3.02.13

San Agustín y la música

San Agustín vivió una durísima lucha interior para discernir si el deleite producido por los cantos litúrgicos era bueno o malo para el espíritu, por el riesgo de que la belleza musical llegara a obstaculizar la atención al texto sagrado. Ante muchos lectores de hoy estas amarguras pueden parecer absurdas o incomprensibles, pero la raíz del problema es muy actual. 

Ocurre por una parte que el hombre moderno, por causa de la evolución filosófica a partir sobre todo de la Ilustración, tiende a abandonarse al círculo interior de su subjetividad, encerrado en sus propias apetencias, opiniones, sensaciones e ilusiones. Organizar la propia vida conforme al orden objetivo que rige el mundo es para él una complicación inútil y caduca. De ahí la antipatía de no pocos musicólogos ante la preocupación tradicional de la Iglesia por salvaguardar el equilibrio entre el atractivo estético de la música y la preeminencia del texto sagrado, que ellos juzgan despectiva hacia el arte de los sonidos como fuente de placer inmediato.

Por otra parte, ya dentro de la Iglesia, los años del post-concilio vieron el renacer de una vieja desconfianza hacia la belleza sensible. Es una cuestión que había sido muy bien solucionada en la Iglesia Católica, como lo prueba su impresionante legado en arquitectura, escultura, pintura o música. Pero aquel espiritualismo neoplatónico un tanto peleado con la materia, tan extendido en los primeros siglos cristianos por la necesidad de purificación respecto al paganismo, volvió a asomar. No es casualidad que la eliminación en la liturgia de cualquier tipo de música de cierto nivel y elaboración artística se haya visto acompañada por una estética visual tendente a la desnudez de formas y renuente a las ilustraciones pictóricas y escultóricas. 

San Agustín, pese a su discurso filosófico de raíz griega más proclive a pensar la música que a disfrutar escuchándola, era un hombre de grandísima sensibilidad musical, hasta el punto de llegar a sentirse prisionero y sujeto por los deleites tocantes al oído (Confesiones X, 33, 49). Esto hizo que, llevada la cuestión al campo de la vida espiritual, la clásica distinción filosófica entre sentidos y razón se volviera más dramática, dando paso a la oposición entre carne y espíritu.

Esta agonía que según sus propias palabras tanto le hizo sufrir tuvo un episodio inicial gratificante: la impresión espiritual que le produjeron los cánticos de la iglesia de Milán:

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5.01.13

Villancico para la fiesta de Reyes: Juyzios sobre una estrella, de Francisco Guerrero

Así como el pasado 1 de enero traje al blog el precioso motete O magnum mysterium, compuesto por Tomás Luis de Victoria para la festividad de la Circuncisión del Señor que en el rito tradicional corresponde a ese día, quiero hacer algo similar en estas vísperas de la Epifanía. Propongo a los lectores la escucha y el disfrute de la villanesca Juyzios sobre una estrella de Francisco Guerrero, maestro de capilla de la catedral de Sevilla durante el siglo XVI. Esta bella composición fue publicada en 1589 en Venecia por su autor dentro de la colección llamada Canciones y villanescas espirituales.

El texto, en castellano, trata de los magos de Oriente, su observación de la estrella y de cómo son guiados por ella hasta Belén. Es también un ejemplo del género de composiciones en lengua vernácula que entraron en la liturgia de la Iglesia en unos tiempos en que toda ella se desarrollaba en latín. El profesor Ricardo Fernández, de la Universidad de Navarra, ofrece información precisa al respecto:

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31.12.12

O magnum mysterium de Tomás Luis de Victoria. Audición comentada.

El próximo 1 de enero, octava de la Navidad y solemnidad de Santa María Madre de Dios, correspondía antiguamente a la festividad de la Circuncisión del Señor. Para este día compuso el gran polifonista Tomás Luis de Victoria (1548-1611) su motete O magnum mysterium.

El motete puede verse en el vídeo que aparece más abajo. Su texto dice:

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22.12.12

Música en la liturgia de la Nochebuena

Siempre me ha gustado mucho la “misa del gallo”. El sonido de las campanas en mitad de la noche me parece una gloriosa provocación a las rutinas del mundo, un signo de algo tan importante como para quebrar el silencio general. Lo mismo cuando las campanas acompañan desde la torre el Gloria in excelsis Deo de la Vigilia Pascual. Dos signos para dos noches muy importantes.

Por eso me cuento entre los que no comprenden la supresión tan generalizada de la Misa de la Noche de Navidad o “Misa del gallo”, ni su traslado a horas incongruentemente tempranas. Y menos aduciendo como “razón pastoral” el que a los fieles (no sé si a muchos o a pocos) les pueda resultar más confortable continuar en casa frente al cordero asado o los polvorones. 

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10.12.12

La introducción del órgano en la liturgia de la Iglesia (II)

En el artículo anterior vimos que el órgano había nacido en el Egipto helenizado del siglo III antes de Cristo, que tuvo unos años de existencia exclusiva en el mundo griego y que a mediados el siglo I llegó a la ciudad de Roma. También que en los primeros años de la Iglesia el órgano no tenía ninguna vinculación con el culto cristiano, y que estaba asociado a la vida social del paganismo romano. 

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