Sobre el buenismo

Recientemente este problema del buenismo ha vuelto a ponerse de actualidad porque Benedicto XVI ha exigido en que el «pro multis» de Mt 26,28 se traduzca en los libros litúrgicos no «por todos», sino «por muchos».

14/06/12 10:14 AM | Imprimir | Enviar

Con frecuencia oímos la afirmación que como Dios es Amor y nos ama infinitamente, forzosamente nos vamos a salvar. Reforzando esta postura: ¿cómo un Dios que es infinitamente bueno, que ha creado un universo del que se nos dice en la Escritura «y vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho» (Génesis 1,31), que es un Dios que «no hizo la muerte, ni se goza en la pérdida de los vivientes» (Sab 1,11), que «ama todo cuanto existe y no aborrece nada de cuanto ha hecho» (Sab 11,25), puede permitir nuestra condenación eterna? Si además tenemos en cuenta parábolas como la del hijo pródigo, la de la dracma y la oveja perdidas, la insistencia en el perdón de Dios que encontramos a lo largo de las lecturas bíblicas, especialmente las del Nuevo Testamento, llegamos a la conclusión que a Dios no le queda más remedio que perdonarnos, hagamos lo que hagamos. ¿Es eso verdad?

Recientemente este problema del buenismo ha vuelto a ponerse de actualidad porque Benedicto XVI ha exigido en que el «pro multis» de Mt 26,28 se traduzca en los libros litúrgicos no «por todos», sino «por muchos». Ciertamente Cristo murió por todos, pero ello no significa que los efectos de la muerte de Cristo se apliquen de forma automática, sin la necesaria respuesta humana.

Por supuesto en el asunto de nuestra salvación, Dios no es un juez neutro o no interesado. Alguien que se ha hecho hombre por mí, con la intención de, a través de su Pasión, Muerte y Resurrección, conducirme a la felicidad eterna, a hacerme partícipe del amor con que las tres Personas de la Santísima Trinidad se aman entre sí, no puede ser un juez frío e imparcial, sino que barrerá a mi favor, si le doy la más mínima oportunidad para hacerlo. Pero tengo que darle esa oportunidad, porque Dios quiere nuestro amor, pero nos pide que se lo demos libremente, y si no se lo damos, nos respeta tanto que no nos salvará contra nuestra voluntad. Personalmente nunca olvidaré una confesión que tuve de adolescente: el sacerdote me dijo: «Tú piensas que estás yendo por el bordillo de una acera y que Dios espera que te caigas, para mandarte al infierno. La realidad es ésa, pero al revés: Dios va a hacer contigo todas las trampas que pueda, menos cargarse tu libertad, para llevarte al cielo». En el episodio del joven rico, ante la pregunta de los apóstoles sobre quién puede salvarse, Jesús responde: «Es imposible para los hombres, pero Dios lo puede todo» (Mt 19,26; Mc 10,27; Lc 18,27). Nuestra salvación está en manos de Dios, pero no nos opongamos a ella.

Es decir, tenemos la tremenda posibilidad de decir no a Dios. Para ello hay dos maneras: una oponiéndonos directamente a Él, otra la de oponernos a Dios maltratando a esa imagen de Dios que es el prójimo: «El que maltrata al pobre, injuria a su Hacedor» (Prov 14,31). «No os engañéis: de Dios nadie se burla. Lo que uno siembre, eso cosechará» (Gal 6,7). «Si lo negamos, también Él nos negará» (2 Tim 2,12).

Jesús se toma muy en serio el tema del escándalo: «El que escandalice a uno de estos pequeños que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar»(Mc 9,42). En Mateo 25 leemos: «Entonces ellos (los malos) responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, o sediento, o peregrino, o enfermo, o en prisión, y no te socorrimos? Él les contestará diciendo: En verdad os digo que cuando dejasteis de hacer eso con uno de estos pequeñuelos, conmigo dejasteis de hacerlo. E irán al suplicio eterno». Está claro, por tanto, que el infierno existe y que Jesús nos previene sobre él.

Es evidente que lo que Dios pretende de nosotros es que nos tomemos en serio esta vida y nos demos cuenta de su importancia. Y como Dios es Amor, nuestra plena felicidad consistirá en unirnos con Él, aunque sin perder nuestra propia personalidad.

Por el contrario al optar por una vida sin Él, dejándonos seducir por el Maligno, del que nos dice San Pedro: «Estad alerta y velad, que vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda rondando y busca a quien devorar» (1 P 5,8), significa hacer imposible nuestra felicidad. Él no desea eso, pero como ya dijo San Agustín: «Él que te creó sin ti, no te salvará sin ti». El buenismo no ayuda a vivir la fe, porque nos hace olvidarnos que existe el pecado y eso no es lo que Dios quiere.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos lo plantea así: «Salvo que elijamos libremente amarle no podemos estar unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra El, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos»(nº 1033). Negar la existencia del Demonio, del mal y de nuestra capacidad para hacerlo es simplemente negar la Historia, empezando por la de nuestra propia vida, pues todos tenemos en ella hechos en los que nos hubiera gustado comportarnos de otra manera, aunque los creyentes tenemos afortunadamente el sacramento de la Penitencia para pedir perdón, recibirlo y reorientar por la conversión nuestra vida.

 

Pedro Trevijano, canónigo penitenciario de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño

7 comentarios

Comentario de vicente
tenemos libertad para poder decir no a Dios y para decirle sí, con las consecuencias que ello trae.
14/06/12 10:34 AM
Comentario de Luis Fernando
Sin la gracia, no podemos decir sí. "A pesar" de la gracia, podemos decir no.
14/06/12 10:40 AM
Comentario de José Luis
Romanos 8, 1-2: «Por consiguiente, ninguna condenación pesa ya sobre los que están en Cristo Jesús. Porque la ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte.»

Jn 15, 5-6: «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden.»

Por eso, hemos de seguir trabajando para que nuestros pensamientos y obras sean las del mismo Jesucristo nuestro Señor.

Filipenses 4, 7: «Y la paz de Dios, que supera todo conocimiento, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.»
«En Cristo Jesús»; siempre, día y noche. De esta forma, tendremos más fuerzas para alcanzar la salvación eterna. La caridad, la humildad, la sinceridad, la Santa Obediencia, y todos los valores cristianos que nos enseña la Iglesia Católica y el Santo Padre.

A la verdad, sin estas cualidades, no veo libertad por ninguna parte, sólo en Cristo mediante la Iglesia Católica.

Tenemos libertad para decir SÍ a Dios, pero quien diga "no" a Cristo, es que no he encontrado ninguna libertad en esa negativa, porque ese "no" aumenta el grosor de las cadenas con el pecado.
14/06/12 3:40 PM
Comentario de Alejandro Galván
@Jose Luis:

Muy bien dicho, no es frecuente encontrarse con personas que expliquen que la Libertad es la capacidad que nos devolvió Cristo con su Redención, de poder decir "SI"; el "poder decir NO", no forma parte de esta Libertad: la teníamos ya antes; eso es parte del "libre arbitrio".

Pero cuánta confusión hay en los hijos de la Iglesia con este tema...

Yo personalmente considero este "buenismo" mucho más dañino y perjudicial para la salvación que lo que puedan todas las desviaciones prácticas en la linea del progresismo, de los abusos litúrgicos, etc...
14/06/12 10:02 PM
Comentario de Liliana
El buenismo mata la ley de los hombres porque perdonando, todo, sin condena se aborta la justicia.
La ley marca el límite entre el bien y el mal, pero cuando se justifica lo injustificable se la comienza a desformar con criterios de hombres, en la que de una u otra manera a todos nos involucran esas injusticias, que acarrean, el todo vale, disfrazadas de caridad.
Dios el más bueno necesita condiciones para perdonar, cuanto mas el hombre protegido por la ley y comprometido a hacer justicia, es un derecho y es un deber.
Pro medio de la ley será el juicio, a los creyente se los juzgara, por las obras de fe, o sea concientes de la Gracia Divina y a los ateos por las obras de bien, que sin darse cuenta, colaboraron con los que creen en el plan de Dios.
Nadie se puede sentir salvado sin amar a su semejante y sin buscar la salvación de su prójimo, no imponiendo, si denunciando las artimañas del demonio y predicando con criterios evangélicos.
Dios nos creo inteligentes, con la mente podemos conocer, con el corazón amar y con la voluntad extender su Reino.
16/06/12 3:00 PM
Cristo murio por todos.
19/06/12 11:57 AM
Comentario de Luis Fernando
Pero no todos se salvan. De hecho, según Cristo son pocos los que cruzan la puerta estrecha que lleva a la vida.
19/06/12 12:15 PM

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