz divina, continúa siendo una práctica observada por judíos y musulmanes. ¿Por qué perderla los cristianos?

Algunos objetan que la costumbre de celebrar la Eucaristía mirando al pueblo hace imposible esta posibilidad. Cabrían dos soluciones. La primera consistiría en reservar la litúrgia estrictamente eucarística según la antigua costumbre, “conversi ad Dominum", todos, sacerdote y pueblo, orientados hacia el Señor. Otra posibilidad es la que viene utilizando el Papa al colocar en todas sus celebraciones la cruz entre el celebrante y el pueblo. Así todos tendríamos el mismo punto de orientación, miraríamos hacia el Señor y tal vez dejáramos de mirarnos tanto los unos a los otros. Martí Aixalà observaba que auqnue esto supondría una cierta “distracción", ésta sería muy beneficiosa, pues tal vez ayudaría a regular el papel de primer actor omnipresente en que se ha convertido tan a menudo el ministerio de la presidencia con el claro riesgo de clericalizar en exceso la celebración de la Santa Misa.

Estemos atentos. Los gestos celebrativos de Benedicto XVI no son casuales ni anecdóticos. Constituyen un magisterio no escrito de suma importancia para toda la Iglesia. Así lo interpretaba el Cardenal Cañizares cuando, en el prólogo a la conocida obra de Nicola Bux, decía que “las liturgias pntificias son ejemplares para todo el orbe católico".

Silenciosamente, con sabiduría y discreción, Benedicto XVI nos va conduciendo hacia la anhelada “renovación litúrgica", tan querida por el Concilio Vaticano II y, lamentablemente, tan poco lograda en muchas manifestaciones. De esta renovación quisiera ocuparme en un artículo algo más extenso que el presente. ¡Feliz Pascua!