Escuela de Virtud

1. Detectando el problema, proponiendo soluciones

Tal como señalaba en Santo Tomás, segura vía para le educación y la ciencia, último artículo de mi serie “Por una educación tomista” las escuelas de las virtudes son la familia, la Iglesia y la sociedad (Declaración Conciliar Gravissimum educationes, 1965). Quiero referirme a ésta última, la sociedad. De ella surge y en ella se incardinan las instituciones educativas y, dentro de ellas, ejerce sus funciones el profesor. Sobre éste último va referido este artículo.

Conectando con la línea expuesta en mis artículos anteriores, a mi entender la finalidad del profesor debe ser educar en la fe desde las virtudes cristianas. Porque sólo poniendo a Dios en el vértice, el edificio de la persona tiene solidez para no ser demolido por las convulsiones traídas por las falsas filosofías de La Modernidad. Sólo desde esta perspectiva el alma humana se eleva hacia miras y objetivos íntegros, limpios y virtuosos. Desde aquí surgirán entonces ciudadanos bien formados y cultos, de recta conciencia y responsables de sus deberes individuales, familiares y sociales. Estas son las bases de la felicidad.

Cuántos estudiantes supuestamente católicos salen de centros de enseñanza secundaria y superior internamente desorientados y, confrontados ante las realidades y la ciencia errónea, acaban alejados de Dios y su Iglesia o luchando contra ellos. Cuántas murallas de incredulidad se levantan en tantos y tantos estudiantes y post-estudiantes y profesores. Cuántos acaban aliados de las falsas filosofías y doctrinas servidoras del “príncipe de este mundo”.

Es por eso que Santo Tomás construyó y divulgó su sistema educativo, es por eso que San Ignacio elaboró sus ejercicios espirituales para “meditar, razonar, contemplar y así preparar y disponer el alma para quitar todas las afecciones desordenadas”, con el fin de adherirse a la Verdad. De ahí que Herrera Oria consideró los Ejercicios de San Ignacio la mejor escuela de vida. Éste fue el punto de mira puesto por el propio D. Ángel para su Asociación y, así, “todos los años harán los socios los Ejercicios Espirituales de San Ignacio” (1909). Tal es la importancia de esta cuestión que perderían su condición de socios activos “aquellos que durante dos años seguidos dejarán de hacer los Ejercicios Espirituales” (1933).

Seamos sinceros, reconozcámoslo, la incredulidad ha acabado por invadir a multitud de profesores y alumnos procedentes, sin embargo, de ámbitos cristiano-católicos. Aquí están las bases de nuestra sociedad secularizada donde ya no hay lugar para lo sagrado ni para el Misterio. Algunos, aún con fe, viven divididos entre ésta y la ciencia secularizada fundamentada en la falsa filosofía de La Modernidad, germen de todas las imposturas y calumnias que combaten a la Iglesia (Pascendi 38). Cuántos profesores y estudiantes están sumergidos en el temor de ser calificados como intolerantes, fanáticos, sectarios, enemigo de las artes y ciencias y acabar –así- fuera de los círculos científicos oficiales por el hecho de adherirse a la Doctrina y Magisterio de la Iglesia y por enseñar ciencias y artes -en ellas y desde ellas- “a toda criatura” (Mc. 16, 15).

No debe extrañarnos ver a profesores que simplemente quieren acabar la jornada y a alumnos de enseñanza secundaria y superior querer obtener el mejor resultado o un título sin esfuerzo, sin perseverancia, sin aplicación y constancia, con estudio superficial, sin pulcritud ni en los contenidos ni en las formas. Cuantos profesores y estudiantes -medio y superior- están metidos en esta dinámica de derrota y prefieren ir pasando con tal de obtener un título o una plaza, la cual llaman “su” antes de obtenerlos. ¿Por qué no se les habla auténticamente? Veamos, ¿qué es lo que realmente valoramos, qué es lo que realmente anhela nuestro corazón? ¿Aquello que alcanzamos sin constancia ni aplicación o aquello que obtenemos con esfuerzo, valor y arrojo?

En esta tesitura, para atajar el mal que aflige al mundo educativo y científico no bastan los esfuerzos comunes, ordinarios o extraordinarios mundanos. Por esta razón Juan Pablo II y Benedicto XVI insisten en la Nueva Evangelización (Congreso catequistas y profesores, 2001). Ésta es la nueva misión y en ella todos estamos implicados, especialmente los que nos dedicamos al campo de la educación y la ciencia. Es así que la enseñanza e investigación científicas, en y desde los fundamentos cristianos; es por derecho natural, divino y eclesiástico la actividad que profesores-investigadores y alumnos deben llevar a cabo y ofrecer al mundo actual. “Enseñad” como nos manda Jesucristo, “a tiempo y a destiempo” como nos insta San Pablo (2Tm. 4, 2).

2. El método

Aquí entramos en el método, el cual debe suministrar normas seguras y estables sobre las cuales explicar los conceptos, desarrollar las hipótesis y tesis y también el juicio crítico en orden a la Verdad. Esta actividad debe fundamentarse en las virtudes teologales y cardinales. Y el primero en ponerlas en práctica debe ser el profesor-investigador, él es ejemplo para los alumnos y para la comunidad científica.

La Fe y la Esperanza dan seguridad en el camino, mientras que la Caridad hace amar este camino por arduo que sea. La Prudencia obliga a estar siempre atento y reconsiderar los planteamientos antes de darlos por buenos en conformidad con la Verdad. La Justicia mantiene al profesor-investigador y al alumno con la mente equilibrada y despejada –conciencia recta- para dilucidar, exponer y clarificar conforme a la Verdad. La Fortaleza permite no desfallecer, no rendirse y llegar al final del camino. La Templanza posibilita mantener serenos los sentidos físicos y Potencias del Alma para discernir el error y corregirlo. La Memoria permite asumir los contenidos; la Inteligencia entenderlos, aprenderlos y descubrir o poner en relación sucesos, causalidades, probabilidades, inéditos caudales; la Voluntad férrea permite cumplir los objetivos. Es así que las Potencias del Alma son herramienta de las Virtudes.

Es así como el tema de estudio científico, bajo forma y contenido concretos, se va desplegando ante la mirada atenta de los alumnos y de la comunidad científica. A ellos se les va abriendo a las verdades de la fe y moral católicas y a cómo éstas se manifiestan en los contenidos temáticos, tesis e hipótesis de trabajo. Así surge, se consolida, se difunde y se llega a aceptar la verdadera ciencia la cuál -al escudriñar los entresijos de los hechos, sucesos, biografías y mundo físico- hace relucir la Verdad de la Fe.
Nos lo dijo Juan Pablo II en Cuatro Vientos, “¡No tengáis miedo!”, y así lo recogió en su libro Levantaos, vamos. Este camino de educación y ciencia da felicidad porque se adhiere a la Verdad, porque hace realidad vivida día a día las palabras de San Pablo “No te dejes vencer por el Mal; antes bien, vence al Mal con el Bien” (Rm. 12, 21). Y esto, si se vive, se transmite con la sola presencia. Profesores e investigadores deben transmitir esta alegría y felicidad a sus alumnos, discípulos y colegas. Porque el ejemplo es la mejor escuela. A esto se llama Amor.

Amar es querer bien a colegas y alumnos. Y no quiere bien aquel que relativiza la Verdad o la oculta o la minimiza. Querer bien es decir la Verdad y poner en el camino de la Verdad a los colegas y alumnos en el trabajo diario. Un trabajo diario duro, exigente, aplicado, pulcro, perseverante, esforzado y sacrificado. Aquí se pone de manifiesto y queda plasmada la belleza y dignidad del alma racional que se funde con la fe.

Antonio Ramón Peña Izquierdo

Dr. en Historia

Asociación de Docentes Santo Tomás de Aquino


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4 comentarios

  
Liliana
Que buena salida una educación con virtudes cristianas, seria un faro potente en el ángulo, escoltado de un lado por las virtudes teologales y del otro lado por las virtudes cardinales.
De esta forma todas las trampas u obstáculos que hubiese en el camino, se las vería desde lejos, las que quedarían, con su plan atrapador y desvirtuado, sin éxito.
Por favor padres y profesores dejémonos iluminar desde la Doctrina y Magisterio de la Iglesia Católica, para comenzar a ser cada uno escuela de virtud cristiana para el bien de toda la sociedad. No paremos de proponer una cultura de vida para una nueva civilización en el amor.
21/01/11 12:53 AM
  
Silveri Garrell
Habría que incidir más en la necesidad de practica de plegaria personal y familiar que todo cristiano y toda familia cristiana deberían practicar todos los días en sus propias casas. Simplemente con rezar un misterio del rosario al día ya es suficiente para un creyente individual y también en bendecir la mesa dando gracias a Dios por los alimentos a nivel familiar es suficiente. Es el primer paso más eficaz para EDUCAR en cristiano. Pero sucede que en la mayoría de los púlpitos no se habla de oración privada, se habla de oración en La Iglesia en el templo, luego ya sabemos que la mayoría cuando sale del templo se olvida de Dios en toda la semana. Si los niños empezaran rezando una breve oración antes de abrir un libro de matemáticas a bien seguro las matemáticas les entrarían mejor en la mollera. Pero me parece que gran parte de los que necesitan educación en este detalle son la mayoria de clérigos.
21/01/11 9:30 AM
  
Antonio Peña
Silveri, tienes razón en muchos de los puntos que planteas. En el art. "Santo Tomás, segura vía para le educación y la ciencia" enlace que tienes arriba, incido en este punto. Ahora bien, lo que planteas encuanto a la oración privada y pública entra dentro de la Iglesia (Militante unida a la Triunfante y Puirgante)como Escuela de Virtud. Segudamente esto tiene conexión con la tercera (o primera) Escuela de Virtud que es la Familia, cuyo referente es la Sagrada Familia. ¿Queremos ser buenos padres y madres? Fijémonos en San José y en la Virgen María ¿queremos ser buenos hijos? fijémonos en Jesucristo. Así las tres escuelas de virtud están interconectadas y forman una sóla Gran Escuela de Virtud. Por otra parte, gracias por incorporar tus observaciones que enriquecen esta proposición.

Liliana, gracias por incorporar tu reflexión que a todos nos iluminan.
21/01/11 11:37 AM
  
Ricardo de Argentina
Cuántos estudiantes supuestamente católicos salen de centros de enseñanza secundaria y superior internamente desorientados y, confrontados ante las realidades y la ciencia errónea, acaban alejados de Dios y su Iglesia o luchando contra ellos.
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Cabría preguntarse si REALMENTE estuvieron dentro de la Iglesia antes. Porque no sé en España, pero en Atgentina era muy común que padres ateos mandaran a sus hijos a colegios católicos por la calidad de su enseñanza o para que fuesen "buenos", llegándose al extremo - nada inusual, antes bien, se convirtió en perversa costumbre - de que se usó a los colegios católicos como reformatorio de estudiantes con
problemas de conducta en escuelas oficiales.

22/01/11 3:54 PM

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