Los Ateos toman el Púlpito
Me parece que fue Henrich Böll el que dijo que no le gustaban los ateos porque se pasaban el día hablando de Dios. Algunos de ellos como el biólogo británico Richard Dawkins poseen en propiedad una cátedra de ateísmo en la Universidad de Oxford, y no para de escribir libros y dictar conferencias donde proclama que Dios es sólo un espejismo. Resulta una divertida paradoja: alguien que no cree en el Altísimo ha logrado acumular una gran fortuna a costa de él.
Nunca he creído que el destino me pudiera ser revelado consultado el horóscopo o que la buena o la mala ventura lograsen ser descifradas leyendo las rayas de la mano. No creo en escobas voladoras, varitas mágicas, unicornios ni caballos alados. Nunca me convencieron los que afirman haber sido abducidos por extraterrestres, los que dicen haber visto al monstruo del lago Ness, los que se fueron de acampada con el Hombre de las Nieves o los que aún esperan que entre los escombros de alguna ruina antiquísima encuentren la huella del minotauro. Que cada lunático le encienda una vela a su extravagancia de cabecera.
Pero lo que no se me ocurriría nunca es fundar la asociación contra los Chalados que creen en el Unicornio, prohibir los cuentos de hadas o ponerle un piso a un club de fans del agnosticismo donde pudieran reunirse dos o más científicos que, en el nombre de la razón, lucharan por prohibir las leyendas urbanas o desenmascarar al Hombre del Saco. Para los incrédulos es tan esperpéntico creer en Dios como en el Ratoncito Pérez, de ahí que no salgo de mi asombro cuando observo que son legión los ateos profesionales que derrochan tiempo y fortuna tratando de convencer y convencerse de que vivir religiosamente es tan inútil como ladrarle a la luna.




