Perspectiva histórica del cristianismo frente al helenismo.

Como es de suponerse, la visión cristiana de la historia es radicalmente distinta de la que tenían los griegos. Y el motivo radica en su orientación hacia un fin sobrenatural que le dio una visión aguda que le permitió valorar más el carácter inmutable de las cosas que su transitoriedad. A diferencia del helenismo, que sostuvo una idea de decadencia continua y del modernismo que ha confiado en el progreso indefinido. La visión cristiana se centra en el recuerdo del Acontecimiento en relación al cual se ordena toda la historia. El cristianismo produjo un parteaguas inaugurando un tiempo nuevo, aunque marcado por la caída del imperio romano y la fundación del Imperio de Carlomagno.

Es claro que, en la visión cristiana de la historia, el fin del hombre está fuera de la vida terrena a la vez que el mundo creado está siempre bajo el cobijo de la providencia. De ahí que, a diferencia de los griegos y de los modernos, el cristianismo conciba la historia con miras a una ordenación a un fin trascendente. El tiempo para el cristiano es un modo de ser que conviene a los entes contingentes, porque Dios como Ser absoluto no puede llegar a ser nada más de lo que ya es. Por eso, el cristiano sabe que la duración no es algo que tenga que ver con Dios. En cambio, las cosas creadas, como participaciones finitas de Dios, están incompletas y se mueven a alcanzar su perfección. Eso hace que duren en el tiempo. Para el cristiano, el hombre se encuentra en un estado que no es el de Dios ni el de las cosas. Concibe una duración y un espacio en la dispersión de la materia. Por eso el filósofo cristiano piensa en el mundo de lo porvenir. Se concibe como intermedio entre lo instantáneo del ser de los cuerpos y la eternidad de Dios. El cristiano se da cuenta de que sólo el instante presente es real y reúne el pasado que ya fue y el futuro que ha de ser. A diferencia de los griegos y los modernos, el filósofo cristiano concibe un hombre transeúnte con miras a un fin que no terminará jamás. 

Cristo promete una vida social perfecta de modo que el cristiano se sabe llamado a formar parte de una comunidad que trasciende a la que pertenece. El cristiano mantiene sujeta su vida a una sociedad trascendente que une a los hombres con su creador y que le hace tener una visión humilde de su condición.[1] A diferencia de los griegos y de los modernos que no tienen una concepción así de la humildad, la humildad cristiana consiste en concebir la dependencia absoluta que el hombre tienen de su creador.[2]

Como se puede ver, la concepción del sentido de duración cristiana es muy distinta a la del eterno retorno de los griegos en el que todo está determinado y al progresismo indefinido de los modernos. El cristiano cuenta con una historia personal que se desarrolla linealmente hasta la muerte. En el transcurso de la vida el hombre que se mueve hacia el fin promulgado por Dios, va adquiriendo un crecimiento individual y la sociedad se va haciendo heredera de un progreso social. El hombre, en lo individual y lo social transcurre sumando conocimientos naturales y sobrenaturales con miras a la perfección que alcanzará en la vida eterna que es su vida futura. No se trata como en los griegos de una decadencia continua ni del progreso científico-tecnológico indefinido de la modernidad, porque se trata de un progreso hacia un fin muy bien definido que constituye el fin de la historia.

El filósofo cristiano sabe que la sociedad cristiana está en camino hacia la perfección mediante una finalidad que lleva una intención y una unidad. La historia cristiana tiene un fundamento filosófico y teológico que considera los acontecimientos con un sentido que les confiere inteligibilidad. El filósofo cristiano concibe un comienzo y un fin de la historia cosa que no tiene la concepción histórica del mundo pagano y apóstata. Por eso fuera del cristianismo la historia es ininteligible en cuanto no cuenta con un origen definido ni un fin. En la visión cristiana, todos los acontecimientos se colocan en el lugar que les asigna el plan de Dios. Todo está ligado a la providencia. Es así como se encuentra en la obra de San Agustín titulada: La Ciudad de Dios que ha inaugurado la filosofía cristiana de la Historia. El cristiano concibe la historia como regida por la economía providencial de la revelación.

Durante largo tiempo la filosofía fue siendo preparada en la antigüedad para recibir con el cristianismo su forma definitiva. La filosofía griega se integró al cuerpo de la Sabiduría cristiana alcanzando su plenitud. Aunque ahora se ha visto oscurecida por el asalto del mal contra el bien, que ya estaba anunciado y que es como la pasión de Cristo, una tiniebla entre dos luces. Pero, el filósofo cristiano sabe que ese mal será derrotado y entonces la ciudad será construida y restaurada y reinará la paz prometida por Dios mismo. La paz a la sombra de la cruz. Ahí la filosofía, enseñando la justicia y permaneciendo en la caridad trabajará a su modo en el acabamiento del plan divino preparando el advenimiento de la Ciudad de Dios en el que reinará la paz como la tranquilidad del orden justo.[3] Porque la verdadera paz está en el amor común del verdadero bien.[4] El conocimiento y el amor que orienta la inteligencia y la voluntad, ordenados por Dios confieren la paz al unificar las conciencias y las voluntades.[5] La filosofía cristiana ha sido fecunda siempre que se ha incorporado a una Sabiduría que vive de la fe y de la caridad. Pero ahora que la filosofía se ha auto-constituido en un fin en lugar de ordenarse a la Sabiduría que es su principio y su fin, se ha estado produciendo su ruina. Esto lo podemos constatar como un hecho que ha venido sucediendo desde finales de la Edad Media e inicios del Renacimiento hasta nuestros días. La filosofía separada de la Sabiduría cristiana no ha hecho más que corromperse perdiendo su unidad y se ha venido disolviendo en la nada. Dividida contra sí misma se ha estado autodestruyendo. Pero, aun así, la filosofía cristiana sigue viva, aunque en un pequeño reducto que conserva su legado que, en algún momento de la historia, ha de cumplir su misión más cabal.



[1] “Omnis virtus moralis est circa actiones vel pasiones, ut dicitur in II Ethic. (lect. III). Sed humilitas non commemoratur a Philosopho inter virtutes quiae sunt circa passiones; nec etiam continetur sub justitia quae est circa actiones. Ergo videtur quod non sit virtus. Ad quintum, dicendum quod Philosophus intendebat agere de virtutibus, secundum quod ordinatur ad vitam civilem, in qua subjectio unius hominis ad alternum secundum legis ordinem determinatur: et ideo continetur sub justitia legali. Humilitas autem, secundum quod est specialis virtus, preaecipue respicit subjectionen hominis ad Deum propter quien etiam aliis humiliando se subjicit.” Aquino, Tomás de. S.Th., I-II, q.1, ad. 5.

[2] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I-II, q.100, a.5, Resp.

[3] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., II-II, q.29, a.1, ad.1.

[4]Vera quidem pax non potest ese nisi circa appetitum veri boni.” Aquino, Tomás de. S.Th., II-II, q.29, a.2, ad.3.

[5] Cfr. Aquino, Tomás de. In de Div. Nom. XI, lect. 1.

1 comentario

  
Alonso Gracián
Excelente post, amigo Manuel.

Como certeramente explicas, "Durante largo tiempo la filosofía fue siendo preparada en la antigüedad para recibir con el cristianismo su forma definitiva. La filosofía griega se integró al cuerpo de la Sabiduría cristiana alcanzando su plenitud. "

Esta síntesis grecolatina, debidamente redimida, es vital para el pensamiento católico, y sirvió al Aquinate para realizar su sistema metafísico. Apartarse de él es imposible sin grave detrimento.

Gracias hermano.



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Muchas gracias a tí Alonso. Por tu lectura y tu comentario.
Saludos fraternos,
Manuel Ocampo Ponce.
12/11/17 9:12 PM

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